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Revolución / El arte de conjurar la lucha: los Tratados de Teoloyucan, por Luis Enrique Moguel Aquino

Sobre la salpicadera de un automóvil y bajo la sombra de un árbol, el 13 de agosto de 1914 se firmaron los Tratados de Teoloyucan en las afueras del poblado que les da nombre.

Con la firma de dichos convenios, concluyó un largo conflicto que había iniciado a principios del año anterior, en febrero de 1913, cuando el presidente Francisco I. Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez fueron obligados a renunciar a sus cargos y asesinados; entonces, Victoriano Huerta asumió la presidencia del país. Como respuesta al golpe militar, ocurrieron varios levantamientos, de entre los cuales adquirió mayor relevancia el encabezado por el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, quien bajo el Plan de Guadalupe asumió el liderazgo de la resistencia contra el gobierno huertista.

En los meses siguientes, este movimiento, que abanderaba la restitución del orden constitucional, se transformó en una importante oposición política y militar. Poco a poco adquirieron forma y fuerza tres cuerpos armados que se convirtieron en las columnas del constitucionalismo: la División del Noreste, encabezada por el general Pablo González; la División del Noroeste, a cuyo frente se encontraba el general Álvaro Obregón, y la División del Norte, dirigida por el general Francisco Villa. A la acción de los citados cuerpos militares se sumaba la del Ejército Libertador del Sur, que, bajo las órdenes del general Emiliano Zapata, se había levantado en armas desde noviembre de 1911 contra el gobierno de Madero y mantenido su lucha contra Huerta en los estados del centro.

Durante el resto de 1913, los constitucionalistas fueron ganando algunas posiciones de relativa importancia en el norte del país, situación que prevaleció durante los primeros meses del año siguiente. Además, diversos factores internos y externos, como el desgaste político del régimen dictatorial de Victoriano Huerta, su limitada base popular, así como la falta de reconocimiento por parte del gobierno estadunidense, hicieron cada vez más difícil la situación de los golpistas, lo que se reflejó en el frente de batalla. En este oscuro panorama se suscitó una intervención militar por parte de la marina norteamericana, que en abril de 1914 ocupó el puerto de Veracruz.

Los constitucionalistas supieron aprovechar la frágil posición del enemigo y comenzaron a tomar las ciudades más importantes del norte y del occidente: Pablo González ocupó Monterrey el 24 de abril, Pancho Villa hizo lo propio con Zacatecas el 23 de junio, mientras que Álvaro Obregón se posesionó de Guadalajara el 8 de julio. En su intento por corregir un panorama tan adverso, Huerta realizó algunos cambios en su gabinete, entre ellos, nombró a Francisco S. Carvajal como secretario de Relaciones Exteriores. El 15 de julio, viéndose perdido, Huerta renunció y salió del país. Su lugar fue ocupado por el recién nombrado canciller, quien de inmediato tuvo que atender al constitucionalismo y a la invasión estadunidense.

Carvajal pronto se dio cuenta de que no se encontraba en condiciones de hacer frente a ninguno de los adversarios. Le quedaba claro que los marines no avanzarían tierra adentro si los intereses de sus connacionales no se veían amenazados, lo cual podía ocurrir si continuaba el conflicto entre el ejército federal y los constitucionalistas. Era urgente llegar a una pronta solución. A decir verdad, las opciones se reducían a dos: organizar la ofensiva de modo que los revolucionarios fueran sometidos con prontitud o rendirse a ellos incondicionalmente.

Los informes con los que Carvajal debía normar sus actos para tomar una decisión eran confusos. Por una parte, se le hacía saber que contaba con suficientes efectivos para atacar a los constitucionalistas, mientras que las recientes derrotas federales le evidenciaban lo contrario. Además, se hallaba en medio de intereses encontrados, pues mientras la mayoría de la población civil y una parte de la oficialidad clamaban por una salida pacífica, es decir, por rendirse a los revolucionarios comprometiéndolos a respetar vidas y propiedades, otra parte del ejército se pronunciaba por mantener la lucha, ya que temía ser víctima de represalias por su actuación durante la dictadura huertista.

Para principios de agosto de ese 1914, los revolucionarios habían terminado por cerrar una pinza sobre la Ciudad de México. Al tiempo que los zapatistas se fortalecían al sur de la capital, las divisiones del Noreste y del Noroeste coincidieron al norte de la metrópoli y establecieron su cuartel general en Teoloyucan, Estado de México. Paralelamente, el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, Venustiano Carranza, avanzaba desde su natal Coahuila hacia el centro del país.

De acuerdo con algunos protagonistas, se calcula que en Teoloyucan habría estacionados unos 25 mil revolucionarios dispuestos a atacar la Ciudad de México, mientras que en ésta, entre 15 mil y 20 mil soldados federales tendrían el encargo de defenderla. Los días pasaban llenos de temor para los capitalinos ante el inminente enfrentamiento que seguramente afectaría más temprano que tarde a la ciudad, la que en las últimas décadas sólo había vivido días de violencia año y medio antes, durante la Decena Trágica. Asimismo, tanto entre la dirigencia revolucionaria como entre el gobierno civil de la capital reinaba el ánimo de evitar un inútil derramamiento de sangre.

Ambas partes tomaron casi simultáneamente la iniciativa para entrar en negociaciones: Carvajal, a despecho de los militares que apoyaban el plan de atacar a los rebeldes, envió al veterano general Lauro Villar a Coahuila para entrevistarse con Carranza, pero la empresa fracasó, pues éste ya había partido hacia el sur. Por su parte, el Primer Jefe había dado instrucciones al ingeniero Alfredo Robles Domínguez, veterano de la revolución maderista y a la sazón agente confidencial del constitucionalismo en la Ciudad de México, para que entrara en pláticas con Carvajal.

Robles Domínguez realizó una notable labor de persuasión no sólo con el gobierno en funciones, sino entre la alta oficialidad del ejército y el cuerpo diplomático. Sin embargo, como los días pasaban sin resultados tangibles, el 8 de agosto el general Álvaro Obregón envió a Carvajal un telegrama en el que le pedía que declarara “de una manera concreta” la actitud que asumía como jefe de las fuerzas huertistas que guarnecían esa ciudad: que si estaba “dispuesto a rendir la plaza o a defenderla”; además le pedía que en este último caso evacuara de la capital a los extranjeros residentes para evitar posteriores reclamaciones.

Al día siguiente, Robles Domínguez conferenció con el general José Refugio Velasco, secretario de Guerra y Marina, para convencerlo de la inutilidad de que las fuerzas a su mando hicieran resistencia a la revolución, cuyo triunfo –argumentaba– sólo podría retrasarse, pero no evitarse. Además, esgrimió que tenía en su poder un telegrama dirigido al comandante de las tropas estadunidenses de ocupación en el que se le instruía avanzar sobre México si ocurrían combates que pusieran en peligro las vidas e intereses de sus connacionales. Finalmente, el viejo general reconoció su derrota: “Está bien –dijo–. El ejército evacuará la plaza. Puede usted comunicar al general Obregón que irán representantes nuestros a pactar la entrega”.

En seguida, el agente constitucionalista telegrafió al cuartel de Obregón comunicando la noticia. Informó también que para acordar la mejor forma en la que debía efectuarse la entrega, así como “para vencer la últimas resistencias morales que se oponían” a la misma, había invitado a varios miembros del cuerpo diplomático, así como al gobernador del Distrito Federal, Eduardo Iturbide, a hacer una visita al campamento revolucionario.

Hacia el mediodía del 11 de agosto, llegó al cuartel de Teoloyucan la comitiva integrada por el gobernador capitalino y por los señores Cardoso de Oliveira, ministro de Brasil y encargado de negocios de Estados Unidos; Lionel Carden, ministro de Inglaterra, y por Víctor Ayguesparse, secretario de la Legación de Francia; al frente iba Robles Domínguez, quien fungía como contacto entre ambas partes. No obstante las seguridades que Obregón había ofrecido de que los visitantes serían recibidos con consideración, fue imposible detener la ola de abucheos, vituperios y recriminaciones que la tropa hizo caer sobre Iturbide a su paso hacia el cuartel de mando revolucionario.

Venustiano Carranza, que había ofrecido estar presente en las conferencias, se hallaba aún en camino, de modo que la comitiva resolvió esperar su llegada, la que ocurrió a la medianoche. A pesar de la hora, Carranza conferenció largamente con Cardoso de Oliveira. A la mañana siguiente, el grupo regresó a la capital, donde fue recibido con la noticia de que ese mismo día Carvajal abandonaba la presidencia y salía del país dejando al gobernador capitalino la responsabilidad de entregar la ciudad a los constitucionalistas.

Así, en la mañana del 13, un reducido grupo, ya sin capacidad de negociación, se dirigió a Teoloyucan para firmar los tratados de rendición de la plaza. Esta vez la comitiva estuvo integrada por el general Gustavo A. Salas, el vicealmirante Othón P. Blanco y un par de ayudantes, por parte del ejército federal, y en representación de la autoridad civil, Eduardo Iturbide. Fueron recibidos fuera de las avanzadas de las fuerzas revolucionarias, en el camino entre Cuautitlán y Teoloyucan. Bajo la sombra de un árbol, alrededor de una rústica y pequeña mesa, ocupada por una máquina de escribir, se improvisó la sala de discusión. Tras un nutrido intercambio, fue redactado el primer convenio mediante el cual el ejército se comprometía a desocupar la Ciudad de México y a disolverse. El documento fue signado sobre la salpicadera del automóvil que llevó a la comisión gobiernista hasta Teoloyucan. La aridez de la escena reflejaba con elocuencia la rotunda derrota del ejército porfiriano que había sobrevivido al levantamiento maderista, pero que fue incapaz de reducir este nuevo estallido revolucionario.

Escasa media hora fue suficiente para elaborar el segundo convenio que establecía la forma en la que el gobernador Iturbide haría entrega de la ciudad a las fuerzas del general Obregón. Quedaba así conjurada una de las amenazas de violencia más ciertas y peligrosas para la metrópoli.

La firma de los Tratados de Teoloyucan tuvo consecuencias inmediatas y de largo plazo. En principio, abrió las puertas de la capital a las fuerzas revolucionarias, las que hicieron su entrada triunfal dos días después, el 15 de agosto, encabezadas por el general Álvaro Obregón. El día 20, entró solemnemente el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, cerrando así un ciclo de la historia revolucionaria.

Desde otra óptica, los tratados son considerados por algunos autores como el acta de nacimiento del moderno ejército mexicano que surgía de la incorporación del antiguo ejército federal a las tropas constitucionalistas.

 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid