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Revolución / El fin de una era: la renuncia de Porfirio Díaz, por Angélica Vázquez del Mercado

¡Sólo Dios sabe la inmensidad de mi
congoja en presencia del
derrumbamiento del gran cerebro del
más grande de los mexicanos, de un
hombre que tanto quise!

José Yves Limantour

Ya lo veía venir, pero se negaba a admitirlo; el agua le llegaba al cuello, pero insistía en ocultarlo. Había demasiadas señales de que el final era inminente, pero seguía haciéndose sordo y ciego.

Porfirio Díaz gobernó México por tres décadas. Cuando el festejo del primer Centenario de la Independencia, en septiembre de 1910, el presidente estaba cumpliendo los 80 años de edad. Para entonces, el “gallinero” estaba más que alborotado y el desgaste del establishment era obvio. A pesar de que en el periodo efectivamente se había logrado la pacificación interna, se había alcanzado un inusitado superávit en las finanzas nacionales, proliferaban las obras públicas en todo el país y se daban pasos importantes hacia el progreso, la desigualdad económica y social se acrecentaba. Para esa primera década del siglo, el descontento tenía como válvula de escape un tema de interés cada vez más común en la sociedad en distintos puntos de la República: la ansiedad por el cambio y el camino de la democracia.

Si bien Díaz se percataba de esa ansiedad, es posible que su  soberbia le impidiera visualizar su dimensión real, así como las consecuencias de tantos años de poder concentrado en su persona. Hacía algunas concesiones, o pretendía hacerlas, y soltaba un poco de máiz por aquí y por allá con la pretensión de mantener el control sobre los posibles levantiscos. Sus seguidores no dejaban de adularlo y, al parecer, sus informantes oficiales o espías le daban noticias falsas o sumamente manipuladas. ¿Temían no decir lo que el presidente quería escuchar, o simplemente era un reflejo de la corrupción alcanzada por el sistema en todos sus niveles? Las fiestas del Centenario se llevaron a cabo con todo esplendor: el mandatario estaba orgulloso de su obra y creía firmemente que el pueblo, su pueblo, le quería y agradecía.

Cuando el movimiento antirreleccionista iniciado por Francisco I. Madero tomó mayores dimensiones, Díaz siguió restándole importancia. Mandó aprehender al candidato opositor y, cuando Madero escapó, lo mantuvo vigilado en el exilio; sin embargo, las aguas empezaron a subir: el gabinete, antes tan imponente y venerable, era para ese momento la imagen de la decadencia del sistema. Su secretario de Hacienda y mano derecha durante los últimos 18 años, José Yves Limantour, tenía meses fuera del país cuidando la salud de su esposa —de paso, renegociaba la conversión de la deuda externa— y se resistía a regresar a México, aun bajo la insistencia exigente de su jefe. En la constante correspondencia entre ambos, Limantour le expuso su preocupación sobre los acontecimientos y su posible solución; el secretario insistía en la necesidad de construir un “gobierno fuerte, sano y amplio”, una renovación del personal político y administrativo federal constituido por gente menos ambiciosa y más comprometida.

Para diciembre de 1910 Díaz comenzó a sentirse abandonado. ¿Cómo era posible —le reclamaba a Limantour— que ahora que estaba a punto de tomar posesión del gobierno nuevamente, sus amigos lo abandonaran? Pasado el berrinche y tratando de mantener la calma, volvió a escribir a su secretario para darle sus impresiones de los levantamientos en Chihuahua y Puebla a finales de ese año: “En efecto, aquí hemos sufrido la contrariedad de la perturbación del orden público, no precisamente por la importancia real y positiva que la asonada hubiese tenido, pues le aseguro que la revolución propiamente dicha sólo existió en las redacciones de la prensa...": la negación de Díaz ante los acontecimientos era absoluta. Mostraba también signos de debilidad otrora impensables. Así sucedió con Bernardo Reyes, quien vivía en el exilio, después de que en algún momento pensó convertirlo en su vicepresidente y sucesor en la presidencia. Tal actitud de Díaz nacía de su recelo ante la popularidad del general Reyes en el norte del país, y tal vez de su resistencia a compartir el poder.

Al comenzar 1911 las aguas seguían muy revueltas. De camino a México, Limantour paró en Nueva York, donde, por instrucciones del presidente, se entrevistó con Francisco Madero Sr., su hijo Gustavo y Francisco Vázquez Gómez, en un intento de negociar con los revolucionarios y evitar la guerra. Excepto los Madero, los demás revolucionarios mantuvieron un punto fuera de toda discusión: don Porfirio y el vicepresidente Ramón Corral debían renunciar. Desde luego, Limantour no podía aceptar tal exigencia. Se interrumpió cualquier posibilidad de diálogo y el secretario volvió finalmente a México. Por cierto que Francisco I. Madero guardaba hacia Reyes un profundo antagonismo, por lo que durante las negociaciones pidió reiteradamente  que no se permitiera su regreso al país. En un intento de reagrupar a sus fuerzas, Díaz había llamado al general, quien tuvo que parar en Cuba y esperar el desarrollo de los acontecimientos.

Díaz intentaba desesperadamente mantener la situación bajo control, pero para entonces ya estaba muy agotado y desencantado por el desplante con el que era tratado. Además, una fluxión que le contrajo los músculos de la mejilla y le torció la boca, provocándole gran dificultad para hablar, le obligaba a despachar buena parte del tiempo en su casa de la calle de Cadena, en el centro de la Ciudad de México. Bajo los cuidados y vigilancia de su esposa Carmen Romero Rubio y de su hijo Porfirio Jr., Díaz recibía a sus secretarios y mantenía negociaciones extraoficiales con Francisco Vázquez Gómez a través de un amigo de éste, Manuel Amieva, pero también intercambió telegramas con el propio Madero, todo ello sin informar a sus ministros, y menos a Limantour, en ese momento bajo sospecha de traición.

Persistente, Díaz lanzaba sus últimas patadas de ahogado, y el 7 de mayo dio a conocer un manifiesto a la nación, en el cual se adjudicaba el principio de no reelección y otros cambios trascendentales en el gobierno: prometía renunciar, pero si y sólo si estaba cierto de no entregar el pueblo a la anarquía; sin embargo, a esas alturas era ya imposible frenar el curso de los acontecimientos.

El 10 de mayo de 1911 los revolucionarios tomaron Ciudad Juárez. Para la revolución maderista significó un triunfo fulminante, con el cual don Porfirio terminó por reconocer que su fin había llegado. Tan sólo pedía una salida digna, no más. El día de su renuncia, el orgulloso militar, héroe de tantas batallas, dictador alguna vez omnipotente, se resistió a firmar el documento, a pesar de que su esposa Carmelita lo guiaba y empujaba a finiquitar el trámite —según narró la indígena oaxaqueña a su servicio, en una entrevista que recupera Pedro Siller-, hasta que, derrotado, Díaz le entregó el papel y le dijo: “Toma, haz con él lo que quieras”, y se dejó caer en el sillón “sollozando, como si su corazón se hubiera roto”.

Díaz presentó su renuncia al Congreso el 25 de mayo de 1911, la que fue aceptada de inmediato mediante el mismo decreto en que, conforme a la ley, designaba presidente interino al secretario de Relaciones Exteriores, Francisco León de la Barra. En su renuncia, don Porfirio antepuso su deber patriótico; insistía en desconocer las razones por las que el pueblo se había puesto en su contra pero que, con todo, respetaba la decisión popular. Esperaba —decía— que pasada la euforia revolucionaria vendría el juicio justo a sus actos “que me permita morir, llevando en el fondo de mi alma una justa correspondencia de la estimación que en toda mi vida he consagrado y consagraré a mis compatriotas”; mas su voz se perdió en la euforia de la gente que se arremolinaba a las puertas de su casa gritando vivas para Madero.

A la sacrificada renuncia siguió el doloroso exilio. En los primeros días de junio, don Porfirio abordó el barco que lo llevaría al otro lado del mundo sin boleto de regreso. Murió en Francia en 1915, donde permanecen sus restos. Con su partida decimos que terminó una época caracterizada por su figura y su permanente ambición de alcanzar el “orden y el progreso”. Al viejo caudillo, el presente se le vino encima y no quiso verlo; el régimen terminó por morir de autofagia. Lo que siguió, como dicen, es otra historia.

 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid