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Otros / El miedo se cuenta en credos, por Bertha Hernández

Uno. Miedo. Los antiguos habitantes de la Ciudad de México sabían, como lo volvieron a aprender los modernos chilangos después de los terremotos de 1985, que el miedo encuentra peculiares dimensiones: mucho antes de que existieran las escalas y los sismógrafos, en el Valle de México, la duración de los temblores y por tanto el terror que estos fenómenos desencadenaban en nuestros antepasados, cobraba medida en forma de credos y de avemarías.
Veintitrés años después del sismo de 8.1 grados Richter que cambió el rostro de la capital y alteró las vidas de millones de mexicanos, el impulso de la secreta oración, del pavor contenido, vuelve a aguijonearnos cada vez que sentimos que la tierra se mueve. Tal es la huella que nos dejaron “los terremotos”, como les decimos sin lugar a equivocación.
Hace siglos, los novohispanos intentaron darles a los temblores algún parámetro: el temblor del 17 de enero de 1653 duró más “del tiempo que pueda ocuparse en rezar dos credos con devoción”. El 13 de septiembre de 1667, dicen, tembló con mucha fuerza y “duró tres credos”; el del 30 de junio de 1700 se prolongó apenas un par de credos.
Poco a poco, a medida que la tecnología y la ciencia se esforzaban en explicar los movimientos telúricos, el recurso de la fe inocente cayó en desuso: los temblores del siglo XIX, al menos en las crónicas que heredamos, carecen de ese peculiar sistema de medición. Los recuentos de daños y las estimaciones de Richter y Mercalli comenzaron a desdibujar a los ruegos encendidos, a las plegarias colectivas y a los cielos rojos que presagiaban desastres.
A principios del siglo XX, aún pervivía en la memoria el recuerdo del sismo de 1894 que acaso narraría Manuel Gutiérrez Nájera en su “Crónica color de bitter” y, desde luego, aún quedaba algo de las imágenes del temblor del 3 de marzo de 1845, cuando se cayó la cúpula del templo de Santa Teresa. En ambos casos hubo en la capital mexicana muertes y derrumbes.
Del temblor del 7 de junio de 1911, el “temblor maderista”, se dijo durante años que era el más intenso y dañino en la memoria del país y su magnitud se calculó en 8 grados Richter; después, el sismo del 28 de julio de 1957, de 7.7 grados Richter, le arrancaría el título, al desprender de lo alto de la Columna de la Independencia a la victoria alada, al familiar “Ángel” de la capital. Con los sismos de hace 23 años, estos parámetros cambiaron por completo. El miedo, no tan oculto, se quedó para reaparecer en cada nuevo movimiento de tierra.
Dos. El drama. El impacto real de los sismos de septiembre de 1985 se amplificó por la indefensión y el desconcierto. Como ha ocurrido con frecuencia, los temblores que causan susto y conmoción en la Ciudad de México suelen generar daños graves y tragedias en las ciudades y poblados que se atraviesan en el camino de la expansión de la onda sísmica. Ciudad Guzmán, en el estado de Jalisco, sufrió, en sus proporciones, lesiones severas, un tanto minimizadas por la tragedia que campeaba en el Valle de México.
La vocación centralista de los mexicanos, además de la gravedad de la crisis en la capital, dieron lugar a conjeturas extremas. No era para menos: sin comunicación telefónica, sin energía eléctrica, con la antena maestra de Televisa en el suelo, hubo periódicos europeos que llegaron a afirmar que la Ciudad de México había desaparecido.
De los terremotos menudean las crónicas, las anécdotas, los recuentos y las historias familiares. Coro a muchas voces, la historia de ese 19 de septiembre trasciende el recuerdo fácil, pero su reflejo se queda corto en los informes oficiales: los documentos del gobierno de Miguel de la Madrid declaran que ese sismo de las 7:19 de la mañana, con epicentro en las costas de Guerrero y Michoacán, provocó un déficit de vivienda, de 30%, en el Distrito Federal; que 100 mil familias vieron afectado su patrimonio, que las agencias del Ministerio Público dieron fe de 4 mil 541 muertes, que el sistema de hospitales, gravemente lesionado, atendió a 15 mil 936 heridos.
Veracidad aparte, ¿estas cifras bastan para dar cuenta del tamaño del miedo? ¿Son suficientes para hacer constar el asombro de quienes vieron derrumbarse torres de oficinas, condominios modernos, multifamiliares de mediana edad, dechados de modernidad? ¿Explican el asfalto levantado, el olor a cadáver durante semanas, los camiones que llevaban, esa misma noche, pilas enteras de ataúdes destinados a acoger la carne lastimada de tantos? ¿Aclaran, al menos un poco, el tamaño del miedo? Aún cada año, a quienes vivimos los temblores, nos da un cierto escalofrío cuando el 19 de septiembre dan las 7:19 de la mañana.
Tres. Lo que no mata, fortalece. Para soportar, para no pensar, para empezar a olvidar, para volver a vivir, los habitantes de la ciudad la tomaron en sus manos. Armaron cadenas humanas, patrullas de voluntarios, cocinas comunitarias, albergues y campamentos, sindicatos de costureras, organizaciones de damnificados. Hasta inventaron chistes de humor bastante negro, catarsis ineludible.
También buscaron a sus condiscípulos, a sus parientes, a sus muertos. Rescataron médicos, aplaudieron cada vez que salvaron a un recién nacido, remendaron familias fragmentadas; reconstruyeron edificios y rebasaron a un gobierno sorprendido en faltas administrativas y políticas; con corruptelas en los permisos de construcción y encajuelados en los estacionamientos de las instancias de impartición de justicia. En fin, que se ocuparon de ellos mismos porque no había muchos más que se ocuparan de ellos.
Reinventaron así una forma de vivir la ciudad, y acotaron el espacio del drama. Quienes vivían en los extremos del Distrito Federal, recibían, de viva voz de amigos y familiares, el recuento cotidiano de la batalla que en el centro de la ciudad se libraba por regresar a la vida de todos los días que nunca más fue igual.
Y hay que decirlo también: los personajes de ciertas infancias —soldados, policías, bomberos— volvieron a ser lo que fueron: héroes anónimos rompiéndose el alma contra la muerte.
Memoriosos, los cronistas de la posmodernidad se han ocupado de reiterar la idea, hasta convertirla en un lugar común, de que en los terremotos del 85 la sociedad civil tomó en sus manos la recuperación de la ciudad. Con todo y lugar común, sigue siendo verdad, quizá la más nítida entre el mar de información que existe en archivos, porque a la fecha, pocos creen en las cifras de muertos que en su tiempo dio el gobierno federal, en las relaciones de atención a la comunidad damnificada, en la magnitud de los daños materiales, en que ahora ya estamos listos para otro temblor, para el que un día ha de venir. Y no es predicción, sino pura sismología.
Cuatro. El problema de la Historia. A ratos, la carencia de memoria del pasado relativamente reciente se revela en contrastes atroces: la mayor parte de quienes caminan hoy día por el enorme centro comercial de Viaducto y Avenida Cuauhtémoc olvidan que el parque de beisbol que alguna vez ocupó el mismo espacio fue inmensa morgue en los días del terremoto.
¿Es que tendrían que transcurrir otros 23 años para reconocerle a los sismos de 1985 su carácter de hecho histórico? Cambiaron la vida de muchos, transformaron las calles y la configuración del territorio propio a tantos más. Dejaron huellas dolorosas, pero también marcas de heroicidad. ¿Es que acaso esto no es Historia?
 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid