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Otros / Antes que presidentes, padres, por Carlos Betancourt Cid

Para Boris
Prudente padre es el que conoce a su hijo.

William Shakespeare

En este espacio dedicado a reflexionar sobre el pasado, invitamos al lector a hacer un breve recorrido, aunque desafortunadamente fragmentario, hacia parcelas de una historia poco conocida, en la que los ocupantes de la silla presidencial en México se despojarán de su careta poderosa y magnánima para mostrar su realidad como hombres de carne y hueso; un viaje en el que dejarán de ser Presidentes, con mayúscula, para convertirse en algo más simple, pero a su vez más complejo: Padres, también con la inicial en altas.
Casi siempre tratados durante sus mandatos  –y algunos de ellos también después– como figuras de culto, las incontables referencias sobre los presidentes mexicanos del pasado transmiten una imagen opaca de su vida personal. Resguardados tras el poder con que se vieron investidos, ante sus gobernados no se muestran objetivamente y mantienen para los momentos privados la verdadera naturaleza de su ser, ahí donde se desempeñan, más allá de su carácter de protagonistas con fama, como padres de familia. Esas circunstancias, al contrario de las que recorren durante su ejercicio de mando, literalmente no quedan registradas en la historia.
Iniciemos el viaje con Antonio López de Santa Anna, infaltable cuando se habla del siglo XIX mexicano. Su rememoración es siempre motivo de polémica. Con una biografía inmersa en la acción, quien se hizo llamar “Alteza Serenísima” destacó, aunque de forma ingrata, por sus arrojos militares, y en el mismo sentido de agravio, como presidente, durante once ocasiones. En el mundo del rumor tuvo fama de disoluto, de procaz seductor, lo que acarreó como consecuencia una extensa prole, en su mayoría de la conocida como “natural”, por haber sido concebida fuera del matrimonio.
Como marino que cuenta con una amante distinta en cada puerto, al dictar sus últimos designios, plasmados en dos testamentos, otorgó el reconocimiento de su paternidad a varios de sus hijos: Agustina Rosa, José María –quien llegaría a ser coronel y se haría tristemente célebre por escoltar hacia el exilio a Benito Juárez, uno de los más acérrimos críticos de su padre–, Paula, Petra y Mercedes (estas dos últimas de la misma madre) y Ángel, todos con distinta progenitora.
Dentro del matrimonio con Inés de la Paz García, primera esposa, que murió prematuramente, engendró cuatro: María Guadalupe, María del Carmen, Manuel y Antonio, además de amparar a un adoptivo o, como se le llamaba entonces, “de crianza”, llamado Francisco, quien, según el acta que firmó el propio entenado al contraer nupcias, había nacido en África. Con su segunda esposa, Dolores Tosta, no continuó su estirpe. Con reconocimiento sanguíneo, se cuentan diez en total, sin eliminar la salvedad de que en infinidad de puertos fondeó su barca y muchos amores fugaces habrán quedado en el olvido.
Son escasas las noticias sobre la relación de don Antonio con sus descendientes, pero existen pequeños indicios del cariño que por ellos sentía. Uno es el homenaje que rindió a su primogénita Rosa al elegir su nombre para bautizar la hacienda que habitó en Turbaco, Colombia, donde estuvo exiliado en dos oportunidades. También se sabe con certeza que, ya en sus últimos momentos de vida, cuando la gloria de tiempos de antaño se refugiaba en el olvido popular, su casa de Tacubaya se llenaba de gozo con la visita de hijos y nietos, acompañados de amigos entrañables.
Conocido como el “Benemérito de las Américas”, título concedido por los gobiernos colombiano y dominicano del tiempo que le tocó vivir en consideración a su férrea resistencia en defensa de la soberanía nacional, Benito Juárez también legó para la posteridad su faceta como padre efusivo. Más allá de la imagen impasible que de él se ha construido, en la intimidad se confirma como un progenitor interesado siempre por lo que acontecía en su ambiente familiar.Epístolas que destilan amor y entendimiento mutuo son las que escribió a sus parientes cercanos, en lapsos de gran dificultad para su itinerario político. Notable para romper esa imagen pétrea que presentan sus retratos, es la que redactó desde Saltillo el 12 de diciembre de 1863, a su yerno Pedro Santacilia, casado con su hija mayor, Manuela, en la que comenta, al referirse a sus hijas, cuánto le alegra saber que “las muchachas bailen, lo que les hará más provecho que rezar y darse golpes de pecho”.
En todas las comunicaciones escritas por sus retoños desde las lejanas tierras estadunidenses, donde se encontraban junto a su madre, refugiados durante el imperio fallido de Maximiliano, la alusión a su “papacito” es constante. La distancia no menguaba un ápice el amor que se profesaban. Pero también debieron compartir, a pesar de la lejanía, el sufrimiento. Dos infantes, de muy corta edad, fallecieron en el difícil trance que padeció en esas épocas la familia Juárez-Maza. El pequeño Pepe fue el primero. En otra misiva para Santacilia, fechada desde la ciudad de Chihuahua el 26 de enero de 1865, el dolor le carcome el corazón al Juárez padre. La merma en su ánimo era insoportable. Vale la pena rescatar sus palabras exactas, como cata de la entereza con la que asumía la desgracia:

Ya considerará usted todo lo que sufro por esta pérdida irreparable de un hijo que era mi encanto, mi orgullo, mi esperanza. Pobre Margarita, estará inconsolable. Fortalézcala usted con sus consejos para que pueda resistir este rudo golpe que la mala suerte ha descargado sobre nosotros y cuide usted de nuestra familia. Sólo usted es su amparo y mi consuelo en esta imposibilidad en que estoy de reunirme con ustedes.

Sobran los comentarios. Poco tiempo después falleció el pequeño Antonio, sacudida tremenda que postró a Margarita en profunda depresión. La culpa la asolaba, pues se sentía responsable de los trágicos decesos. Solamente las palabras de su amado “Nito”, como cariñosamente llegó a llamar a su esposo, podían consolarla: “Déjate de tonterías y no te estés calentando la cabeza con falsas suposiciones. Diviértete y procura distraerte”.
Esta dupla, modelo de amor fraternal, concibió doce hijos: Manuela, Felícitas, Margarita, Guadalupe, Soledad, Amada, Benito, las gemelas María de Jesús y Josefa, José, Francisca y Antonio. Murieron en su niñez Guadalupe, Amada, José, Francisca y Antonio; les sobrevivieron Manuela (quien alcanzó avanzada edad), Felícitas, Margarita, Soledad, María de Jesús, Josefa y Benito, quien llegará a convertirse en gobernador de Oaxaca.
Porfirio Díaz se cuenta también como un padre prolífico. Sin embargo, pocos fueron los hijos que subsistieron o que pudieron convivir con él. Y no era ésta una situación extraña. Hay que recordar que las condiciones en que nacían y se desarrollaban los menores en el siglo XIX no eran precisamente las mejores. De ahí que las familias usualmente contaran con muchos miembros, aunque pocos llegaban a la vida adulta.
Entre las diversas aventuras amatorias que se entrelazan en la trayectoria del general Díaz, destaca la que sostuvo con Rafaela Quiñones, a quien no desposó y con la que procreó a su hija Amada. El amor paterno y la posibilidad de que la niña fuera educada bajo la tutela de los mejores maestros de México conminaron a Díaz a separar de su madre a la pequeña. La menor se incorporó a la nueva familia que su papá había formado con Delfina Ortega, con quien sí se casó, sin importar que fuera su sobrina. De ese matrimonio sobrevivieron dos hijos: Luz y Porfirio. Otros cinco murieron por diversas circunstancias. El octavo embarazo de su pareja tampoco se logró. La pequeña recién nacida llegó al mundo justamente el 2 de abril de 1880, coincidiendo con la efeméride que años antes —la toma de la ciudad de Puebla en 1867— otorgó fama inusitada al caudillo. En honor de tan ilustre fecha se le bautizó como Francisca Victoria. Vivió solamente veintisiete horas.  Su mamá murió seis días después.
El luto por partida doble no impidió que Porfirio continuara sembrando su semilla. Al poco tiempo de enviudar, ya era pública una nueva relación, cuyo corolario fue el crío Antonio. Para mantener las apariencias, entregó el fruto de este amor furtivo a su partidario Antonio Ramos, de quien el niño conservó el apellido que, por cierto, se negó a cambiar, a pesar de la insistencia del presidente al reconocerlo como parte de su dinastía.
Don Porfirio terminó sus aventuras amorosas al contraer matrimonio con Carmen Romero Rubio, la famosa “Carmelita”, con quien no tuvo progenie, pero que significó la estabilidad de su vida privada. La pareja fue ejemplo de firmeza y cuidado mutuo. Quien también despachó desde la oficina principal de Palacio Nacional, el general revolucionario Álvaro Obregón, consignó un testimonio singular cuando su primogénito Humberto alcanzó la mayoría de edad, que por entonces se obtenía a los 21 años. Él era hijo de su primera esposa, Refugio Urrea, quien murió en 1907 al dar a luz a un par de gemelos que también fallecieron. Con ella procreó, además, a su hija María del Refugio. La epístola familiar, dada a conocer en 1929 en deferencia póstuma, lleva como fecha el 27 de junio de 1928, un par de semanas antes del magnicidio que le cegó la vida. A manera de premonición testamentaria, el “Manco de Celaya” abrió su corazón para transmitir sus experiencias al vástago que llegaba a la primera edad adulta. Con un lenguaje sencillo, que tenía el propósito de convencerlo sin retórica, construyó una misiva por demás emotiva, pero también bastante razonada, en la que el general que obtuvo la gloria en los campos de batalla deja un legado a su retoño, que trasciende como enseñanza. En este tenor se expresó quien ya entonces era presidente electo: Todos los padres recomiendan generalmente a sus hijos, huir de los vicios. Yo siempre he creído que existe uno solo, que se llama ‘exceso’ y que de este (sic) deben todos los hombres tratar de liberarse. Yo conozco casos de muchas personas que de la virtud hacen un vicio, cuando se han excedido en practicarla. Palabras sabias, que de padre a hijo se transfiguran de consejo en sentencia de vida.
Demos cuenta final a este repaso retomando algunos detalles de la relación del presidente Lázaro Cárdenas con su hijo Cuauhtémoc. Producto de su matrimonio con Amalia Solórzano, celebrado el 25 de septiembre de 1932, el primogénito de esta pareja nació durante la gira electoral que Cárdenas llevaba a cabo antes de ocupar la primera magistratura. El alumbramiento, calificado por él mismo como una “feliz coincidencia”, aconteció el 1º de mayo de 1934. Singular demostración es la que transmitió don Lázaro en sus Apuntes, invaluable material que redactaba casi día a día, correspondientes a esa fecha; tras comentar en torno al mensaje que había emitido por radio desde las oficinas del Partido Nacional Revolucionario dirigido a todos los trabajadores de la República en su día, se toma tiempo para anotar pormenores sobre el radiante acontecimiento de su vida familiar.
Y mantuvo esta costumbre con asiduidad. Son constantes las referencias a su heredero en este diario, entrelazadas con asuntos de suma importancia para el gobernante y revolucionario, quien no se permitía el olvido de sus seres queridos, a pesar de tener que resolver asuntos de elevada trascendencia. Cumpleaños, enfermedades, aniversarios, anécdotas de viaje, etcétera, demuestran el interés del padre de familia por el crecimiento de su hijo en un ambiente sano y de concordia.
No en vano Cárdenas, debido a su actitud, su prestancia, su trato de gentes, entre otras cualidades que le fueron innatas, le valieron, ante los ojos del pueblo que siempre lo respetó, el apelativo de “Tata”, figura paterna de su tierra natal, que se incrustó en la memoria mexicana y que muy difícilmente podrá erradicarse.
Y en sus palabras como gobernante, que también encierran la preocupación del padre, se reflejó su convicción por elevar el nivel educativo del pueblo en general, como lo asienta la siguiente declaración, que de aforismo presidencial se convierte en vislumbre de sabiduría paterna: “El mejor patrimonio para los hijos es facilitarles el estudio para que capacitados se basten a sí mismos y sirvan bien al país”.
Los detalles abordados aquí nos conminan a reflexionar mínimamente sobre la persistencia de un sentimiento, que sin importar la responsabilidad que ocupemos en la compleja trama en que se desarrolla la existencia, en la intimidad, junto a las experiencias que aporta la vida familiar, es parte de la naturaleza humana: el amor paterno. A través de él hallamos la posibilidad de trascender, de solventar nuestras deficiencias, de dejar huella de lo que somos, de prolongar nuestras aspiraciones.
La familia es el núcleo de la sociedad. En la intimidad que concita su ser, transcurren los momentos más espirituales de la vida. Ahí, los sentimientos se presentan a flor de piel y el amor se cosecha cada día. En los hijos nos vemos reflejados y colocamos todas nuestras expectativas. Nos preocupamos por su futuro tratando de solucionar su presente. Es parte de la vida. Sin duda, el cariño a los hijos es enérgica motivación para seguir adelante; quien tiene la dicha de convertirse en padre lo entiende así. La historia, como lo hemos visto aquí tangencialmente, no nos consiente mentir.

 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid