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Otros / La Navidad, fiesta universal de raíces solares, por Sandra Luna

Reunidos en torno al débil calor de una fogata, hombres y mujeres cantan y oran en la noche más larga del año. Esperan con temor y ansia el nacimiento de un ser divino que les dará nueva vida. Con él, todo será luz; sin él, todo será oscuridad.
La escena no ocurre en un pesebre de Belén hace 2008 años, sino mucho tiempo atrás, cuando cada solsticio de invierno los hombres antiguos temían que el Sol muriera para siempre. Año tras año, sin embargo, el astro renacía, evento feliz en el que se hallan los orígenes más remotos –y paganos– de la Navidad, la fiesta más universal de nuestros días, celebrada en todo el orbe, si bien con distintos matices de religiosidad y comercialismo.
Para ahuyentar las catástrofes anunciadas por la aparente esterilidad invernal,  los pueblos ancestrales crearon ritos y ofrendas, aprovechando la cosecha recién recogida y el ocio al que obligaban las inclemencias del tiempo. Ejemplo de ello son el Sankranti, celebrado en la India con banquetes, fogatas y regalos; los “días de la serpiente”, que marcaban la muerte del viejo Sol y el nacimiento de uno nuevo para los druidas, y el Soyal, durante el cual los hopis de Estados Unidos aún auxilian y orientan al astro para que “regrese”.
En ese “renacimiento” solar las culturas de antaño venían renovado su pacto con las divinidades, a las que, por tanto, no dudaron en considerar hijos del propio Sol. Entre la pléyade de divinidades de origen solar están los egipcios Ra, Horus y Osiris, el semítico Baal, los griegos Helios, Hiperión y Apolo, los persas Ahura-Mazda y Mitra, el mexica Tonatiuh y el inca Inti.
La estrecha asociación entre este fenómeno y la renovación del ciclo agrícola se refleja en el hecho de que algunas de estas deidades adquirieron carácter vegetal. Es el caso de Osiris, un rey muerto y resucitado –como el Sol de invierno–, que para los egipcios fue el dios de la fertilidad y de los muertos, símbolo de la vida renovada e incluso de las subidas anuales del río Nilo. Otro es Atis, quien representaba en Asia Menor a los frutos que mueren en invierno para resurgir en la primavera. En el Medio Oriente, Baal era venerado como un dios de la vida y la fertilidad.
En el mundo en el que irrumpió la fe cristiana, al inicio de nuestra era, los romanos bebían, intercambiaban regalos y hacían fogatas el 17 de diciembre en honor de Saturno, el dios agrícola al que atribuían la creación del hombre durante la Edad de Oro. El arraigo de la fiesta hizo que ésta se extendiera a siete días —Saturnales— durante los cuales el mundo se ponía de cabeza: se suspendían las labores y el comercio, los esclavos eran libres y las convenciones morales se relajaban. El festejo continuaba el día 25 —fecha que en el calendario de entonces coincidía con el solsticio invernal y que se conocía como bruma: “el día más corto”—, con un festival en honor a Baco, dios agrícola mejor conocido por ser patrón del vino liberador.
Por cortesía del joven y caprichoso emperador Heliogábalo, Roma tuvo, hacia el año 220, una fiesta más por celebrar el 25 de diciembre: Dies Natalis Solis Invict, el natalicio del Sol invicto, con la que se institucionalizó el culto a Elah-Gabal, deidad solar siria. Con ella se simbolizaba el resurgimiento del Sol, que vencía al invierno y anunciaba la fértil primavera. Medio siglo más tarde, Aureliano promovió que ese día se honrara también a otros dioses solares venerados en el Imperio, como el persa Mitra, muy popular entre los soldados, y Sol Oriens –Sol naciente–, deidad a la que él mismo atribuía los éxitos militares que lo ayudaron a reintegrar su decadente imperio. Sin embargo, el culto demostró no ser invencible, pues quedó en el olvido cuando, al convertirse Constantino al cristianismo, esta nueva fe pasó a ser la religión oficial de Roma.
La propuesta de observar el 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Jesús de Nazaret fue promovida inicialmente por personajes como Teófilo, patriarca de Antioquia, y Sextus Julius Africanus, historiador cristiano de origen libio. La idea no prosperó debido a la oposición de padres de la Iglesia como Orígenes de Alejandría, que veían en ella resabios paganos. Sin embargo, según un códice romano conocido como “Cronografía del año 354”, a mediados del siglo IV ya se conmemoraba el 25 de diciembre. La fecha fue arraigando paulatinamente, pero hacia 1054, cuando la Iglesia católica se dividió en dos, la Romana y la Ortodoxa, esta última optó por celebrar durante la Epifanía (6 de enero) tanto el nacimiento de Jesús como su bautismo, lo que se mantiene hasta la fecha en sitios como Rusia, Armenia, Egipto y Etiopía.
A finales de la Edad Media, el 25 de diciembre ya era una fecha bien reconocida en la liturgia oficial y en Europa se celebraba con banquetes, regalos y árboles adornados, de manera muy similar al Yule, fiesta solsticial con la que los escandinavos honraban a Frey, dios de la fertilidad. Durante la Reforma protestante, ciertos grupos, entre ellos notablemente los puritanos, rechazaron la celebración por considerarla “papista”, pero la prohibición no arraigó entre el grueso de la población.
A partir del siglo XVI, la política colonizadora europea expandió el cristianismo por América, Asia y África, con lo que la Navidad adquirió visos universales. Al descubrir los evangelizadores que el sincretismo era una inmejorable estrategia de expansión, fueron sumando a la celebración rasgos de las culturas locales. Es así como hoy en la fiesta navideña conviven tradiciones de los más diversos orígenes. El pino navideño, originalmente decorado en Alemania con manzanas para representar el árbol del bien y el mal, es hoy indispensable incluso en zonas tropicales donde la nieve no se conoce. En Santa Claus se sintetiza el personaje histórico de san Nicolás, obispo de Mira, con seres de la mitología nórdica. Los nacimientos, creados por san Francisco de Asís hacia 1222 en Italia, son fabricados artesanal e industrialmente en infinidad de materiales. La cuetlaxóchitl o flor de Nochebuena es quizá la más colorida pero no la única aportación mexicana a esta fiesta mundial. Las pastorelas fueron creadas por los frailes franciscanos para mejor predicar a los indígenas, en quienes reconocieron una cultivada afición a la teatralidad. Las posadas o novenas, si bien españolas de origen, deben su vigencia a los pueblos mexicanos y centroamericanos que las celebran desde la Conquista como una representación del peregrinar de María y José de Nazaret a Belén. Por último, las piñatas, aunque de origen chino, adquirieron su carácter navideño en México, donde los evangelizadores las usaron para simbolizar la victoria de la fe sobre el diablo y sus tentaciones.
Breve en el hemisferio norte y prolongado en el sur, el Sol de estos días decembrinos ya no es quizá el protagonista de las fiestas contemporáneas, pero es a su luz y calor que seguimos constatando que la vida es un ciclo en constante renovación.
 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid