Accesibilidad

  • Aumentar fuente
  • Fuente predeterminada
  • Disminuir fuente

Reforma / El Plan de la Noria (En tres episodios inconclusos), por Ángelica Vázquez del Mercado

La ruptura

Se sabía héroe de muchas batallas. Liberal siempre, su historial militar era impecable: al finalizar la Guerra de Reforma ya era coronel; en la famosa Batalla del 5 de Mayo de 1862, en la que, al mando del Ejército de Oriente, se batió contra el ejército invasor, ostentaba un mayor rango y desde entonces fue el general Porfirio Díaz.

Durante el Segundo Imperio, se mantuvo firme y leal a Benito Juárez. Fue el protagonista de la batalla final, pues recuperó Puebla para el gobierno republicano; el 2 de abril de 1867, le informó al secretario de Guerra del gobierno juarista: “Hoy a las tres de la mañana he emprendido un asalto sobre la plaza y han sucumbido los traidores a las seis de la misma”. Juárez le reconoció el triunfo a “Porfirio”, como solía referirse a él en esos días: “Me parece bien, le dijo, que siga usted la regla que ha usado de no fusilar a la clase de tropa que caiga prisionera”, así fueran nacionales o extranjeros, pero, continuó don Benito, si se trata de “jefes, oficiales y soldados en quienes concurran circunstancias agravantes, debe usarse con ellos de todo el rigor de la ley”. En asuntos de ajustes de cuentas, Juárez tenía la cabeza (o la sangre) fría.

Los siguientes meses, Díaz se ocupó de preparar la entrada del presidente a la capital del país. Se la entregó en bandeja de plata. Juárez llegó a la ciudad, triunfante, el 15 de julio; sin embargo, para ese entonces las relaciones entre los caudillos, uno civil y otro militar, eran ríspidas; entre otras razones, debió influir el poder que para entonces confluía en ambos: el país comenzaba a ser pequeño para dos figuras tan soberbias, aunque uno fuera el maestro y el otro el alumno. En un primer momento, Díaz se disciplinó como buen militar y se retiró a su rancho de La Noria, en Oaxaca.

La masacre de La Ciudadela

En 1871, Benito Juárez llevaba ya 14 años como jefe del Ejecutivo, a pesar de las cotidianas guerras intestinas y de la Intervención francesa, avalada por el grupo conservador. Juárez aprendió pronto que la única manera de mantener la estabilidad era con mano dura, pero con la ley en la mano, eso sí. Logró entonces la reelección a la presidencia de la República con 5837 votos a favor, sobre los 3555 obtenidos por Díaz y 2864 por Sebastián Lerdo de Tejada, triunfo que el Congreso ratificó con una aplastante victoria por parte de Juárez.

La sombra de la dictadura comenzaba a pesar en varios sectores de la sociedad. Los ánimos en el ámbito nacional estaban muy caldeados; muchos jefes militares, algunos de ellos gobernadores estatales, manifestaron su descontento y se aliaron con Díaz, quien para entonces podía presumir de amplia simpatía en el país, que se vio dividido en juaristas, porfiristas e incluso lerdistas. A mediados del año, en el norte y en el sur hubo pronunciamientos en contra de Juárez, prácticamente dirigidos por el propio Díaz. Uno de los más importantes fue encabezado por Jerónimo Treviño, gobernador de Nuevo León, a finales de septiembre, con la intención de provocar que las fuerzas juaristas se concentraran en ese punto y desprotegieran la ciudad.

Es probable que, como parte de la estrategia, se planeara el pronunciamiento de La Ciudadela, entonces cuartel y almacén de armas, que terminaría en una masacre descomunal (como toda masacre). Fue un domingo sangriento: el 1 de octubre, el capitán Tomás Almendares abandonó su puesto de guardia en la cárcel nacional, se presentó en la gendarmería, “sedujo a la tropa” y se dirigió a La Ciudadela, donde entraron a bayoneta calada y al grito de “¡Viva Porfirio Díaz!”. La respuesta del gobierno no se hizo esperar, y como el secretario de Guerra se encontraba de paseo por el lejano San Ángel, los primeros en presentarse fueron los generales Ignacio R. Alatorre y Sóstenes Rocha, entre otros. Organizaron la defensa de los puntos clave de la ciudad y prepararon la recuperación del cuartel. Con alrededor de 1000 hombres, puentes volantes y una balsa para sortear los pozos que entonces rodeaban a La Ciudadela, Rocha dio instrucciones de asaltar el edificio a la medianoche. Pero, un par de horas antes de lo previsto, los rebeldes intentaron salir, lo que desató la batalla y media hora después el campo estaba cubierto de cadáveres y heridos, la mayoría eran de sublevados: el gobierno contó 11 muertos y 150 heridos, mientras que los rebeldes sufrieron 181 muertos, 70 heridos y 245 fueron tomados como prisioneros; algunos de ellos morirían en el paredón. Curiosamente, los jefes de la rebelión lograron escapar sanos y salvos…

Al día siguiente, los periódicos y la sociedad se manifestaron indignados por la matanza, pero la orden de actuar con toda la fuerza había llegado desde la silla del Ejecutivo.

El Plan de la Noria

Un mes después del pronunciamiento de La Ciudadela, Porfirio Díaz dio a conocer un Plan firmado en La Noria, en el cual se manifestaba en contra de la reelección. El documento se publicó en el periódico porfirista de Oaxaca La Victoria el 8 de noviembre y rápidamente se distribuyó a todos los puntos posibles. El plan se basaba en una serie de demandas que Díaz atribuía a la sociedad entera, aunque tomaba muchos de sus planteamientos de una carta del 20 de septiembre de 1871 que le envió un grupo de militares adeptos que lo reconocía como su líder: Manuel Márquez, Donato Guerra, Jerónimo Treviño, Luis Mier y Terán, entre otros.

La descalificación a Juárez y a su gobierno era absoluta al acusarlo de tirano, obnubilado por el poder personal, traidor a la Constitución de 1857: “La ineptitud de unos, el favoritismo de otros y la corrupción de todos ha cegado esas ricas fuentes de la pública prosperidad”… y así continuaba. Ya entrado en gastos, Díaz hacía hincapié en su desinterés por los cargos de gobierno, pero aclaró que había “contraído también graves compromisos para con el país por su libertad e independencia, para con mis compañeros de armas, con cuya cooperación he dado cima a difíciles empresas, y para conmigo mismo, de no ser indiferente a los males públicos”.

Al igual que los problemas señalados en el plan, las posibles soluciones planteadas eran insostenibles o estaban poco fundamentadas. Aunque tenía razón cuando manifestaba un reclamo cada vez más generalizado: el de la concentración del poder en la figura presidencial y la desventaja de la reelección. Congruente con tal exigencia, el plan termina con unas líneas que no tienen desperdicio por lo que en los siguientes años sucederá bajo la égida del propio Díaz: “que ningún ciudadano se imponga y perpetúe en el poder, y ésta será la última revolución”. Más que profeta, fue el arquitecto de su propio destino, pues, como se sabe, a partir de 1876, ya no dejará de manejar los hilos del destino nacional, sino hasta que otra revolución, cual karma, le arrebataría la misma silla que le había disputado a su maestro, a don Benito Juárez.

 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid