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Revolución / José Vasconcelos, un provocador profesional, por Carlos Betancourt Cid

Eran las 8:50 del 30 de junio de 1959 cuando la luz  de José Vasconcelos se extinguió. Su vida fue un torbellino y, como tal, removió a su paso los obstáculos que se le atravesaron y convirtió sus aportaciones, desde muy diversos ámbitos, en materia de discusión. Por eso no es extraño que su trayectoria siga siendo elemento de debates, en los que se refleja, sin más, una de las estrategias de acción que le dieron fama: el desafío. Porque, en esencia, más allá de su indiscutible calidad como filósofo, maestro, político o literato, en lo que se convirtió, quizá con toda intención, fue en un provocador profesional.

En México, al mencionar su nombre, vienen a la mente las memorables jornadas de principios de los años veinte del siglo pasado, cuando, primero como rector de la Universidad Nacional y después como secretario de Educación, emprendió la campaña más ambiciosa que se había implementado hasta entonces en el terreno de la enseñanza.

Entre sus encargos públicos se destaca la refundación de la Máxima Casa de Estudios del país, junto con su lema y escudo actual. Igualmente, su huella perdura en la iniciativa para llevar la educación a los lugares más recónditos del territorio nacional. Son clásicos los libros con forros en color verde en los que recogió lo más granado de la literatura universal de todos los tiempos y que, publicados durante su gestión, se distribuyeron ampliamente entre todos los estratos de la sociedad.

Sin embargo, lo más importante es refrendar que la vida de Vasconcelos trasciende las labores que emprendió como ministro obregonista. Su pisada firme e indeleble ante los avatares del tiempo ha dejado una hendidura en la historia nacional y, a pesar de las contradicciones que se perciben al meditar sobre ella, no puede pasar inadvertida.

Nació en la ciudad de Oaxaca el 27 de febrero de 1882 y abandonó muy pequeño su tierra natal para trasladarse con su familia al norte del país. Sus primeras letras las asimiló desde las dos vertientes que se dan cita en la zona fronteriza. Radicado en Piedras Negras (entonces Ciudad Porfirio Díaz), cruzaba al pequeño poblado de Eagle Pass para atender los estudios primarios. Ahí comenzó a percibir las diferencias que marcarían su derrotero ante el país vecino del norte, pero más que nada fue abrevando en las características de su propia raza, de sus raíces mestizas, apreciación que lo acompañará durante su prolífica trayectoria.

Obtuvo su título de abogado con una tesis que versa sobre la Teoría dinámica del Derecho. Tras la práctica profesional, comenzó a interesarse por la política. Los tiempos corrían agitados en aquellos días de 1908. Vasconcelos, miembro de las nuevas generaciones que después fueron revolucionarias, no fue ajeno a lo que sucedía.

Muy pronto se alineó al lado del personaje opositor al gobierno de Porfirio Díaz cuyas propuestas de cambio se vislumbraban como las únicas que resultaban congruentes con las ideas del joven Vasconcelos: Francisco Ignacio Madero. Juntos comenzaron una aventura que los colocó entre los principales actores del devenir de nuestra historia en esas épocas. Escribe entonces, en los editoriales de primera página del semanario Anti-reeleccionista, dardos venenosos contra los miembros de la clase política porfiriana. Pero no actuaba solo. Fue acompañado por hombres como Emilio Vázquez Gómez, Félix F. Palavicini, Roque Estrada, los hermanos Roque y Federico González Garza, entre otros. Los articulaba una consigna, que Vasconcelos se atribuyó como propia en su obra autobiográfica: “Sufragio efectivo, no reelección”. El ansia de trasformación se arremolinaba alrededor de ese grupo y su meta debía alcanzarse fuera como fuera.

No obstante las expresiones del longevo presidente, el sistema todavía no se hallaba listo para la lucha democrática. Solamente el embate de las armas pudo deponer al mandatario que se sentía vitalicio. Tras la victoria de los revolucionarios, el camino no estaba libre de obstáculos. Sólo quince meses después de que Madero asumió la presidencia, la traición hizo su acometida. El artero asesinato del promulgador del Plan de San Luis encumbró a Victoriano Huerta en la silla máxima. La ley había sido corrompida.

Desde la hacienda de Guadalupe, en Coahuila, Venustiano Carranza levantó la voz en defensa del mandato constitucional. Vasconcelos no era un hombre impasible. Tenía que actuar en consecuencia.

A la lucha constitucionalista se unió el polémico abogado oaxaqueño quien, entre otras obligaciones, fungió como representante de los revolucionarios en Europa; desde allá boicoteó las acciones huertistas. Pero sus diferencias con el pensamiento de Carranza se iban a acendrar hasta llegar al rompimiento.

Cuando los revolucionarios por fin expulsaron del país al usurpador, la escisión entre Carranza y Vasconcelos fue inevitable. En la Convención de Aguascalientes, donde se suponía que se congregarían las diversas posturas para salir avantes del trance revolucionario, pasó todo lo contrario. Vasconcelos, quien había pisado la cárcel por disposición de don Venustiano, se alineó al lado del presidente elegido por los convencionistas, Eulalio Gutiérrez.

Con esa alianza delimitaba sus preferencias. Por un lado, se acrisoló su rabia contra Carranza y, por el otro, se desligó de la influencia villista. A fin de cuentas, se acomodó junto a los vencidos y salió al exilio. Cuba, Perú y Estados Unidos fueron su refugio en los años que corren de 1916 a 1920, cuando, tras la trágica desaparición física del Varón de Cuatro Ciénegas, se reincorporó al gobierno de la Revolución, primero con Adolfo de la Huerta y después con Álvaro Obregón. En ese momento se gestó la aventura vasconceliana que tanta fama le acarreó.

Más adelante, dos proyectos fallidos modificaron su semblante ante la situación mexicana; primero, su búsqueda de la gubernatura de su estado natal y después, el anhelo por presidir desde Palacio Nacional los designios del país. Como es sabido, ambos intentos resultaron rotundos fracasos con olor a fraude. El idealismo platónico de llevar a los máximos peldaños del poder al hombre sabio se enfrentó con el pragmatismo de la clase política revolucionaria que difícilmente permitiría algo así. Ante los hechos, surgió el desencanto que se tornó en amargura.

Muchos autores califican la campaña presidencial de 1929 como el parteaguas que radicalizó el temperamento de Vasconcelos. Sumamente afectado por la derrota, se refugió en la crítica acérrima contra sus enemigos y en la transformación de su perspectiva política y espiritual. Se le acusa, no sin razón, de apoyar los proyectos más reaccionarios de la época; lo cierto es que no dejó de ser debatible en todas sus posturas: se la pasó provocando.

Falleció a los 77 años de edad. Tal y como le aconteció en la vida, su partida no pudo mantenerse alejada de la querella. En la revista El Espectador, en su número correspondiente a julio de 1959, entre cuyos colaboradores se contaban los entonces jóvenes Carlos Fuentes, Luis Villoro y Víctor Flores Olea, la nueva generación intelectual de esos días reflexionó en torno de su legado. En el apartado que encabezaron como “Las dos caras de Vasconcelos”, Jaime García Terrés lo llamó “practicante y apóstol del irracionalismo: espíritu caótico y brillante; idealista y cobarde; desprendido y ególatra; anárquico frente a sí propio y defensor de tiranías lejanas”. Por su parte, Enrique González Pedrero lo calificó así: “Vasconcelos nunca fue un cortesano —en su buena época que fue la etapa positiva de la Revolución— ni de los políticos ni del país […] Vasconcelos jamás fue un simulador […] Se pasó la vida en eterna rebeldía —con la vida y consigo mismo— diciendo en el país del ‘tono menor’ grandes verdades (y, también, grandes mentiras)”.

Estas expresiones, reveladoras de un complejo juego de contradicciones, nos permiten aseverar que, si en algún espacio metafísico José Vasconcelos irradió sus ideas, fue en el de la dialéctica, alternando entre su verdad y la de los demás, aunque siempre con el espíritu en alto en la defensa de sus convicciones. Por eso hoy, a pesar de que ya no está entre nosotros desde hace medio siglo, su pensamiento y su vida nos siguen provocando.
 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid