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Independencia / Cómo "desatar el nudo sin romperlo", por Magdalena Mas

En 1821, tras once años de una contienda tan cruel y prolongada como la de nuestra Independencia, el país se encontraba dividido, empobrecido y asolado. Entonces, el oficial del ejército español Agustín de Iturbide se las arregló para acaudillar la insurgencia –a la que durante años había perseguido– y el conflicto dio un vuelco: se consumó la independencia, aunque en términos distintos a los planteados por sus primeros caudillos.

A Iturbide, nombrado comandante general del Distrito del Sur del ejército realista, se le encomendó perseguir a Guerrero, a quien le había escrito el 10 de enero de 1821 para proponerle que terminara su levantamiento, puesto que los diputados a Cortes en España seguramente obtendrían para los americanos todas las solicitudes hechas repetidamente al gobierno español. La respuesta de Guerrero invitándolo a unirse a su causa concluyó en una entrevista y en la firma del Plan de Iguala. Pero para entender esta insólita unión, debemos remontar el curso de los acontecimientos.

Las características de la guerra habían cambiado de manera radical desde el grito de Dolores. La derrota y muerte de los primeros caudillos habían provocado disensiones y desánimo en medio de la feroz persecución realista, particularmente la emprendida por el virrey Félix María Calleja durante su administración, mientras que la política más conciliadora de Juan Ruiz de Apodaca había logrado que muchos insurgentes se rindieran, acogiéndose al indulto. Esta situación, aunada a la devastación de los campos, la interrupción de actividades económicas y los vaivenes en la política española, propició que de la causa y los caudillos originales quedara poco más que su espíritu, en personajes como Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria, fugitivos y aislados.

Pero la dependencia de una todopoderosa metrópoli, encarnada en la figura despótica y la arbitrariedad de El Deseado Fernando VII, se tornó en una nueva sujeción, ahora ante las leyes y los derechos fundamentales. Esto se debió a la revolución de Rafael de Riego en España y a la instauración del que conocemos como trienio liberal, que impuso de nuevo la Constitución de Cádiz, abolida olímpicamente por el monarca. El retorno al constitucionalismo, la supresión de fueros y privilegios y, en general, las medidas modernizadoras emprendidas a partir de 1820 chocaron de manera estrepitosa contra las autoridades, la concepción del poder y los privilegios detentados por la clase dominante de la Nueva España.

Estos círculos, a los que podríamos denominar como “la aristocracia colonial” –compuestos por descendientes de españoles, nobles, altos dignatarios eclesiásticos y en general miembros de las más ricas familias novohispanas–, habían visto hasta ese momento una gran amenaza en la posibilidad de separarse de la metrópoli. Pero ahora era la metrópoli misma la que se volvía amenazante por la supresión de inmunidades y fueros, y la instauración de las libertades religiosas y de imprenta.

De esta forma, quienes antes habían abortado toda iniciativa independentista se reunieron en un nuevo proyecto para separarse de la España liberal. Hablamos de la conspiración de La Profesa, encabezada por el canónigo Matías Monteagudo, quien era rector de la Real y Pontificia Universidad y director de la Casa de Ejercicios de La Profesa. Había sido consultor de la Inquisición cuando se sentenció a muerte a Morelos en 1815. En resumen, se trataba de un alto jerarca eclesiástico, que a su vez convocó a obispos, a inquisidores y a varios representantes de los sectores amenazados por las nuevas medidas españolas.

El Plan de La Profesa era, en suma, una confabulación armada en contra de la España liberal. Para acaudillar su empresa, los conspiradores eligieron a Agustín de Iturbide por varios motivos: hijo de español, perteneciente, por línea materna, a una noble y rica familia criolla. Ingresó en 1797 al Regimiento de su ciudad natal, Valladolid. Peleó contra los insurgentes desde el inicio de la contienda, obteniendo el grado de capitán. Combatió a las guerrillas indígenas y acabó por derrotar a líderes como Albino García, lo que le valió un nuevo ascenso al grado de coronel. Posteriormente, fue nombrado comandante general de la Provincia de Guanajuato, donde se distinguió por perseguir de manera implacable a los rebeldes. Diversas acusaciones por abuso de autoridad y malversación propiciaron que el virrey Calleja lo destituyera en 1816, pero fue absuelto de todos los cargos.

A sus 37 años, Iturbide fue nombrado comandante general del sur por Apodaca y se le encomendó sofocar la insurrección de Vicente Guerrero, una de las últimas que sostenían la causa independiente. Comenzó entonces una bien orquestada campaña epistolar a fin de convencer a los jefes insurgentes para que se aliaran a su ejército. Redactó en Iguala un plan al que los insurgentes se adhirieron, y que en síntesis proclamaba la independencia de México, reconocía como única y oficial la religión católica, la cual conservaría sus fueros y privilegios, y proponía que indios españoles y criollos se unieran en un solo pueblo. Como régimen de estado, el plan propugnaba la monarquía regida por Fernando VII o a algún miembro de la casa reinante en España.

El éxito del plan consistió, por un lado, en la unificación de las clases altas criollas en torno a un proyecto moderado que prometía respetar la forma de vida acostumbrada, pero con ventajas surgidas del nuevo estatus, tanto para comerciantes o hacendados, como para la jerarquía eclesiástica, amenazada por las medidas liberales de la metrópoli. De esta forma, casi todo el ejército novohispano se unió a Iturbide, y las clases altas lo sostuvieron económica y moralmente.

La otra razón de su éxito fue convencer a Guerrero para que se uniera al Plan, sellado con la entrevista de ambos líderes y con el llamado “abrazo de Acatempan”. La leyenda y significado de este gesto estriban en la unión de las dos principales fuerzas del país en una sola causa, aunque cada una con intereses y motivaciones muy distintos. Frente a un ejército nacional disciplinado y unificado que apoyaba a Iturbide, los aislados insurgentes comprendieron que éste representaba la única posibilidad real de acabar con la guerra y constituir a México como nación. Así, Guerrero se adhirió al Plan de Iguala y reconoció como jefe del movimiento a Iturbide en febrero de 1821.

En poco tiempo, el ejército denominado Trigarante –las tres garantías defendidas eran independencia, religión y unidad, simbolizadas en los colores verde, blanco y rojo– logró conquistar las principales ciudades y derrotar a las escasas tropas que aún permanecían leales al gobierno español. Ante su, por lo menos, tibia actitud, el jefe político Apodaca (pues el nuevo régimen español había sustituido con este cargo el de virrey), fue depuesto y lo suplió por breve tiempo el mariscal Francisco Novella, quien quedó al frente de un diezmado y reducido ejército que resistía en la capital del país y en algunos fuertes como Veracruz, Perote y Acapulco.

Mientras tanto, arribó el nuevo jefe político representante de la corona, Juan O’Donojú, a Veracruz, para encontrarse con una situación consumada. Él era un militar de filiación liberal que proclamó a su llegada la próxima anuencia de las Cortes españolas a los muchos y reiterados reclamos de los americanos. Pero se dio cuenta de que su cargo era más ficticio que real: se hallaba sitiado en el puerto y, en palabras de Lucas Alamán, se percató de que “no podía dar paso alguno”. Ni siquiera comunicarse directamente con Novella, quien continuaba en la Ciudad de México. Entonces, le escribió a Iturbide para reunirse y determinar con claridad la situación, y éste lo citó en Córdoba.

O’Donojú llegó allí el 23 de agosto. En su entrevista al día siguiente, fueron firmados los Tratados de Córdoba, bajo el famoso supuesto de “desatar el nudo sin romperlo“. Así, el 24 de agosto de 1821, por primera vez un representante oficial de España reconocía la inutilidad de la guerra frente a una nación unificada, aun cuando esta unidad fuese débil y efímera.

La consecuencia inmediata fue la capitulación de los realistas en la capital. Novella tuvo que desalojar sus tropas en poco más de una semana, quedando lista para la triunfal entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México el 27 de septiembre. Después de una encarnizada lucha, el conflicto se resolvía pacíficamente, y O’Donojú llegaba con Iturbide como dos aliados que habían sellado un pacto de amistad y conveniencia. Lo permitían la moderación y el tono conservador de los Tratados que, al menos formalmente, proponían continuar con la sujeción a los Borbones. Un día después, se firmó el “Acta de Independencia del Imperio Mexicano”.

Desde luego, la miopía política de la corona se reflejó en su negativa a reconocer los Tratados (miopía además prolongada, pues el reconocimiento oficial de España no se produjo sino 15 años más tarde). De hecho, las últimas tropas acantonadas en San Juan de Ulúa aún resistieron cuatro años más, y hubo todavía un frustrado intento de “reconquista” en 1829.

El primer artículo de los Tratados declara a la “[…] América […] por nación soberana e independiente y se llamará en lo sucesivo Imperio Mexicano”. Propone que la corona imperial sea ofrecida primero a Fernando VII, para recorrer después toda la línea sucesoria, hasta encontrar un emperador de la casa de Borbón para México. Si esto no sucedía (como seguramente esperaba Iturbide), la corona recaería en un monarca, que podría ser criollo, y al cual elegiría la recién constituida Junta Provisional Gubernativa.

Documento basado en el también moderado Plan de Iguala, establecía que la monarquía mexicana debía ser, en todo caso, constitucional, además de separar los poderes Ejecutivo y Legislativo. Los Tratados fueron el instrumento para lograr varios objetivos: antes que nada, la Independencia, pero después, la jugada maestra de Iturbide para convertirse en emperador. ¿Inocencia de O’Donojú, que creyó conservar los derechos al trono para algún Borbón? ¿Inteligencia y visión políticas al comprender que la causa de la guerra contra México estaba perdida? ¿Realismo y aceptación de las desastrosas condiciones de su causa, que le imposibilitaban incluso llegar a la capital de México?

En todo caso, el futuro Agustín I no tenía nada que temer: prácticamente dueño del país, sabía que O’Donojú no contaba con poderes para firmar un tratado de esa naturaleza, pero al obligarlo, ahondó la división entre los propios españoles, imposibilitándoles desde entonces la posesión de su más preciado y cuidado territorio americano. El nudo no volvería a atarse nunca.

 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid