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Otros / La calavera de don Lupe, por Luis Enrique Moguel Aquino

Esa mañana, a diferencia de otras tantas crudas mañanas, ya no se pudo reponer. Durante las últimas semanas había bebido sin límite ni temor y su cuerpo resintió los estragos del alcohol. Si bien los vecinos lo apreciaban y respetaban, estaban  desarmados para separarlo de la botella. Terminó confundiéndose entre los demás bebedores del barrio: su única familia.
Había tenido, sin duda, tiempos mejores. Alrededor de los treinta años, José Guadalupe Posada llegó a la ciudad de México. Aunque ya tenía una trayectoria como ilustrador, comenzó en la capital como asalariado. Pronto logró montar un taller de grabado y estableció una provechosa relación con varios editores.
Había aprendido el oficio en su natal Aguascalientes, donde a los 16 años ingresó al taller del maestro José Trinidad Pedroza. El inquieto muchacho encontró en esa actividad provecho pecuniario y distracción en medio de las dificultades familiares. Su padre Germán Posada –de oficio panadero– y su madre Petra Aguilar, establecidos en el barrio de San Marcos, habían procreado seis hijos, de los cuales José Guadalupe era el menor. Nació el 2 de febrero de 1852 y creció si no en la miseria, sí con apenas lo suficiente para “lograrse” y comenzar a valerse por sí mismo. Pudo asistir a la escuela de primeras letras de la que su hermano era encargado; ahí aprendió a leer y escribir. Más tarde fue incorporado al taller de alfarería de su tío Manuel, donde ayudaba en la decoración de las vasijas y demás artilugios que en él se producían; en ese espacio aprendió a trazar líneas sobre materiales distintos al papel. Ya en el taller de Pedroza no debió costarle trabajo formarse como ilustrador. Aprendió a dibujar, pero también las distintas artes de impresión.
En 1871 murió su padre. Meses después dejó Aguascalientes para acompañar a Pedroza, quien había decidido instalarse en León, Guanajuato. En 1873 su maestro regresó a Aguascalientes; José Guadalupe, por su parte, tomó la determinación de permanecer en León. Tres años después se convirtió en único dueño del taller de imprenta y litografía que había ayudado a establecer. La fortuna comenzó a sonreírle: eran numerosos los encargos de impresiones de anuncios, diplomas, imágenes religiosas, etcétera; fue contratado como maestro “práctico” de litografía en la Escuela de Instrucción Secundaria de la ciudad. Sintiéndose respaldado pare enfrentar los contratiempos de la vida familiar, en 1875 contrajo matrimonio con la señorita María de Jesús Vela, con quien no tuvo descendencia.
Quizá porque quiso probar suerte, a principio de los años ochenta Posada dejó León para establecerse en la capital del país. De acuerdo con algunos de sus biógrafos, ingresó como ilustrador en los talleres de Ireneo Paz, escritor y periodista, abuelo de Octavio Paz. Junto con otros artistas, dio imagen a los numerosos y variados materiales que ahí se publicaban: desde periódicos noticiosos hasta almanaques.
No sin trabajos, poco más tarde habilitó un taller independiente que se anunciaba así en la prensa: “José Guadalupe Posada tiene el honor de ofrecer al público sus trabajos como grabador en metal, madera, para toda clase de ilustraciones de libros y periódicos. Igualmente ofrece sus servicios como dibujante de litografía. Cerrada de Santa Teresa no. 2”. Literalmente, los encargos le llovían. Así ilustró periódicos, revistas, catálogos, cancioneros, etcétera.
De todos sus clientes, Antonio Vanegas Arroyo supo capitalizar el talento de José Guadalupe para traducir en imágenes la sensibilidad popular. Del taller tipográfico de Vanegas Arroyo salía un “variado y selecto surtido de canciones, colección de felicitaciones, suertes de prestidigitación, adivinanzas, juegos de estrado, cuadernos de cocina, dulcero, pastelero, brindis, versos para payasos,  discursos patrióticos, comedias para niños o títeres, bonitos cuentos, el nuevo oráculo, o sea el libro del porvenir, reglas para echar las cartas, el nuevo agorero mexicano, la magia prieta y blanca, o sea el libro de los brujos […]”, además de la Gaceta Callejera, hoja volante que se publicará cuando los acontecimientos de sensación lo requieran, así como las célebres “calaveras” que circulaban cerca del día de muertos de cada año. Todo esto lo ilustraba Posada, creando un universo abigarrado y aparentemente caótico donde cabía el nacimiento de un nuevo año o bien el fin del mundo. Tan cercana se volvió la relación entre Vanegas y Posada que terminaron por asociarse.
A esta parte de su vida, que abarca casi treinta años, corresponde la célebre imagen que de él hiciera Leopoldo Méndez en 1953, a propósito del centenario de su nacimiento. En el grabado, titulado Posada en su taller, se ve a quien ya se le comenzaba a llamar don Lupe, trabajando en compañía –improbable, por cierto– de Ricardo Flores Magón. Ambos contemplan, iracundos, los abusos de la policía contra la población.
Posada tuvo la oportunidad de ilustrar los acontecimientos del Centenario de la Independencia Nacional y el estallido de la Revolución. Madero no se salvó de ser caricaturizado y de protagonizar más de una calavera. Tampoco Zapata y sus seguidores, que a finales de 1911 se habían levantado contra el gobierno maderista. De hecho, se cree que las ilustraciones de calaveras zapatistas, aparecidas en noviembre de 1912, fueron sus últimos trabajos. 
Por entonces, don Lupe, que estaba por cumplir 61 años y ya producía poco en su “estampería”, perdió a su hijo, concebido fuera del matrimonio con doña María de Jesús. En el par de fotografías que se conocen del grabador aparecen ambos; a partir de ellas puede establecerse que para la fecha de referencia el joven debería rondar los veinte años. Se ignora su nombre; en cambio se sabe que era aprendiz en el taller de su padre.
Probablemente la vida solitaria que siguió a la tragedia hundió a don Lupe en la tristeza. Siguieron días de bohemia y botellas con los asiduos visitantes del taller. Así pasaron Navidad y Año Nuevo. Enfermo, solo y en la pobreza, José Guadalupe recibió la visita de quien, paradójicamente, le había dado para comer durante tanto tiempo. Quizá no lo sorprendió, incluso debería estar esperándola, cuando a las nueve de la mañana del 20 de enero de 1913 llegó la muerte. Él, que había ilustrado tantas muertes y entierros también, ¿habría alcanzado a imaginar los suyos?
Cuando los vecinos dieron noticia del fallecimiento, la policía se hizo cargo; envió al señor médico J. Martínez Calleja, quien certificó el deceso por muerte etílica. Nadie reclamó el cuerpo, ni siquiera Vanegas Arroyo. Roque Casas y Felipe Rodríguez, cotidianos visitantes de la estampería y compañeros de juerga, cumplieron el trámite de ley auxiliados por Jesús García, empleado del registro civil, quien llenó los documentos por ellos, que no sabían leer ni escribir, pero fueron los únicos que se ofrecieron a dar fin al papeleo.
Nadie lo lloró. Sin contar con la caridad del vecindario, el sepelio corrió por cuenta del Ayuntamiento. Se expidió boleta de sexta clase para que el cadáver fuera enterrado en el Panteón de Dolores y permaneciera ahí por siete años. Unos cuantos compañeros lo escoltaron hasta el cementerio, donde su nombre y sus restos comenzaron a desvanecerse en el anonimato bajo la tierra, el tiempo y el olvido. En 1920, cuando la Revolución llegaba a su fin y se cumplían los años de estancia gratuita en una fosa exclusiva, sus restos fueron removidos y reinhumados en una fosa común.
Don Lupe hubiera terminado “bien muerto” y completamente olvidado si Diego Rivera no lo hubiera rescatado y hecho de él la definición misma del arte popular. Hacia 1930 Rivera escribió: “De estos artistas [populares], el más grande es, sin duda, José Guadalupe Posada, el grabador de genio […] tan grande como Goya o Callot, fue un creador de riqueza inagotable”. Era buen momento para revivir a los muertos, sobre todo aquellos que ayudarían a nutrir la estética del arte “nacionalista” y “revolucionario”. Su obra fue así recuperada y puesta en valor. Se convirtió en referente de muralistas como el propio Rivera o José Clemente Orozco, así como de otros artistas de vanguardia; tal es el caso de los agrupados en el Taller de la Gráfica Popular. Don Lupe salió del anonimato y su nombre, José Guadalupe Posada, comenzó a tener una carga distinta de la que tuvo en su otra vida, la que abandonó hace 96 años.
 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid