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Independencia / Agustín de Iturbide: El trágico destino de un libertador, por Roberto Espinosa de los Monteros Hernández

Pocos días después de su abdicación al trono, el 30 de marzo de 1823, Agustín de Iturbide salió de Tacubaya en compañía de su familia rumbo al exilio. Durante la travesía hacia Veracruz, el ex emperador y su comitiva, escoltados por el general Nicolás Bravo al mando de 500 hombres, tuvieron que afrontar múltiples vicisitudes, pues existía el temor de sufrir algún atentado en contra de su vida, por lo que Bravo optó por franquear a través de haciendas y pueblos en vez de pasar por ciudades.
Otra dificultad fue que la escolta estaba integrada tanto por elementos del Ejército Libertador como por soldados fieles al ex emperador, quienes chocaron en distintas ocasiones. Al llegar a Tulancingo, Bravo ordenó a la guardia personal que se dispersara para evitar un conflicto mayor. También en esta ciudad se pretendió arrestar a su secretario particular, Francisco de Paula Álvarez, así como a los clérigos y oficiales que lo acompañaban.
Aunado a lo anterior, la precaria salud de su hermana Nicolasa y la avanzada edad de su padre, provocaron que los familiares de Iturbide retornaran a la Ciudad de México. No obstante, al atravesar algunos poblados recibió muestras de afecto de muchos mexicanos.
En lugar de arribar a Veracruz, llegaron a la Antigua, pues el puerto permanecía en cuarentena debido a la fiebre amarilla. El 11 de mayo, el grupo compuesto por 28 personas: Iturbide, su esposa y sus ocho hijos; un amigo de nombre José López; su confesor José Treviño; su sobrino José Malo; el mencionado secretario con su padre, esposa y dos hijos, además de 10 empleados y sirvientes, se embarcó en el buque Rawlins,perteneciente a la Compañía Alemana de las Indias.
Después de 83 días de viaje, arribaron el 2 de agosto a la ciudad portuaria de Liorna, en la región de Toscana, Italia. El libertador vivió durante algunos meses en la Villa Guevara, propiedad de Paulina Borghese, hermana de Napoléon. No obstante, éste fue un periodo difícil, debido a que el gran duque de Toscana no le brindó las garantías que estaba obligado a darles a él y a su familia, ni el gobierno mexicano le allegó los recursos que debía proporcionarle para vivir; estas circunstancias, aunadas a la presión que ejerció la Santa Alianza, provocaron que cambiara de domicilio.
En diciembre empacó sus maletas, dejó Liorna y cruzó Europa a través de Italia, Suiza, Alemania y los Países Bajos. En Ostende se embarcó en un vapor con destino a Londres, a donde llegó el 1 de enero de 1824. Se instaló por un par de meses en la capital inglesa; primero lo hizo en Saint Paul’s Coffee House, pero al enterarse de que ahí no se hospedaba la gente “decente”, se trasladó a George Street Picadilly.
Fue en marzo cuando la familia Iturbide se mudó a Bath, ciudad establecida a orillas del río Avon, que en el siglo xviii había experimentado un notable desarrollo urbano. Por informes del padre José María Marchena, espía del gobierno mexicano, se sabe que salía pocas veces a la calle, que en ocasiones acudía al teatro y que gastaba excesivamente en comestibles.
Mientras tanto, en México, el Congreso retuvo la manutención que pagaba a Iturbide y lo declaró “fuera de la ley”. En caso de que pisara territorio mexicano, se le aplicaría la pena de muerte sin más procedimientos legales.
Durante su estancia en Inglaterra, recibió varias cartas de mexicanos que querían su regreso a suelo patrio; convencido, preparó su retorno. Antes de salir de aquel país, dejó una carta al secretario de Relaciones Exteriores británico, en donde le explicó que marchaba a México a invitación de varios grupos, con el único fin de consolidar un gobierno, mediar en las partes en conflicto y promover la paz.
También se entrevistó con José de San Martín —libertador de Chile y Perú que vivía exiliado en la nación anglosajona—, quien trató que disuadirlo de regresar a México, a fin de evitar una guerra civil. Sin embargo, Iturbide zarpó el 11 de mayo de 1824 en el barco inglés Spring desde el puerto de Southampton, acompañado de su esposa y de sus dos hijos menores. También iban José Malo, los sacerdotes José López y José Treviño, el italiano Macario Morandini, el impresor inglés John Armstrong y Charles Beneski, coronel polaco que le había acompañado en sus campañas mexicanas. Llevaba consigo una prensa, documentos personales, joyas de la familia y un manifiesto que dirigiría al pueblo mexicano.
Las opiniones sobre esta decisión de Iturbide fueron contradictorias; por un lado, los británicos pensaban que su retorno era necesario, incluso un autor escribió que se trataba “de una decisión patriótica y desinteresada”. En cambio, para los escritores mexicanos, incluido Alamán, el héroe de Iguala pretendía restaurar un régimen monárquico.
El 29 de junio el Spring llegó a la bahía texana de San Bernardo. Al no encontrar al coronel Trespalacios, se dirigió a Tampico el 1 de julio. Las corrientes marinas lo obligaron a desembarcar en Soto La Marina, en el recientemente creado estado de Tamaulipas. Iturbide envió a Beneski para que se pusiera en contacto con el general Felipe de la Garza, comandante general de las Provincias Internas de Oriente —hombre a quien le había perdonado la vida al ocurrir el arresto de algunos miembros del Congreso cuando fue emperador—, procurando averiguar la situación imperante en el país y cerciorarse de contar con su apoyo. De la Garza simuló ser partidario de Iturbide y respaldar su regreso al país.
El 17 de julio el libertador desembarcó del navío y acudió con De la Garza. Después de la entrevista que sostuvieron, fue apresado y escoltado hasta un pueblo cercano llamado Padilla, en donde la legislatura de Tamaulipas había estado sesionando los últimos tiempos. Dos días más tarde, De la Garza se reunió con siete de los once legisladores que estaban presentes y dos sustitutos. Un total de nueve miembros sentenciaron a Iturbide a la pena capital, acatando lo dispuesto por la ley federal del 28 de abril que proscribía su regreso al país por considerarlo traidor y fuera de la ley.
En un aposento que daba a la plaza principal, una veintena de hombres. custodiadaba a Iturbide. En la tarde del 19 de julio escribió una carta al Soberano Congreso de México, en la que pedía que se le explicara qué crimen había cometido para merecer ese castigo. Gordiano del Castillo, ayudante de De la Garza, sólo le informó que a las 6 de la tarde sería pasado por las armas. Además redactó otra carta dirigida a su esposa Ana en donde le decía: “La legislatura va a cometer en mi persona el crimen más injustificado: acaban de notificarme la sentencia de muerte por el decreto de proscripción; Dios sabe lo que hace y con resignación cristiana me someto a Su sagrada voluntad”.
Un sacerdote, que al mismo tiempo presidía la legislatura de Tamaulipas, le administró los sacramentos a Iturbide. Éste, a su vez, le pidió al cura que entregara la carta a su esposa; a su hijo mayor le dejó su reloj y su rosario.
El libertador de México fue llevado a la plaza en donde sería ejecutado: miró a todos lados, pidió un vaso con agua y distribuyó entre el pelotón de fusilamiento tres onzas y media de oro que llevaba. Después de que sus ojos fueron vendados y sus manos atadas, sólo exclamó con voz fuerte y firme: “¡Mexicanos! Muero con honor, no como traidor; no quedará a mis hijos y su posteridad esta mancha; no soy traidor, no…”
Rezó el credo, besó un crucifijo e hizo acto de contrición. Enseguida fue puesto de rodillas y cuatro hombres le dispararon, pero sólo tres balas lo alcanzaron: una, mortal, dio en la parte izquierda de la frente; otra en el costado izquierdo, entre la tercera y cuarta costillas; la tercera penetró en el lado derecho del rostro, junto a la nariz. Al momento de su ejecución tenía 40 años de edad.
Vestido con el hábito franciscano, el cuerpo fue velado a la luz de cuatro cirios en una capilla que servía también como recinto legislativo. El general De la Garza cubrió los gastos del funeral que se efectuó a la mañana siguiente y José Miguel de la Garza García, quien votó a favor de la ejecución, ofició una misa a la que concurrieron los diputados.
Después de haber sido paseado su cadáver por la plaza del pueblo, fue enterrado en la parroquia. Al día siguiente De la Garza fue declarado “Benemérito del estado de Tamaulipas”. Acerca de este suceso, el 29 de ese mes el periódico El Sol de la Ciudad de México publicó en una editorial: “Compadezcamos su infortunio y tratemos solamente de hacer olvidar las funestas divisiones en que íbamos a precipitarnos”.
Años más tarde, el general Manuel Mier y Terán se hospedó en las habitaciones en las que Iturbide había sido apresado en Padilla. Se sentía perturbado por el caso texano, por la posible pérdida de este territorio y por su derrota como candidato a la Presidencia de la República. Presa de una profunda depresión, precipitó su muerte el 3 de julio de 1832: en la plaza del pueblo, frente al sitio donde se ejecutó al ex emperador, dejó caer su cuerpo contra su espada, quitándose la vida. En acato a sus deseos fue sepultado junto a los restos del libertador.
En noviembre de 1833, durante la primera administración de Antonio López de Santa Anna, el Congreso reconoció a Iturbide y propuso que sus restos fuesen depositados en una urna en la capital del país, lo que se realizó hasta la presidencia de Anastasio Bustamante, en 1838, cuando fueron colocados en la capilla de Felipe de Jesús en la Catedral metropolitana. Al igual que Mier y Terán, Bustamante ordenó que, a su muerte, su corazón fuese enterrado con los restos de Iturbide.
El general José María Tornel y Mendívil escribió el epitafio donde descansan las cenizas del libertador:

Agustín de Iturbide
Autor de la Independencia mexicana
Compatriota, llóralo.
Pasajero, admíralo.
Este monumento guarda las cenizas de un héroe.
Su alma descansa en el seno de Dios.

 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid