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Otros / La muerte de Sor Juana Inés de la Cruz, por Carmen Saucedo Zarco

El calor, el viento y los súbitos aguaceros con los que vivimos estos días, nos pueden dar una idea de lo que padecían los habitantes de la Ciudad de México en abril de 1695: los rayos del sol concentraban las aguas residuales estancadas en las calles y acequias (canales en los que la inmundicia se acumulaba) convirtiéndose en focos de polución que el viento diseminaba. Las partes secas del lago de Texcoco nutrían la atmósfera citadina de un fino polvo que causaba males en los ojos. Periódicamente, con mayor o menor virulencia, las enfermedades hacían estragos entre una población carente de conciencia higiénica.

Fue en este clima propicio cuando comenzó una epidemia de “tabardillo” o “fiebre pestilencial” —como se le conocía entonces al tifo exantemático, enfermedad relacionada con los piojos del cuerpo— dentro de los muros del convento de San Jerónimo, habitado por más de un centenar de mujeres, entre monjas, niñas, criadas y esclavas.

Sus síntomas comenzaban por fuertes escalofríos, ardor en las entrañas, ansiedad, dolor de cabeza y cansancio, que daba lugar al enrojecimiento de los ojos. Los sufrimientos del aquejado eran atroces, pues el dolor y la fiebre los hacía entrar en violentos delirios. Al término de nueve días una incontrolable hemorragia por la nariz acababa con las débiles fuerzas del enfermo, acelerando su paso hacia la muerte. Muy pocos escapan a la inclemencia de este mal. De hecho la misma Sor Juana era sobreviviente de un tabardillo que le dio entre 1671 y 1672, cuando tenía la edad de 23 o 24 años. En 1695 tenía 46 años cumplidos, un cuerpo con las huellas de su pasada enfermedad sufrida veinte años atrás y en el alma las heridas de un mundo que no alcanzó a comprenderla.

Cuando la epidemia se propagó, el convento entraría en gran actividad. El médico iría a examinar a las enfermas y dejaría instrucciones a las enfermeras para la aplicación de fomentos de vinagre, nitro y alcanfor y remedios de agua de cerezas negras, aguas epidémicas, jarabe de diacodín, agua triacal alcanforada y otras más. La fiebre se controlaba con trozos de víbora, sal volátil de jarabe y azafrán en polvo. El avance científico en el terreno médico era pobre. Las medicinas eran poco eficaces y sólo quedaba rogar a Dios.

Sor Juana, como la comunidad entera, se entregó a la atención de las enfermas, en particular a la administración de los gastos que ello traía consigo, pues, al ser la contadora del convento, se ocuparía de pagar al médico y al boticario, así como de hacer compras extraordinarias de piezas de manta, de medicamentos y de ciertos alimentos. La muerte de algunas monjas la obligaría a contratar al enterrador, la cera de los funerales y el servicio de ayudantes para disponer los entierros en el coro bajo de la iglesia. Estaría muy ocupada.

Por su natural curiosidad científica debió tener algo de boticaria y sabría cómo moler las sustancias y mezclarlas, así como su correcta aplicación. Si médicos y boticarios estaban entre las enfermas lo absolutamente necesario para no contagiarse, es de esperar que, sabiendo que la madre Juana Inés de la Cruz era apta hasta en esas ciencias, le hayan confiado la administración de los remedios.

Su observación alquímica de los fenómenos de cocina también la habrían tenido ocupada supervisando la preparación de los alimentos de las afectadas con la idea de darles aquello que, de acuerdo a la teoría de los humores, les fuera benéfico. Ella misma no era tan joven, sobre todo considerando el promedio de vida en aquella época. Horas de trabajo agotador y el contacto con las infectadas la postraron a principios de abril. El dolor se apoderó de su cuerpo, la fiebre le atenazó las entrañas, el delirio maquinaría fantasmas y temores y, finalmente, el sangrado de la nariz preludiaría el fin. Seis monjas habían muerto ya cuando, la madrugada del domingo 17 de abril de 1695, la madre Juana Inés de la Cruz expiró.

El mismo día de su muerte su cuerpo fue sepultado en el coro bajo de la iglesia del convento, en el mismo lugar donde 26 atrás había tomado los hábitos. Para hacerlo, un sepulturero localizó la tumba más antigua, la abrió, retiró los huesos de la monja que había estado allí, los colocó en el osario y dejó lista la cavidad en el suelo para regresar a la tierra lo que le pertenecía y que había tomado forma 46 años atrás en Nepantla. El cabildo-catedral asistió al funeral y uno de sus miembros, el canónigo Francisco de Aguilar, hizo las exequias. Don Carlos de Sigüenza pronunció la oración fúnebre y un numeroso concurso de gente la despidió.

Sor María de San José, su sobrina, la habría atendido en sus últimos momentos. También le ayudaría a disponer sus cosas cuando se sintió mal. Casi doscientos libros, varios legajos de papeles con versos místicos y mundanos, un niño Dios, varios cuadros de concha y algunos muebles. Las imágenes las dejó al arzobispo y lo demás le fue entregado a su familia.

166 años después, la exclaustración puso a las monjas en la calle y sus papeles fueron incautados. Los agentes del gobierno tuvieron muy poco cuidado de los archivos, que se perdieron irremediablemente. El conjunto conventual fue vendido y sus edificios convertidos en vecindades, bodegas y hasta en salón de baile, como el que hubo durante la segunda década del siglo veinte cuando la propietaria fue esa otra gran mujer, Antonieta Rivas Mercado. Sin embargo, ni ella ni los demás propietarios fueron sensibles a la importancia del lugar, ni por su valor artístico en sí, ni por el valor que poseía como el que había sido hogar de la mayor poetisa de México.

En 1884, en el periódico La Libertad, se denunciaba la destrucción de la casa natal de Sor Juana en Nepantla. Al año siguiente el periódico El Tiempo abrió una suscripción para rescatar la celda que había ocupado la monja en el convento de San Jerónimo. La apatía ganó la batalla. En una semblanza biográfica que hizo don Agustín Rivera a la ilustre monja en un folleto llamado El Cempazúchil en 1891, concluyó con estas dramáticas palabras: “¡Y los mexicanos no hemos levantado una estatua a esta mujer! ¿Sabemos siquiera donde está su sepulcro?” Francisco de la Maza refiere cómo la destrucción de los templos de monjas fue hecha por los propios clérigos que se hicieron cargo de ellos. La suma ignorancia, el rechazo a las formas del arte barroco y el aparente estorbo que hallaron en la disposición arquitectónica de los coros fueron los principales motivos para su alteración y consecuente pérdida. En el caso de San Jerónimo el daño fue considerable. De la Maza inició una fuerte campaña en 1956 para promover el rescate de la iglesia de San Jerónimo y, por lo tanto, de su coro y sepultura de las monjas. Propuso un proyecto con la colaboración del Arquitecto Manuel González Galván, que pudo llevarse a cabo con dignidad entre 1964 y 1965, bajo la responsabilidad del Arquitecto Jorge L. Medellín, subsecretario de Bienes Inmuebles y de Urbanismo de la entonces Secretaría del Patrimonio Nacional.

En el coro bajo se puso una lápida que reza:

En este recinto
que es
el coro bajo
y entierro de las monjas
de San Jerónimo
fue sepultada
Sor
Juana Inés
de la Cruz
el 17 de abril de 1695

 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid