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Revolución / Amor y odio en el Ateneo de la Juventud, por Carlos Betancourt Cid

El Ateneo de la Juventud vio la luz primigenia el 28 de octubre de 1909. Como lo afirma Álvaro Matute, no se trató solamente de una asociación cultural, por lo que diversifica su caracterización, llamándolo asimismo generación y grupo. Aunque el matiz generacional puede ponerse a discusión si se atiende a la discrepancia de edad entre algunos de sus integrantes (Luis G. Urbina nació en 1864, mientras que Antonio Caso, en 1883), como grupo, no queda duda sobre su clasificación. En este sentido, las relaciones establecidas entre sus miembros rebasaron los ámbitos de la difusión del saber y del conocimiento y se convirtieron, al paso de los años, en vivencias que exteriorizaron encuentros y desencuentros, como los que cotidianamente ocurren entre todos los seres humanos. Por tanto, en un conjunto tan diverso de personalidades, con talentos innegables, no es extraño que las fricciones, entrelazadas con el engranaje del rumor y del cuchicheo, marcaran el derrotero del proceso de forja de amores y odios difíciles de superar.

Entre el grupo de amigos que inició la aventura ateneísta, destacan nombres que hoy se recuerdan rodeados de cierta mitificación que los ubica en el pedestal de la historia, como si hubieran sido estatuas de bronce que, una vez fundidas, negaran su naturaleza humana. Martín Luis Guzmán, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña y José Vasconcelos forman un cuarteto que se distinguió por generar entre ellos una suerte de relaciones “peligrosas”, en las que sus caracteres, diversos y particulares, afloraron en defensa de sus posturas personales.

Una vez superado el lapso revolucionario maderista, Martín Luis Guzmán representó una figura de conciliación. El presidente Madero, mediante otro ateneísta, Alberto J. Pani, le solicitó que intercediera, en atención a la amistad que tenía con Alfonso Reyes, para buscar que su prominente padre, don Bernardo, no continuara con la conspiración que fraguaba para derrocar al líder de la Revolución de 1910. Como la historia lo confirmó, esa estrategia maderista, que quiso involucrar a los amigos ateneístas, no resultó satisfactoria.

Otra relación de amistad conflictiva de Martín Luis Guzmán fue la establecida con la figura tutelar del ateneísmo, Pedro Henríquez Ureña. Durante esos años, la correspondencia con Pedro fue constante. Alojado en Washington, D. C., el 11 de mayo de 1915, Henríquez utiliza un acento parco para justificarse por la escasa respuesta a las cartas de Guzmán remitidas con anterioridad, que acompaña con una reflexión que ejemplifica cierto desencanto ante el alejamiento, temporal y espacial, que se había dado entre los amigos ateneístas. Lacónico, Henríquez Ureña no perderá la oportunidad para hacer sentir menos a Guzmán, quien quizá no se ofendía tanto por los ataques abiertos que le remitía el dominicano, pues los tomaba como consejos de un amigo. En este tenor se halla lo siguiente: “Es wise el plan vuestro de quedaros en Madrid. No creo fácil ya para Acevedo el trasladarse a Santo Domingo. Pero ¿de qué pensáis vivir allí? No me explico”. Consideración que menosprecia la capacidad de Guzmán para ganarse el sustento.

La relación entre Guzmán y Henríquez Ureña no terminó bien. Una vez que Guzmán se exilió tras su participación en la rebelión delahuertista, Pedro le comenta a Alfonso Reyes, el 17 de enero de 1924, al referirse a la “inmoralidad” en México: “Martín es un ejemplo: la Secretaría de Hacienda, con De la Huerta, le regalaba 18 000 para El Mundo; Pani se la suprimió. Patrocinaba negocios de la familia de Victoriano Huerta, cobraba dinero por cartas de recomendación; por fin vendió El Mundo a los callistas, la víspera de su huida, y ahora resulta que vendió máquinas y linotipos que no eran suyos. Ahora, viendo perdida la causa de De la Huerta, dejó los Estados Unidos y va para Europa. Ten mucho cuidado con él”. Los lazos de fraternidad, si alguna vez los hubo, nunca se recuperaron.

Por último, cabe destacar un ejemplo de la relación de Guzmán con otro ateneísta primordial, José Vasconcelos. Una vez fuera del país, arrojados por las circunstancias del movimiento armado, quienes después serán considerados como las plumas magistrales del periodo revolucionario establecieron comunicación epistolar. Un punto en común que se refleja en su correspondencia es el sentir anticarrancista que ambos amigos manifestaban. Don José corrobora el sentimiento compartido: “Creo, como tú, que la situación seguirá estática mientras la manejen dos imbéciles malvados como Wilson y Carranza”. A pesar de ello, el alejamiento se dará por una cuestión íntima.

En Perú, Vasconcelos no estaba con su esposa, sino que se había retirado a esas tierras lejanas acompañado de su amante, Elena Arizmendi, a quien nombró como “Adriana” en su obra autobiográfica. Allí expresó: “Me carteaba en aquella época con un amigo íntimo, a quien designaré en este relato con el sobrenombre que le puso Villarreal más tarde: Rigoletto, por causa de una ligera corcova en la espalda y por las malas pasadas que nos jugó a los dos, de diferente manera. Rigoletto era de rostro muy atractivo, con fulgor de inteligencia y malicia en su mirada de ojos azules, bajito de cuerpo, blanco, más bien robusto. Nos tratábamos con gran intimidad y Adriana lo sabía. Sin embargo, no se me había ocurrido escribirle a propósito del viaje de Adriana a Nueva York. […] Nunca escribí acerca de ella a mis amigos, ni a los amigos comunes”, aseveración que puede considerarse falsa, si nos atenemos a las palabras que efectivamente escribió a Guzmán el 18 de octubre de 1916: “Querido Martín: ¿Por qué no me escribes? Les he escrito yo, he estado muy solo, sin un amigo […]. La víbora que durante algunos años traje enmarcada en el corazón por fin se ha desatado y se fue, pero me ha dejado veneno”.

Con tal aseveración, no extraña que Guzmán haya aprovechado para probar las mieles del amor de “Adriana”, a riesgo de salir también envenenado. Lo cierto es que la amistad se fracturó definitivamente, y el paso de los años no logró resarcirla.

Martín Luis Guzmán falleció a los 89 años de edad, el 22 de diciembre de 1976. Fue el último ateneísta. A pesar de sobrevivir por 30 años a Henríquez Ureña y por 17 a Vasconcelos y Reyes, no se refirió a ellos con denuestos o agravios una vez que desparecieron físicamente. Al contrario, después de sus respectivas defunciones, se expresó siempre de manera encomiosa sobre los amigos que se le adelantaron.

Las polémicas protagonizadas por ellos en vida ya son parte del pasado. Hoy las trajimos a colación sólo para enunciar que los personajes de la historia no deben ser considerados héroes o villanos, sino solamente hombres y mujeres con luces y sombras, de carne y hueso, que patentizan sus emociones y pasiones en el mundo de la acción.

 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid