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Otros / Símbolo de unión: La Guadalupana, por Alejandro Rosas

El milagro guadalupano no se encontraba en el ayate donde, según cuenta la tradición, la madre de Dios plasmó su imagen en 1531, sino en el sentido histórico, en el símbolo en que se convirtió con el paso de los siglos. Desde aquel año, la historia de la virgen de Guadalupe giró básicamente alrededor de su festividad, de sus milagros y de sus distintas procesiones.

Pero más allá de la parafernalia religiosa, la supuesta aparición arraigó en la fe popular y más tarde se vinculó con el concepto de patria, de terruño. Si la madre de Dios había decidido aparecerse a un indio en tierras novohispanas, no había lugar a duda, los mexicanos eran un pueblo elegido.

De acuerdo con la apreciación popular, existían pruebas suficientes para demostrar que Dios había enviado a su madre a conquistar la fe de la América septentrional. “En más de doscientos años –escribió Juan Antonio de Oviedo en Zodiaco Mariano–no se ha visto jamás en ella endemoniado alguno, de cuyo cuerpo tenga el demonio posesión: trabajo que se padece muy ordinario en todo el resto del mundo”.  Su fama se conocía allende el mar. La tradición refería el caso de un europeo que, sintiéndose poseído por un espíritu maligno, había aliviado el mal de su alma al pisar tierras novohispanas. Otra historia aseguraba que el manto de la Guadalupana era tan poderoso como para librar a la Nueva España de la peste que asolaba con frecuencia a Europa y, si bien otras epidemias habían diezmado a la población en América, nunca fueron tan graves como los cientos de miles de vidas que esta enfermedad cobró en el viejo continente.

Existía la convicción generalizada de que los poderes sobrenaturales de la imagen de la virgen de Guadalupe plasmada en el ayate de Juan Diego ayudaban a combatir calamidades como inundaciones o epidemias; sin embargo, para algunos intelectuales, sobre todo de finales del siglo XVIII, la tradición guadalupana por sí misma podía ser utilizada en el ámbito político.

En 1794, fray Servando Teresa de Mier se aventuró a darle un sentido ideológico que en su momento fue motivo de escándalo entre la jerarquía eclesiástica y una gran cantidad de devotos. En su sermón guadalupano correspondiente a ese año expuso sus consideraciones acerca de la aparición de la Virgen –que no eran otras que las sostenidas por el nacionalismo criollo de la segunda mitad del siglo XVIII. En ellas no negaba el milagro guadalupano, pero lo situaba siglos antes de 1531, en las primeras décadas de la era cristiana. Su premisa inicial sostenía que la “imagen de Nuestra Señora de Guadalupe” no estaba pintada en la tilma o ayate de Juan Diego, sino en la capa de Santo Tomás apóstol quien, llevando la palabra de Dios hasta los confines del mundo, había llegado al continente americano.

Hacia el año 44 de nuestra era los indios veneraban la imagen en el cerro de Tenayuca, en donde Santo Tomás la había depositado, pero varios infieles habían renegado de la fe cristiana y habían atentado contra la imagen guadalupana. Para protegerla, el apóstol la escondió y diez años después de la conquista, la Virgen se apareció frente a Juan Diego, le mostró la capa de Santo Tomás y le ordenó que la llevara ante fray Juan de Zumárraga. El resto de la historia era de todos conocida.

La jerarquía eclesiástica estimó absurda esta interpretación –por decir lo menos–, propia de un enemigo de la religión y de la virgen, razones de más para desterrarlo de la Nueva España; sin embargo, su trasfondo era claramente político: si la conquista y dominación española se habían justificado en nombre de la evangelización, al aceptarse la exégesis de fray Servando de que tiempo antes de la llegada de los conquistadores los indios ya conocían el cristianismo, la Conquista quedaba sin legitimación moral, legal y espiritual.

El famoso sermón de Teresa de Mier era una muestra de lo que sucedía en los últimos años del siglo XVIII en la capital de la Nueva España. Los criollos, que por generaciones habían nacido en territorio americano, comenzaban a reivindicar elementos que podían constituir la patria mexicana criolla: territorio común, historia compartida desde 1521, cultura y religión, pero por sobre todos aquellos se levantaba la devoción por la virgen de Guadalupe, aparecida en tierras mexicanas y a los propios mexicanos –“con ninguna otra nación hizo nada igual”–. A partir de entonces, y sólo por algunos años, a los ojos de los criollos que iniciarían la independencia, la Guadalupana sería la Virgen de los nacidos en el territorio de la Nueva España y, por tanto, bandera de los insurgentes. Era la reivindicación de una patria por nacer.

La primera parte de la Guerra de Independencia (1810-1811) estuvo marcada por la improvisación. Hidalgo se dejó llevar por su instinto, apostó a su carisma y a su investidura sacerdotal y, “ungido” por los pobres que buscaban reivindicación, logró reunir decenas de miles de hombres. Sin un plan de guerra preciso para el movimiento insurgente, la forma de organización política apenas bosquejada en su mente lo llevó a dar un sentido religioso a la lucha:

“Al pasar por el santuario de Atotonilco –escribió Lucas Alamán–, Hidalgo, que hasta entonces no tenía plan ni idea determinada sobre el modo de dirigir la revolución, vio casualmente en la sacristía un cuadro de la Virgen de Guadalupe y, creyendo que le sería útil apoyar su empresa en la devoción tan general a aquella santa imagen, lo hizo suspender en el asta de una lanza, y vino a ser desde entonces el lábaro o bandera sagrada de su ejército”.

Las últimas investigaciones sugieren que Hidalgo actuó en conciencia cuando enarboló a la Guadalupana como bandera del movimiento. A partir de septiembre de 1810, la imagen bajó de los altares para encabezar batallas y encauzar ejércitos. Si los españoles desde el siglo XVI habían sido asistidos por la virgen de los Remedios o el santo Santiago, desde el comienzo de la Guerra de Independencia y hasta los últimos conflictos sociales del siglo XX, la Guadalupana haría lo propio con los mexicanos. Así, la Virgen pasó lista de la mano de los movimientos populares: insurgentes, zapatistas y cristeros, en primera instancia.

Por encima de las creencias religiosas, o de la fe popular que adquiere forma de multitud cada 12 diciembre, la esencia del milagro guadalupano no reside en el ayate milagroso de Juan Diego, sino en haberse convertido en un símbolo de unión, una identificación cultural y tradicional para la mayoría de los mexicanos.

 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid