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Revolución / Vale más morir peleando, por Roberto Espinosa de los Monteros Hernández

Sabré luchar con valor sin que me arredren las balas de los enemigos del pueblo o, por lo menos,
sabré encontrar una muerte gloriosa al lado vuestro defendiendo la democracia

Aquiles Serdán

Corría el mes de noviembre de 1910, los maderistas estaban listos para la insurrección cuando el jueves 17 Aquiles Serdán fue notificado de que el movimiento que venía preparando había sido descubierto, que la policía iría a su casa en busca de armas y que sería aprehendido. El régimen de Porfirio Díaz daba así un duro golpe a los preparativos revolucionarios maderistas en el estado de Puebla. No obstante, Aquiles nada hizo por huir, sino que enfrentó la realidad y decidió esperar a las fuerzas del gobierno.
Aquiles Serdán era un hombre sencillo, sensato y trabajador. Desde muy pequeño se empleó en diversos oficios para poder subsistir y ayudar a la precaria economía familiar, pero también era una persona preocupada por el bien común, por ello decidió adherirse al movimiento antirreeleccionista que encabezaba Francisco I. Madero. Hacia 1909 fundó y presidió el club político Luz y Progreso, con el que preparó la transición democrática que el país demandaba. Sin embargo, ante la negativa de Porfirio Díaz de dejar el poder, Aquiles optó por sumarse al Plan de San Luis y levantar las armas para derrocar al régimen.
Ese 17 de noviembre, en los albores del levantamiento maderista en amplias regiones del país, Aquiles Serdán inició la defensa de su hogar y de sus ideales. Lo acompañarían en la dura jornada Máximo Serdán, Fausto Nieto, Epigmenio Martínez, Manuel Velázquez, Luis Teyssier, Manuel Paz Fuente, Martín Pérez, Juan Cano, Francisco Yépez y Clotilde Torres, además de doña Carmen Alatriste viuda de Serdán, Carmen Serdán y la señora Filomena del Valle de Serdán.
En primer lugar, mandó a los menores de la familia a la casa de su amigo Miguel Rosales; después, instruyó a su hermano Máximo para que junto con ocho hombres se atrincheraran en la azotea para hacer frente al enemigo; Aquiles permanecería en la planta baja de la casa; Fausto Nieto se encargaría de lanzar bombas, fabricadas con las perillas de las camas rellenas de dinamita; por su parte, las mujeres llevarían parque y prestarían auxilio a los combatientes.
A las siete de la mañana del 18 de noviembre, el Jefe de la Policía, Miguel Cabrera, tocó el portón de la casa de Serdán, ubicada frente al templo de Santa Clara, en una calle céntrica de la capital poblana. Cabrera era acompañado por su lugarteniente Modesto Fregoso y otros sujetos. Cuando el portero abrió, los policías lo empujaron violentamente ingresando al domicilio.
Al notar que Cabrera lo había reconocido y que se disponía a sacar su arma para matarlo, Aquiles tomó su carabina Winchester y le disparó certeramente dándole muerte. Aunque los demás gendarmes buscaron la salida con desesperación, el mayor Fregoso intentó perseguir a los rebeldes que subían las escaleras, pero Carmen se lo impidió, apuntándole con una carabina:
—“No tire señorita, aquí está mi pistola”, dijo Fregoso, quien fue capturado y conducido a una de las recámaras.
Transcurridos treinta minutos, refuerzos gubernamentales integrados por elementos del batallón Zaragoza, bajo las órdenes de Gaudencio de la Llave, rurales, así como fuerzas del 1° y 17° batallón, comandados por el general Luis G. Valle, llegaron  a la casa por las calles del Espejo y Santa Clara. Aquiles, quien se encontraba parapetado en una de las ventanas de la planta baja, disparó varias veces obligándolos a retroceder. En esos momentos, Carmen y su madre salieron a la calle con armas en los brazos azuzando a los curiosos a que se incorporaran a la Revolución. Sólo seis personas se sumaron: Carlos Corona, Vicente Reyes, Alejandro Espinosa, Miguel Sánchez, Rosendo Contreras, de 13 años de edad, y otro más que no pudo ser identificado.
Rodeados por las “fuerzas del orden”, los rebeldes no tuvieron más remedio que hacer frente y defender sus vidas. Durante el cruento enfrentamiento, que duró alrededor de tres horas, Máximo cayó muerto con la cabeza atravesada por un balazo. Carmen, por su parte, se mantuvo disparando sobre el enemigo. La lucha fue violenta: la policía arremetió con tal fuerza que los rebeldes fueron superados, ante lo cual Aquiles optó por ocultarse.
—No te escondas, vale más morir peleando, le dijo Carmen.
Sin embargo, le ayudó a esconderse en un sótano cubriendo con tablones el refugio y colocando un tapete y después una cama. En ese frío y húmedo lugar permaneció durante varias horas.
El cruento enfrentamiento finalizó a las 11:45 de la mañana de ese mismo día, con un saldo de 16 bajas por parte de los maderistas y dos gendarmes, un subteniente y un soldado por parte de los federales, según el informe oficial. Al entrar en el domicilio en busca de las armas y de Aquiles, Joaquín Pita, a la sazón jefe político, notó que Carmen sangraba del hombro y le dijo:
—Usted está herida.
A lo que la mujer respondió:
—No es nada, eso me lo curo con saliva.
Todos los sobrevivientes fueron apresados, a excepción de Aquiles, quien, escondido, tenía en mente huir más tarde y ponerse en contacto con otros partidarios de la Revolución: sabía que muerto de nada servía a la causa.
La policía cateó palmo a palmo la casa. Elementos del batallón Zaragoza y cinco policías al mando de un oficial permanecieron en guardia.
Existen varias versiones sobre lo acontecido la madrugada del 19 de noviembre; he elegido dos versiones que pongo a consideración del lector.
Una señala que Porfirio Pérez escuchó toses provenientes de una de las recámaras. Cuando el oficial ingresó a la habitación vio a Aquiles salir de su escondite ardiendo en fiebre a causa de tanto frío. De inmediato lo rodearon.
Después de haberlo sentado en una silla, Porfirio Pérez fue a informar al jefe Pita lo acontecido; éste, a su vez, le comunicó personalmente al gobernador Mucio P. Martínez la captura del líder maderista. La orden girada por el gobernador poblano fue fría y tajante:
—¡Mátenlo de inmediato!
El propio Porfirio Pérez cumplió la orden con su rifle. El cuerpo cayó al suelo convulsionado; de inmediato, el teniente Juan Bado descargó su pistola en la cabeza que dejó ver la masa encefálica. Aquiles murió inmediatamente. En cambio, según el parte oficial publicado en El Imparcial el lunes 21 de noviembre señalaba: “Como a las dos de la mañana el oficial Pérez, de la montada, notó algún ruido, y a los pocos momentos vio salir a un individuo de un subterráneo, quien con pistola en mano le agredió. En la lucha que logró sostener logró matar a Serdán”.
Como hubiese sido, este crimen le costó una seria reprimenda al gobernador Martínez por parte del general Porfirio Díaz, quien hubiese preferido enjuiciar a los rebeldes de Santa Clara.
Doña Carmen Alatriste, Carmen Serdán y Filomena del Valle fueron llevadas a la Inspección General de Policía. Los demás sobrevivientes fueron tratados con crueldad, recluidos en los húmedos separos de la Comisaría sin comer ni beber durante tres días.
El gobernador Martínez informó a la opinión pública el balance de los sucesos: una veintena de muertos, cuatro heridos y siete prisioneros, además del decomiso de rifles Winchester, pistolas, balas y bombas de manufactura casera, así como propaganda subversiva.
Si bien esta revuelta sufrió un duro golpe y retrasó la actividad revolucionaria en Puebla, de esa jornada surgieron los primeros mártires de la Revolución mexicana, encabezados por Aquiles, y aunque su cadáver fue exhibido horas después a las puertas de la Inspección General de Policía con la intención de intimidar al pueblo, el compromiso que ese mismo pueblo había establecido por derrocar al régimen dictatorial de Díaz no pudo ser contenido.
Al enterarse Madero de los hechos y los asesinatos de Máximo y Aquiles exclamó: “Ellos nos han enseñado a morir con dignidad por la libertad y la democracia.”
 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid