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Revolución / La Revolución sale a escena, por Mónica Barrón Echauri

Adiós a don Porfirio,

Adiós Ramón Corral.
Se fue ya Carmelita,

El pueblo va a mandar.

Parodia de Mamá Carlota
Estribillo de la revista El país de la alegría

El siglo XX marcó el inicio de grandes cambios en México, no sólo desde el punto de vista político y social, sino también en el ámbito de los escenarios. Ahí se anunciaba ya también el surgimiento de un nuevo rostro de México, una nueva manera de ver al mexicano, de acercarse a él y de definirlo.

Nacía un género que si bien no era nuevo en la forma, sí lo sería en el contenido de un lenguaje distinto, una galería de retratos sociales del mexicano común, el peón, el campesino, el obrero, el vendedor, y que con el tiempo se convirtió en el sitio en el cual se podía ver de una manera muy peculiar el desarrollo de los acontecimientos que tuvieron lugar en 1910 y en donde, a su manera, también vivió la Revolución: el teatro de género chico, las tandas —por el hecho de incluir dos revistas en una función— o teatro de revista, cuyo nombre obedece a la conformación de un espectáculo misceláneo que contenía lo mismo números musicales que cuadros cómico-políticos y cuyo hilo conductor, era en sí un acontecimiento reciente de corte social o político.

Aunque este género fue muy popular, lo cierto es que no todo el mundo lo vio con buenos ojos. A este respecto Luis G. Urbina, cronista porfiriano del teatro, decía: “La tanda es un divertimiento cómodo y barato. Nuestra pereza intelectual, nuestra flaccidez moral, nos inclinan naturalmente del lado de un espectáculo frívolo y ligero que no pide preparaciones previas ni exige el ejercicio del pensamiento o del sentimiento”. Y en algo tenía razón este crítico romántico, y es en decir que era un espectáculo que no requería preparaciones previas, ya que los argumentos se escribían en un par de noches con gran velocidad y a resultas de los acontecimientos que se desencadenaban con la Revolución, de tal suerte que los periodistas se reunían en los cafés por la noche a comentar las noticias y a escribir los libretos. Se componía la música y al día siguiente se buscaba empresario para montar, se convocaba a la compañía, se ensayaba y ¡se abre el telón! El resultado era un espectáculo de gran frescura y la Revolución salió a escena.

Encontramos el antecedente del teatro de revista en 1876 con el estreno de un cuadro de contenido político llamado La leva, que criticaba la práctica de llevar por la fuerza y a golpes a los hombres desempleados o en la vagancia para integrarlos al ejército republicano, según la Ley penal y de procedimientos por delitos como la vagancia (entre otros) del 5 de enero de 1857 establecida por Benito Juárez. Luego, con la influencia permanente de la zarzuela y del teatro grande de las compañías españolas ,nació el teatro de revista, quizá como una reacción de hastío de estos dos géneros.

En 1904 se estrenó la zarzuela Chin-Chun-Chan, considerada como el primer retrato fiel de la cultura popular mexicana porque incluyó en su libreto expresiones de la calle y porque recreaba tipos populares de existencia secular y que entonces cobraban vida sobre el escenario. El rústico lenguaje de los payos se pregonaba entre las filas: los aigres, las tantiadas y las afiguraciones eran cosa de todos los días. Los ingredientes serían el buen humor, el retrato social, los cuadros mexicanos, los comportamientos excéntricos, y también —y muy importante— la constante alusión política.

Así, nacía un círculo crítico informativo de un México donde languidecía ya el porfiriato, un sitio al que la clase media tenía acceso y podía estar al tanto de hechos y opiniones, puesto que la mayor parte de los autores de este género no eran dramaturgos sino periodistas y por lo mismo, arriesgaban “el pellejo” en cada obra, ya que nunca cuajó el romance entre el teatro de revista y la política, aunque, dicho sea de paso, aquél jamás intentó cortejar a éste, sino por el contrario. Y ese juego se tornó muy peligroso.

A través de este género podemos recorrer los principales acontecimientos que tuvieron lugar en México entre la caída del porfiriato y el fin de la Revolución. Cada revista, cada título, cada cuplé, nos ofrece una postal que narra lo que ocurre y nos dota también de una iconografía alternativa a las imágenes de los caudillos, los trenes, los caballos, los zapatistas y los villistas o las tropas federales y las adelitas. De este modo, para transitar por los acontecimientos que convulsionaron al país en esos años, podemos echar un vistazo a la cartelera teatral.

De inicio, en 1909 se estrena la revista México nuevo,que hacía alusión al periódico del mismo nombre dirigido por Juan Sánchez Azcona y portavoz del antirreeleccionismo de Francisco I. Madero. Ésta es la primera pieza que habla de figuras públicas del momento y se refiere a la contienda entre Ramón Corral, partidario del reeleccionismo, y Bernardo Reyes, su contrincante; incluía un cuadro cómico-político llamado El circo,en el cual las dos tiples (actrices llamadas así por la descripción de su voz aguda o tipluda) se caracterizaban como claveles, haciendo alusión a la usanza de los seguidores de los dos candidatos a la vicepresidencia de la República: una como clavel blanco, para referirse a Ramón Corral, quien ya era vicepresidente y cuyos seguidores se distinguían con esa flor, y la otra como clavel rojo, para hacer referencia a Bernardo Reyes, y cantaban este couplet:

Clavel blanco:      Aunque mi poder
Quieren opacar

Puedo asegurarles

No lo han de lograr,

Riqueza y poder

Represento yo…

Clavel rojo:          Valor y energía
Muestra mi color

Y al final el triunfo

Para mi será

Y todos ustedes

Irán al “Corral”
.

Además de abordar el tema de la contienda por la vicepresidencia, esta revista tiene la particularidad de ser la que dotaría a la cultura popular mexicana del personaje de la borrachita o teporocha, caracterizado por primera vez por Emilia Trujillo, la tiple favorita de Victoriano Huerta, y cuyo personaje se recrearía una y otra vez en las películas mexicanas, amén de haber creado una figura que tantos comediantes de medio pelo de la actualidad aún imitan.

Hay muchos nombres importantes, como José F. Elizondo, Pablo Prida Santacilia (nieto de Benito Juárez), Carlos M. Ortega, Manuel “El Güero” Castro Padilla, Rafael Medina, entre otros, que están asociados a los éxitos de revista más sonados de 1910 y que bordaron sus libretos con temas filosos e irritantes, especialmente para los encumbrados en turno, a excepción de Porfirio Díaz, figura que prácticamente no tocaron los escritores, pero una vez que estalla la Revolución, el género chico dio rienda suelta a su propia versión de los hechos.

En 1910 se presenta la revista El pájaro azul, donde se aborda de manera incipiente el tema del reparto agrario, además, fue la primera revista que habló mal del gobierno de Porfirio Díaz. En 1911 se presentó El Chanchullo, de Rodolfo Navarrete, en el cual el elenco fue encarcelado por poner a Victoriano Huerta como un viejo sucio que quiere ser artista de teatro; este encarcelamiento le costó la vida a la tiple cubana Pepita Pubill, quien cayó víctima de pulmonía por las inclemencias de las bartolinas de la cárcel de Belén. Ese mismo año también se presenta El futuro funcionario, juguete cómico de José M. Romo, musicalizado por Rafael Ordóñez, acerca de un hombre político y las fantasías de poder que anhela realizar si uno de los candidatos, de los que el burócrata se dice partidario, llegara a ocupar la vicepresidencia; y hay otra pieza más llamada La nueva era, en la que se alude a Francisco I. Madero y Francisco León de la Barra durante su presidencia interina. Esta revista causó gran polémica también.

Paradójicamente, mientras el teatro de género chico iniciaba la debacle de la imagen de los caudillos —entre otros, con el estreno de la revista política México al día o México en la mano de Jacinto Capella y música de Lauro D. Uranga en la que tocaba el reciente tema de la exigencia del pueblo por la renuncia de Porfirio Díaz y donde también incluía escenas apoteósicas de don Francisco I. Madero al final, brotando de un sol resplandeciente—, la ópera mexicana se empeñaba en rescatar a los héroes de la insurgencia.

En mayo de 1912, en el teatro Xicoténcatl, se estrena Nicolás Bravo, de Rafael J. Tello, basada en el libro de Ignacio Mariscal. En ese mismo año, se presenta El terrible Zapata, una obra que parodiaba y criticaba duramente las corruptelas del ejército zapatista calificando de vándalo y bandido al caudillo suriano… en su propia cara, pues el mismo día del estreno, en el transcurso de la revista, irrumpió en el teatro el propio Emiliano Zapata con muchos de sus hombres, amenazando de muerte. Con este incidente, inmediatamente fue prohibida la obra. El estreno de El tenorio maderista, parodia política-satírica de Luis G. Andrade y Leandro Blanco, fue otro acontecimiento tremendo, pues se rumoraba que caracterizaban tanto a maderistas como a porfiristas y a reyistas. El estreno estuvo lleno de policías en los pasillos, ya que había multitudes defendiendo a cada bando. Al final de la obra, el autor fue atacado por unos decepcionados porfiristas que, viendo el sesgo favorecedor que la obra tenía con Madero, lo golpearon hasta fracturarle el brazo.

Al escritor y periodista José F. Elizondo, “El último gran costumbrista”, se deben revistas como El Surco —que incluía una coreografía del chotis reeleccionista—, Las musas del país, El país de la metralla, La ciudad de los fotingos y un sinfín de títulos en cuyos libretos el autor aplicaba calificativos a los políticos aludidos como mercachifles, mulas, barberos, pinacates y otras hermosuras que le costaron casi la vida y también el exilio a Cuba en dos ocasiones por el disgusto causado con sus críticas. El País de la metralla se estrenó el 10 de mayo de 1913, apenas dos meses y 18 días después de la Decena Trágica y del asesinato de Francisco I. Madero. Esta revista tuvo la peculiaridad —y el mal tino también— de convertirse en la obra más representativa de la dictadura militar de Victoriano Huerta. En ella se criticaba ferozmente a los revolucionarios maderistas y a los jefes de la revolución constitucionalista. Incluía un cuadro conocido como La trouppe americana The Meics, donde los ocho actores que formaban el coro iban vestidos como el tío Sam y llevaban peluca,s cada una con una letra en la que se leía The Meics; luego de una cierta coreografía, quedaban intercalados de tal forma que ahora se leía «metiches», como una clara alusión a la política intervencionista de Estados Unidos. Hay otra escena donde aparecen Vespaciano (es decir, Venustiano Carranza), Cantorena (es decir, José María Mayotrena) y Patata (Emiliano Zapata) discutiendo sobre el derecho a la tierra. Al final, este personaje, luego de afirmar que La tierra es de quien la trabaja, se convierte en el personaje de El Pueblo. En esta revista, el can can se baila al ritmo de las ametralladoras y bautizan a uno de los cuadros cómicos como Los éxitos, refiriéndose al golpe de estado perpetrado por Huerta, sin calcular que la situación daría un giro; esto le costó a su autor el primer exilio y al músico de la obra la vida, pues fue perseguido y finalmente se suicidó.

En 1916 se estrena El País de los Cartones, de Prida Santacilia, Ortega y Castro Padilla. Esta revista, parida por el caos económico que imperaba en el país, se anunciaba como Desastre financiero cómico-satírico-bailable, en un acto, dividido en tres cuadros.En ella, la estatua de Cristóbal Colón sirve como testigo de la confusión creada por la circulación de tanto papel moneda que un día valía y al otro era puro cartón. Los actores se caracterizaban como monedas nacionales y extranjeras y criticaban duramente a los especuladores o coyotes. El mote de cartones se derivaba de la moneda fraccionaria de 20, 10 y 5 centavos, también conocida como bilimbique. Además, la mayoréa de ellos eran tan rudimentarios que era posible falsificarlos, por lo que se confundían fácilmente, pues cada bando revolucionario producía el suyo, y lo mismo emitía un caudillo que el otro: uno subía al poder y circulaba su moneda; al caer de la silla, ésta caía también. Los cuplés eran interpretados por María Conesa y Joaquín Pardavé, que representaban monedas y billetes y se cambiaban una y otra vez, además de criticar con severidad a gobernadores y banqueros del país de los cartones.

A éstos le siguieron La ciudad de los camiones, El país de los trancazos, 19-20, La presidencia se divorcia, La exploración presidencial, El futuro gabinete, La huerta de don Adolfo —que representaba hortalizas y cada fruta y verdura era una figura política y todas conversaban entre sí (de esta revista salió la famosa copla de “¡Ay, qué tiempos, señor Don Simón!”)—, El jardín de Obregón —una revista que pretendía hacer un juego de palabras que relacionaran al presidente de EE. UU., Warren G. Harding, y a Álvaro Obregón, presidente de México—, La herencia del manco, La visita de mis primos —que habla de la visita de los estadunidenses a México una vez concluida la Revolución—, La doctrina Monroy, Los efectos del reconocimiento, El último impuesto, Las calles de don Plutarco , El país de los reajustes, La concha madre —que hace una clara referencia al asesinato de Álvaro Obregón y a la supuesta autora intelectual del mismo, Concepción Acevedo de la Llata, la Madre Conchita—, El desmoronamiento de Morones —contra los dirigentes de la CROM—, Según te portes Gil —obra estrenada pocos días después de que Emilio Portes Gil asumiera la presidencia—, Seis candidatos buscando la silla, La venida de Pascual, Ah, qué calles, El Nopalito, La Hora de renunciar, La Ley del Trabajo, Vas con celos y vienes con ambiciones —que desde luego, abordaba el tema de la campaña de José Vasconcelos a la presidencia de la república— El Máximo político, Calles y más Calles, La Resurrección de Lázaro.

La popularidad (música):

Soy la popularidad
con todos sus embelecos

A los hombres más notables

Los manejo cual muñecos

(Aquí saca el muñeco de Plutarco E. Calles).
Este es Calles el flamante

Que entrará de presidente

Y recibe los consejos

De toda esta buena gente.

(Aquí saca el muñeco de Porfirio Díaz)
Si quieres estar treinta años

Y admirado por la gente

Maneja bien la matona

¡Y mátalos en caliente!

(Aquí saca el muñeco de Francisco I. Madero)
No te fíes de soldaditos

Que nunca van a la buena

Acuérdate de sus gracias

En la famosa Decena.

(Aquí saca el muñeco de V.Huerta)
No te inspires con cognac

¡ay, ay, ay!

Ni tequila que desdora

No gobiernes con mezcal

Y menos con bacanora.
(Aquí saca el muñeco de Carranza)

No impondrás un candidato
Es lo que me supongo

Mira lo que te sucedió

Por eso en Tlaxcalantongo

(Aquí saca el muñeco de Obregón y éste le habla al muñeco de Calles)
Te dejo la mesa puesta

Y la Patria suma en paz

Sin decenas atrasadas

Y la Ley del Income Tax.

Cuplé de La Popularidad, interpretado por María Conesa en la revista Trapitos al Sol, de Pablo Prida Santacilia, Carlos M. Ortega y Manuel “El Güero” Castro Padilla, estrenada el 24 de diciembre de 1924.

Fueron muchas las revistas que se presentaron durante el periodo en que ocurrió la Revolución; de un sinfín de ellas apenas se tiene noticia, pues los libretos fueron destruidos o se perdieron; muchas otras quedaron como estribillos en el recuerdo colectivo:”Todas las tiples guapas a mí me llaman Mi querido Capitán []. Con el fin de la Revolución y de los acontecimientos que entre 1910 y 1920 alimentaron día con día al género chico, ese teatro frívolo, revolucionario y político fue languideciendo y, aunque no desapareció, fue desplazado poco a poco por una nueva manera de escuchar en vivo, directo desde el estudio Azul y Plata: la radio, y por una nueva manera de mirar a México, de establecer criterios, de hacer críticas: el cine.

El teatro de revista fue, sobre todas las cosas, la gran válvula de escape que permitió a la sociedad mexicana sortear a carcajadas los acontecimientos revolucionarios y entenderlos también... a 30 centavos la tanda y a dos tandas por un boleto.

 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid