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Revolución / Entrevista Díaz-Taft, por Angélica Vázquez del Mercado

El 16 de octubre de 1909, se llevó a cabo un inusual encuentro entre los presidentes de México y de Estados Unidos, Porfirio Díaz y William Howard Taft. El traslado de Porfirio Díaz de la Ciudad de México a Ciudad Juárez se asemejó más a la movilización de una corte real que a lo que debió ser la austera gira de un presidente republicano. Pero, a esas alturas, quizá era demasiado pedir. Desde que subió al vagón presidencial, la parafernalia a su paso fue apoteósica: en cada estación, lluvia de flores, arcos triunfales, letreros de “Paz, orden y progreso”, multitudes vitoreándolo, aclamando al pater —al old man, dicen las crónicas, al héroe de la patria— que regalaba saludos amables (y quizá alguna sonrisa complaciente) a su pueblo.

El tren presidencial, reluciente, recién pintado y pulido. El séquito de Díaz, compuesto por su Estado mayor e invitados especiales, así como los caballos de gran alzada y las múltiples maletas con los uniformes de gala, recorrieron cientos de kilómetros de distancia en 48 horas. La ciudad de Chihuahua recibió flamante a su distinguido invitado que se hospedó en la casa, mejor dicho, la mansión, del entonces gobernador del estado, Enrique C. Creel. Al igual que Hidalgo, Zacatecas y Coahuila, Chihuahua se ofreció generosa a su presidente; desde luego, los banquetes y los bailes en su honor se vivieron con gran entusiasmo, a pesar de que Limantour había advertido a Creel no agotar demasiado al presidente. Nadie podía imaginar en ese momento que un año después la cosa se pondría “color de hormiga” y que, justo en esas tierras, la Revolución haría erupción con la violencia de un volcán dormido, reprimido, durante demasiado tiempo.

Así, el 15 de octubre, Díaz arribó a Ciudad Juárez. Las ceremonias cívicas no se hicieron esperar. Las calles, pletóricas, radiantes, bulliciosas con el sonido permanente de la ciudad fronteriza: el ir y venir de las mercancías, las carretas, los coches, las personas y sus bultos, los rostros de tonos diversos, las lenguas coloridas... Los juarenses estaban preparados esa mañana para recibir al “Héroe del 2 de Abril”, al “Constructor de la Nación”, y también, ¿por qué no?, al presidente William Taft. La avenida Juárez lucía hermosas columnas que remataban en águilas rampantes; adornos de flores con los colores de las banderas de ambas naciones colgaban entre ellas, dando el toque romántico al asunto. Letreros con la palabra “Paz” se exhibían por toda la ciudad. Desde que Benito Juárez había pasado por allí (entonces se llamaba Paso del Norte), nada más importante había ocurrido en la urbe, tan cosmopolita en aquel momento. Ciudad Juárez contaba en ese tiempo con algo así como 12 mil habitantes, tiendas diversas, plaza de toros, comunicaciones de primer nivel (telégrafo, teléfono, ferrocarril), hipódromo, Jockey Club, símbolos de la burguesía emergente y en crecimiento, en fin…

El mismo 15 de octubre, se colocó la primera piedra del monumento a Juárez. ¿Quién iba a decir que en ese mismo punto, donde Díaz rendía homenaje al héroe de la Reforma, al líder de una época, sería el mismo lugar donde otro hombre pondría otra piedra, mejor dicho, la lápida con la cual se sellaría la tumba del porfirismo? En mayo de 1911, una vez tomada la ciudad, Francisco I. Madero (todavía con Pascual Orozco a su lado) pronunció su discurso en el reluciente monumento, con lo que se aproximaba el fin del periodo marcado por la dictadura de Porfirio Díaz.

Pero ese 16 de octubre de 1909, Díaz cumplió muy formal con su cita. Para mí que siempre vio la invitación con recelo, con poca ingenuidad, desde luego; era, como sabemos, un “viejo lobo de mar” y no se las tragaba fácilmente. Y cómo no sentir ese poder sin marearse, si en cada pueblo, en cada estación, la gente se le entregaba ciega, dócil; si podía ver, oler, palpar, sentir, escuchar y degustar, la modernidad que había logrado construir con tantos años de “sacrificio” personal entregados a su país. Porque eso sí, Díaz fue muchas cosas, menos antipatriota. Bueno, al menos él no lo creía. Algunos intentos hizo para mantener una posición nacionalista frente al acontecer mundial. Inútil sería preguntarnos qué hubiera pasado sin esa actitud de la administración porfiriana, pero en ese entonces no es difícil reconocer que ni uno era todavía Goliat, ni el otro era aún el pequeño David… aunque hacia allá se dirigían vertiginosamente.

Ambos gobiernos acataron las reglas de la diplomacia; todos los puntos del protocolo se cumplieron a cabalidad y nadie se salió del guión. No que se sepa, pues. Díaz cruzó la frontera esa mañana y a las 11:30 a. m. fue recibido por el secretario de Guerra de Estados Unidos, Mr. Dickinson: “Usted es el primer jefe del Ejecutivo de una nación que cruza nuestras fronteras. En este acto está Usted dando no solamente al pueblo de su país y al nuestro, sino a los pueblos del mundo, la gran manifestación de las cordiales relaciones existentes entre las dos vecinas repúblicas hermanas y de vuestro sincero y gran deseo de hacerlas eternas [...]”. A continuación, Díaz fue conducido al edificio de la Cámara de Comercio, donde lo recibió el ayudante de Taft, el capitán Archivald Butt, para llevarlo ante su presidente. Éste le da la bienvenida, hay un intercambio de saludos, absolutamente cordial, y de recíproca admiración hasta que, finalmente, Taft le pide que vayan a un salón y que los acompañe Creel, su amigo personal, para que funja como intérprete. La puerta se cierra tras los hombres y se lleva a cabo la entrevista... después viene el lunch y el brindis, donde los presidentes chocan sus copas de cristal de Bohemia: no hay registro de las declaraciones de ninguno de los temas que se supone que podían haber tocado.

No existe, que se sepa, una transcripción de esa conversación. Creel no comentó nada después, aunque todavía falta sumergirse en su archivo personal, en el que quizá haya algún comentario al respecto. Por lo pronto, debemos resignarnos con saber que, si bien la reunión en privado se llevó a cabo, en los hechos posteriores no se reflejó ningún cambio en las posiciones de ambas naciones sobre las relaciones bilaterales.

Taft regresó la visita, según lo acordado. Alrededor de las 12 del día, en las puertas de la Aduana, elegantemente decorada, lo espera Porfirio Díaz con su Estado mayor y una selecta comitiva: “Me considero muy feliz de poder saludarlo en territorio mexicano. Creo que el personal conocimiento que de usted he hecho y las amistosas relaciones que ya existen entre los Estados Unidos y México constituirán una garantía para la continuidad de esas relaciones; espero serán firmes y cordiales y hago votos porque sean coronadas por la más completa prosperidad”. Taft le contesta agradecido y, haciendo hincapié en que “hasta donde alcanza mi memoria”, ningún presidente estadunidense había pisado tierras mexicanas. Un poco después, cumplida la recepción, Taft, impresionado, le dice: “Yo le recibí a usted como a un verdadero republicano y usted me recibe como a un emperador”. (¿Era su sonrisa una expresión de desdén republicano ante las pretensiones imperiales del viejo dictador y de los mexicanos?). Por la tarde, Taft regresó a Ciudad Juárez a cenar con Díaz y sus invitados en el edificio de la Aduana. Tampoco hubo sorpresas en los discursos previamente revisados por ambas partes. De nuevo, nadie se sale del script. Taft regresará a su tierra y Díaz subirá a su tren para volver a la capital del país.

Si al provocar el encuentro, Taft esperaba lograr no sólo dar su espaldarazo a la reelección de Díaz en 1910, sino también mayor flexibilidad para las relaciones comerciales con su país, no le duró mucho la intención, pues dos años más tarde lo veremos tomando otra posición ante el movimiento revolucionario y la caída de Porfirio Díaz. Todavía hay mucho por investigar sobre este encuentro, pero el momento retrataba dos posiciones históricas distintas, dos naciones que transitaban por caminos diferentes: una se encaminaba al desarrollo sostenido y otra, a la dolorosa guerra civil.
 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid