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Revolución / La epopeya revolucionaria en los murales de Diego Rivera, por Luz Elena Mainero del Castillo

Noviembre nos remite siempre a dos momentos que a los mexicanos nos encanta celebrar: el Día de Muertos y el aniversario del inicio de nuestra Revolución de 1910; pero también nos hace recordar a Diego Rivera, uno de los más grandes pintores mexicanos, quien murió el 24 de noviembre de 1957 y cuya declarada doctrina socialista lo llevó a plasmar en los muros de diversos edificios coloniales, una obra con un alto contenido social; en ella nos narra el surgimiento de una nueva ideología y de una nueva identidad nacional, cuyo origen encontramos en la Revolución Mexicana, en sus ideales, sus luchas y sus tragedias, en sus logros y sus conquistas, en sus peticiones y exigencias.

A pesar de su formación academicista, Rivera adoptó muchas de las corrientes artísticas innovadoras que estaban en boga por aquellos años en Europa, lo que lo llevó a desarrollar una amplia obra impresionista y cubista. Sin embargo, la razón por la que más se le reconoce es por su gran obra mural, en la que logró plasmar no sólo los ideales de la Revolución, sino también su visión muy particular de la historia de México.

José Diego María de la Concepción Juan Nepomuceno Estanislao Rivera y Barrientos Acosta y Rodríguez es el pomposo nombre con el que fue bautizado el niño que con el tiempo ha sido conocido simplemente como Diego Rivera, uno de los más extraordinarios y completos artistas surgidos en nuestro país, y quien, junto con David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, conforma la triada de los “grandes” del muralismo mexicano.

Gran parte de la fama de Rivera se debe no sólo a su obra, sino a la leyenda que él mismo contribuyó a entretejer a su alrededor. Su personalidad tan polémica, su carrera artística tan heterogénea, sus relaciones con otros grandes artistas, sus mujeres, su posición política y sus muchas amistades —todos ellos— fueron factores que contribuyeron a que su biografía sea tan fascinante.

Su madre, María del Pilar Barrientos, y su padre, también de nombre Diego, tuvieron hijos gemelos aquel 8 de diciembre de 1886 en Guanajuato: Diego y José Carlos María, quien murió dos años después. El golpe fue tan duro, que su madre María del Pilar tuvo un fuerte colapso nervioso que la llevó a dejar a Diego en manos de una nana, Antonia, india tarasca a la que Diego quiso entrañablemente. En 1891, su hermana María nació, y es así como su vida comenzó a desarrollarse entre todas estas mujeres, cuya atención y sobreprotección muy probablemente contribuyeron a que él desarrollara esa personalidad egoísta y autoritaria que lo caracterizó toda su vida. La familia se trasladó a vivir a la Ciudad de México en 1893.

Al mostrar un increíble don para el dibujo, su madre lo inscribió en la Escuela de Bellas Artes, antigua Academia de San Carlos, donde Diego inició su camino por el mundo del arte. La educación que adquirió aquí fue totalmente clásica y academicista, y, a pesar de que la mayoría de sus temas se centraron en la Revolución durante su etapa como muralista, la técnica que utilizó se mantuvo dentro de los cánones del clasicismo en el cual había sido formado.

Diego concluyó sus estudios con honores en 1906. Obtuvo una beca para estudiar en la Academia de San Fernando en Madrid, y se alejó de México en el momento en el que las protestas políticas contra el régimen de Díaz comenzaban.

Durante su larga estancia en Europa, conoció a los grandes clásicos de la pintura, así como la obra impresionista de Monet, Renoir y Pizarro, y la del postimpresionista Paul Cezanne, teniendo todos ellos un gran impacto en él. En París conoció a Pablo Picasso, con quien inició una gran amistad y cuya obra cubista fue determinante para el trabajo de Diego.

Esta época fue riquísima en su formación como pintor. Su vena academicista nunca lo abandonó, pero su apertura a las nuevas expresiones artísticas lo convirtieron en un autor ávido por experimentar, y, por tanto, en un artista completísimo. Sin embargo, comenzaba a sentir la necesidad de encontrar su propio camino como pintor.

Rivera regresó a México en 1910 con la finalidad de exhibir su trabajo en la Academia de San Carlos como parte de las conmemoraciones para celebrar el Centenario de la Independencia organizadas por Porfirio Díaz. Su exposición fue inaugurada el domingo 20 de noviembre por Carmen Romero Rubio de Díaz, el mismo día en que Madero convocaba a un levantamiento en contra de ese régimen que celebraba el aniversario de la independencia por todo lo alto.

México comenzaba a vivir un momento trascendental en su historia, pero Diego estaba ajeno a todo ello. Su prioridad era la pintura, así es que, en abril de 1911, se embarcó nuevamente rumbo a Europa. Esta época en el Viejo Continente lo marcaría definitivamente, tanto personal como profesionalmente. Su trabajo es prolífico; su obra cubista y postimpresionista es abundante. Le fascinaban las nuevas formas que se creaban y todos aquellos movimientos que cuestionaban lo que había sido dicho y hecho en el arte hasta entonces.

Y así como el cubismo descomponía las formas que durante siglos se habían visto en la pintura, lo mismo sucedía con el antiguo orden político en el mundo. En México, no sólo desaparecía el régimen de Díaz, sino también el de Madero, sumergiéndose el país en una larga y terrible guerra civil, mientras que en Europa, una conflagración que involucraría a casi todos los países derribaba algunas de las viejas y anquilosadas monarquías.

Rivera conoció a Siqueiros en 1919. El encuentro entre ambos pintores fue decisivo, ya que Siqueiros le habla a Diego de la lucha armada que se desarrollaba en México y en la cual él había participado activamente, interesándolo vivamente en la creación de un arte nacionalista y monumental, un arte abierto y accesible a todo público, un arte que cumpliera una función política.

Esta idea, junto con la oportunidad que tuvo de hacer un viaje a Italia, donde descubrió los frescos renacentistas, contribuyó a que Diego concibiera la posibilidad de crear obras monumentales, encaminándose finalmente por la ruta del muralismo. Al mismo tiempo, su plataforma ideológica se encontraba firmemente consolidada, manejaba la dialéctica marxista, conocía sus postulados y se sentía identificado con ellos.

En 1921, Rivera tomó la decisión de regresar a su país, encontrándose con un México que estaba saliendo del estado de convulsión y violencia que conllevó la Revolución y anhelante de encontrar su propio camino. Este contexto hace posible el nacimiento del movimiento muralista, el fenómeno artístico de mayor importancia del México del siglo XX, que finalmente proyectó al arte mexicano al resto del mundo, independizándolo de manera definitiva de la estética europea.

Desde principios del siglo XX, los artistas mexicanos promovían un cambio en la forma de hacer arte, rechazaban todos los convencionalismos en la pintura y buscaban promover la búsqueda de un estilo propio.

Este propósito se realizaría años más tarde, al término de la Revolución mexicana, cuando José Vasconcelos, secretario de Educación Pública durante el gobierno de Álvaro Obregón (1920-1924), echó a andar un ambicioso proyecto educativo en el cual el arte desempeñó un papel relevante. Fue él quien ofreció los muros de los diferentes edificios públicos de arquitectura colonial del Centro Histórico de la Ciudad de México, así como los de otras ciudades del país, como Cuernavaca y Guadalajara, para que los pintores mexicanos ilustraran la historia, los mensajes y postulados de la Revolución.

Los artistas tenían libertad absoluta para elegir los temas, pero la idea era mostrar ese mundo nuevo que surgía de las ruinas de la guerra, así como el papel vital del indígena en nuestra historia y la importancia de la nueva ideología marxista que nacía con la Revolución rusa de 1917, que glorificaba la lucha de clases y al proletariado, rechazando el capitalismo y a las clases dominantes.

La Escuela Nacional Preparatoria, antiguo colegio jesuita de San Ildefonso, se convirtió en el laboratorio del movimiento, ya que allí los artistas experimentaron con técnicas, formas, colores, espacios y temáticas nuevas. Más tarde se utilizarían los muros de Palacio Nacional, el interior del Palacio de Bellas Artes, la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo y la Secretaría de Educación Pública, entre muchos otros edificios.

Cuando Rivera llegó a México en 1921, inmediatamente fue invitado a participar en este nuevo movimiento que estaba surgiendo, pintando su primera obra mural, La Creación, en el anfiteatro Bolívar de la Escuela Nacional Preparatoria, donde todavía está patente la influencia que tiene en él la pintura italiana. Sin embargo, al iniciar dos años después su trabajo en los muros de la SEP, Rivera se había liberado, reflejando ya un estilo propio en el que puede detectarse la mezcla de distintas influencias: el constructivismo a partir del cubismo, la verticalidad de las composiciones de El Greco, la amplitud de los frescos renacentistas y los colores libremente interpretados de las artes populares mexicanas.

En la SEP plasmó no sólo los logros obtenidos en la Revolución mexicana, sino la vida del pueblo, con temas que hacen referencia al trabajo, las fiestas, las luchas, los sufrimientos, pero también a los anhelos y triunfos de ese pueblo en su aspiración por liberarse de todo aquello que lo oprime y explota.

Realizó grandes murales en Palacio Nacional cuyo tema fue la historia de México, en los que Rivera describió la epopeya del pueblo mexicano, haciendo un recorrido desde la época precolombina hasta los años treinta del siglo XX, pero una historia en la que buscó honrar sobre todo nuestro pasado prehispánico con el indígena como protagonista principal, al que busca rehabilitar como factor importante para la conformación de la identidad del mexicano.

En la Escuela Nacional de Agricultura, Diego reafirmó su total compromiso revolucionario al pintar la nueva ideología del movimiento, especialmente la relacionada con Emiliano Zapata y su lucha por la tierra, así como el esfuerzo de los obreros por mejorar sus condiciones de trabajo. En el Palacio de Cortés de Cuernavaca creó una obra histórica en la que trató la conquista, la independencia y la revolución agraria.

Rivera honró en sus pinturas nuestro pasado prehispánico, entendió el presente como una lucha renovadora en la que integró crítica e ironía, y visualizó un futuro glorioso sustentado en las aportaciones de la ciencia. Estaba en contra del capitalismo, del imperialismo y de las guerras provocadas por la ambición del hombre, y desafió a los ricos y poderosos al plasmar en el corazón del mundo capitalista, el Rockefeller Center de Nueva York, su crítica más acérrima a ese sistema en un mural en el que incluyó a Lenin, provocando con ello un gran disgusto, que se le dieran las gracias y que su obra fuera destruida.

Es así como el muralismo se distinguió por estar estrechamente relacionado con las ideas políticas y sociales de sus autores, naciendo una unión sin precedentes entre el arte y la política, lo que llevó a crear una pintura con una enorme carga ideológica socialista, ya que los temas que trata son de índole revolucionaria, exaltando la lucha social y denunciando la opresión.

El contenido histórico, político y crítico del muralismo es innegable; esto lo convirtió en un arte comprometido, solidario y directamente vinculado a la realidad social que vivía el país. Es un arte monumental con profundas raíces que se hunden en la herencia cultural del México antiguo y en el resurgimiento nacional que la Revolución produjo. Es la exaltación del pueblo mexicano en su lucha por la justicia social y por la libertad.

La intención de los artistas era que, cuando el mexicano observara esos murales, se sintiera orgulloso de lo logrado en la Revolución y germinara en él ese espíritu de confianza en el nuevo orden social y político que surgía, en ese México que era capaz de renacer de sus cenizas. Por su temática, por la forma de representar estos temas, por todo lo que simbolizaba, a la pintura mural se le llegó a considerar como “la expresión más genuina del espíritu mexicano.

 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid