Accesibilidad

  • Aumentar fuente
  • Fuente predeterminada
  • Disminuir fuente

Revolución / Los Tratados de Teoloyucan, por Angélica Vázquez del Mercado

Agosto de 1914

La ciudad de México, entonces en poder del ejército federal, vive amenazada por las fuerzas revolucionarias. Los capitalinos traen a la memoria los días de la Decena Trágica, tan reciente, cuando las balas perdidas y el olor a muerte inundaban el centro de la ciudad, la ciudad aterrada, herida por la batalla que se libró en sus entrañas. Pero ahora, en pleno verano, con un calor alucinante y un desgobierno ejerciendo su dominio, es pobre el panorama para los habitantes de una ciudad acostumbrada a consentirse a sí misma, a gozarlo todo, a los garden parties, a los paseos por la Alameda, a las comidas en Sylvain…

Por allá los zapatistas desde Milpa Alta y Xochimilco cortan el paso del agua para la urbe, en un ataque intermitente que no hace mella, pero bien que fastidia. Aunque a Victoriano Huerta como que si le “hace agua la canoa” y prefiere salir corriendo, con el cogote seco, quizá no de alcohol, pero si del preciado líquido. (¿Se habrá “echado la última”, antes de escapar de la cólera revolucionaria?). Huido Huerta le cae la papa caliente al campechano Francisco Carvajal, nombrado presidente provisional. No es el único ganón; Eduardo Iturbide, de nobleza española y prominente porfiriano, “se saca el tigre en la rifa” y es nombrado gobernador de la ciudad de México.

Agosto de 1914

Europa está inmersa en su propia guerra que no terminaría sino hasta 1918. Se calculan más de 8 millones de muertos…

Un anuncio en El Imparcial convoca: “Defendeos… el Dr. Munyon provee de los mejores cañones y metrallas para una guerra sin tregua contra el enemigo más rebelde de la humanidad… Munyon prepara más de 75 remedios para igual número de enfermedades…” Las causantes de todas las penas. El invento cura lo mismo dispepsia que cualquier otra enfermedad del estómago, estreñimiento, almorranas, catarro, nervios… Estamos en plena modernidad, la fe en la ciencia y en la tecnología avanza en caballos de hierro, en máquinas locas, en bombas lanzadas desde veloces aviones, con venenos que desfiguran rostros y vidas completas. Un avión ataca Topolobampo, Sonora, pero ese es local; mientras que un sospechoso submarino alemán asomará su nariz de periscopio en tiempos de Venustiano Carranza. 

12 y 13 de agosto de 1914

Un hombre juega con su fatal destino, quiere hacerle al héroe y tal vez lo sea. Salvar a la ciudad amenazada por los revolucionarios no parece cosa fácil, ni mucho menos cosa de niños. Un telegrama ordena a un grupo de pusilánimes e improvisados detentores del poder, que rindan la plaza y al ejército federal. Firma Carranza desde Querétaro. En Teoloyucan, en el Estado de México, muy cerca de la capital espera paciente el general Álvaro Obregón.         Carbajal y los suyos, salvo uno, proponen nerviosos y desquiciados: “vamos a refugiarnos a Veracruz, dejando la plaza en manos del ayuntamiento como lo hizo Miramón”. Un Iturbide responde: “¡Jamás! Primero muerto que pasar tal vergüenza”, espeta el padre de don Eduardo quien ya no tiene más remedio que proponerse para el acto de rendición.

Eduardo Iturbide pide entonces facultades al presidente Carbajal –que ya tiene un pie en el puerto– para conferenciar con Obregón y tratar de arreglar la rendición con las mejores condiciones para la ciudad. Algunos diplomáticos deciden acompañarlo. En el campamento de Obregón el recibimiento es frío. “¿Qué no sabe que lo voy a matar?”, “Si, señor”, contesta Iturbide, “pero yo no he venido aquí a salvar mi vida… si eso quisiera, me hubiera ido a Veracruz”. Tal parece que a Obregón y a Carranza la ocurrencia de Iturbide les cayó en gracia, o los astros esa noche no le fueron adversos, o los dioses se apiadaron de él. Lo que haya sido, don Eduardo los convence y el 13 de agosto logra la firma de los Tratados de Teoloyucan, siente que ha pasado a la historia; salva a la ciudad, aunque sea en el papel: el ejército constitucionalista no entra hasta que salga todo el federal; una vez en la ciudad se entregarán las fuerzas policiales; el ejército constitucionalista entrará en orden y sin molestar a los habitantes y se establecen las condiciones para la disolución del ejército federal.

La ciudad de México pasa a manos de Carranza. Obregón es el mandón, la mano derecha –que todavía tiene– del primer Jefe. La Revolución constitucionalista termina con lo que queda del antiguo régimen y comienza una nueva etapa, la de la Revolución contra sí misma.

 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid