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Otros / De un mundo a otro: Los niños difuntos, por David Guerrero Flores

Los niños nacen y también mueren. Concebidos como fruto del amor y del goce de los sentidos, pero también como resultado de la ignorancia, del torvo velo de los instintos, del forzamiento y del abuso sexual, cantidad de niños viene al mundo. Sin embargo, muchos chiquitos mueren a los pocos días de nacidos, por debilidad y deformidades congénitas, por enfermedades virales y bacterianas, por negligencia o por descuido. En el pasado, una porción importante de niños perecía antes de cumplir un año de edad; otros más cerraban sus ojitos a todo y para siempre antes de los cinco años, e incluso después, cuando se presumía que eran promesa de adolescentes y adultos jóvenes.

Hasta mediados del siglo XX, la dinámica demográfica del país se caracterizó por altas tasas de mortalidad infantil, compensadas con altas tasas de natalidad, situación explicable por la tendencia a formar parejas o matrimonios relativamente jóvenes,  que llegaban a procrear desde uno hasta media docena o más de hijos. Por aquello de “los hijos que Dios me dé”, las mujeres daban a luz, criaban a sus niños y volvían a quedar preñadas, sin tomar medidas anticonceptivas, más allá de la lactancia prolongada, la vejez, el desencanto, los achaques de la edad y la abstinencia convenida o tácitamente aceptada.
Tales patrones de reproducción se modificaron por allá de los años ochenta y más aún en los noventa, merced al uso extendido de los anticonceptivos y del condón, resultado de las políticas públicas de planeación familiar y de un cambio importante en las prácticas y convicciones relativas a la formación de hogares con menor número de hijos, bajo la premisa de que los padres y los hijos disfrutarían de una mejor calidad de vida. Desde luego que la diversidad de situaciones varía según la región geográfica que estemos considerando, así como de la educación, la cultura y las convicciones religiosas de las diferentes personas, inscritas en estructuras familiares, de comunidad y grupo social.
Previo a los avances contundentes en el terreno de la medicina, la bacteriología, la farmacéutica y las campañas nacionales de vacunación, gran cantidad de niños enfermaba y moría. Las diarreas y las enfermedades gastrointestinales, así como las fiebres y el gran cúmulo de padecimientos respiratorios, eran responsables de numerosas defunciones infantiles. Entre las enfermedades comunes estaba el sarampión, la viruela, la difteria, el tétanos, la disentería, la tifoidea, las infecciones y los parásitos intestinales, el cólera, la gripa, la neumonía, la meningitis, las paperas, el tifo, la rabia, el paludismo y la malaria. Algunos se salvaban por el mérito de la herbolaria tradicional y de los cuidados familiares, o bien por la intervención oportuna del médico, con la receta surtida y administrada a tiempo. Sin embargo, muchísimos niños morían a diario por alguna enfermedad. De ahí las costumbres y los sentimientos generados respecto a la muerte niña.
Una sentencia popular reza: “Señor, Dios, aleja a este niño del pozo de agua, del fuego de la cocina, del colmillo del perro y de la pezuña del caballo”. Si la muerte por enfermedad era difícil de aceptar, aquella que resultaba de un accidente a menudo parecía incomprensible y absurda. Había niños ahogados, quemados, mordidos por la fiera, infectados por los roedores, envenenados por la víbora o el insecto, arrollados por la bestia o el carruaje. Daba pena ver cómo las madres y las mujeres de la casa se deshacían en llanto por el niñito, por la hermosa niña que en un instante pasaba del retozo a la agonía. Sin duda, hay muertes tristes. Como no recordar la escena de la película Ustedes los ricos,  donde Pepe  El Toro y la Chorreada lloran desconsolados, en una de las escenas más conmovedoras del cine mexicano.
En otro extremo, también hay niños que son víctima de la neurosis y de la patología mental de quienes los han procreado o de quien los tiene bajo su cuidado. Sobre ellos se vierte la frustración, la ira, el descontento, la depresión y la incapacidad de procurar bienestar para sí mismos y para los infantes. En esos niños se ceba la maldad y sobre ellos cae la indiferencia de los adultos que debían velar por su supervivencia.  Los periódicos de nota roja, la radio y la televisión reportan con triste regularidad los casos de niños que padecen maltrato doméstico, violencia psicológica, castigos corporales, abandono físico, explotación económica y abuso sexual. También son comunes las notas de recién nacidos que son arrojados a la calle, abandonados en medio de la basura, depositados en el portal de una casa o al pie de una imagen religiosa. En los peores casos, los menores son asesinados con saña, víctimas de la furia, de la inconciencia o de la venganza pasional.
Respecto a la violencia y el asesinato de niños, es preciso subrayar que no se trata de una práctica exclusiva de nuestro tiempo. En muchas culturas del mundo se verificó el sacrificio con fines religiosos y en calidad de ofrenda. Durante las guerras también se mataba a los niños, como demostración de fuerza, sometimiento y humillación para los enemigos. Asimismo, el infanticidio selectivo representó un acto común en muchos pueblos, encaminado a la eliminación de los hijos excedentes que no podían mantenerse, pero también de aquellos que nacían con malformaciones o de las niñas, consideradas de menor valía y apoyo productivo que los niños varones.
De vuelta al punto central, los niños mueren en la casa, pero también en los hospitales, las calles, los pueblos, las villas y las rancherías. En México, su despedida ritual supone un cúmulo de elementos culturales indígenas, africanos y europeos. Los antiguos mexicanos rendían culto y evocaban a los niños muertos en el día denominado Miccaihuiltontli o fiesta de los muertos pequeños, que fue asimilada después de la conquista española con el día de Todos los Santos, el 1 de noviembre. A su vez, en regiones tropicales, los afroamericanos dieron el aporte de la música, la oración rítmica, el ritual vistoso y dinámico.
En el contexto de la Reforma católica, el Concilio de Trento (1545-1563) estableció las bases del ritual para el entierro de los angelitos. A los primeros días de nacido, el niño cristiano debía ser bautizado para borrar de su alma el pecado original, garantizando que sería recibido en el reino de Dios si llegaba a fallecer a tierna edad. La muerte de los angelitos, tan frecuente por las altas tasas de mortalidad infantil, se transformó en un acto pedagógico del cristianismo católico. De hecho, apartando el dolor de la pérdida terrenal, la muerte del niño debía ser asumida con regocijo, ya que abandonaba las penas del mundo para transitar  inmaculado a la gloria eterna.
Existen pinturas y muchas fotografías de niños difuntos. En ellas constan los símbolos del ritual: en primer lugar, el atuendo a modo de ángel, como advocación de algún santo o imitación de una estampa religiosa. Según los recursos de los deudos, se rodeaba al cuerpo con un aura de flores y encajes. El cuerpo se disponía de tal modo que reflejara serenidad y alegría. Era la imagen de un niño cuya alma se iba directo con Dios.
El pequeño ataúd, pintado de blanco, debía ser montado en un lugar visible, antes de introducir el cuerpecito. Después vendría la inhumación, los rosarios, las misas y cada año el recordatorio del difuntito, mediante la evocación inmaterial tejida con palabras y remembranzas, o bien con la colocación de ofrendas llenas de flores, veladoras, fotografías, juguetes, dulces y alimentos, dispuestos para la visita y gratificación del alma chiquita, que retorna a visitar a sus familiares, el día tradicional en que los seres de este mundo y del otro se unen mediante la conjugación de la memoria, el espíritu y la voluntad.
 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid