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Revolución / El Plan de Ayala y el quiebre de la Revolución, por Edgar D. Rojano García

Ante el acoso del ejército federal, a finales de noviembre de 1911, Emiliano Zapata y un grupo de seguidores decidieron dejar Morelos y dirigirse al pueblo de Ayoxustla, en Puebla, para definir el rumbo de su revolución. Durante varios días, el general Zapata se dedicó a exponer sus ideas a su compadre, el profesor Otilio Montaño, quien se encargó de darles forma y ponerlas en papel. La expectación entre los vecinos del lugar era enorme hasta que, finalmente, el 28 de noviembre, se dio a conocer el Plan de Ayala; en el acto, el general Zapata gritó: “Todos los jefes pasen a firmar... ¡Los que no tengan miedo!”.

Los presentes acogieron el documento con entusiasmo desbordante, y no era para menos, pues daba cuerpo a los anhelos agraristas de los zapatistas, quitándoles los calificativos de “bandidos comevacas y asesinos” que les había endilgado la prensa conservadora. Se hizo el juramento a la bandera y una banda musical de Miquetzingo, llevada ex profeso, entonó las notas del Himno Nacional.

El Plan de Ayala, que desde ese momento se convirtió en la bandera del movimiento, era —en primera instancia— el resultado de una larga serie de desencuentros entre Emiliano Zapata y Francisco I. Madero que iniciaron, prácticamente, desde el momento en el que el líder de la Revolución hizo su entrada triunfal a la Ciudad de México, el 7 de junio de 1911.

En una primera entrevista, Zapata reiteró su firme convicción de que les fueran devueltas sus tierras a los pueblos de Morelos y que se cumplieran las promesas hechas por la Revolución. Madero respondió con evasivas: el problema de la tierra era delicado y complejo, aunque su argumento más desconcertante, sorprendente en medio del caos revolucionario, fue que deberían respetarse los procedimientos legales en la materia.

Atinadamente, el historiador John Womack apunta que pocas revoluciones fueron planeadas por hombres tan “obsesionados” por el orden legal; al parecer, a los maderistas “nada les preocupaba tanto como preservar las formas y rutinas regulares”. Esta postura de Madero marcaría el destino de las relaciones entre ambos caudillos y, aún más importante, la redefinición de la Revolución.

El más claro ejemplo sobre la diferencia de percepciones en cuanto a los conceptos revolucionarios se encuentra en la interpretación del artículo tercero del Plan de San Luis, que hace referencia al problema agrario. El documento maderista reconocía que, abusando de la Ley de Terrenos Baldíos o por decisiones de los tribunales de la República, muchos indígenas habían sido despojados de sus propiedades, ante lo cual proponía la revisión de dichas disposiciones a fin de que las tierras les fueran restituidas a sus “primitivos propietarios”. El sentido justiciero de la medida está fuera de duda; sin embargo, nunca se hizo explícita la forma en la que se haría dicha “revisión”. Juan Sánchez Azcona, quien participó en la elaboración del Plan de San Luis, recordaba que las dificultades del momento les impuso la necesidad de señalar únicamente las “finalidades medulares” de su programa, dejando para los “legales órganos institucionales” la elaboración de leyes y reglamentos para su solución. En palabras llanas, esto significaba que se dejaba al obsoleto aparato de justicia porfirista establecer las respuestas a la problemática planteada por la Revolución.

Resulta evidente que la postura maderista era incompatible con la sostenida por los pueblos de Morelos que basaban sus reclamos en el respeto a los viejos títulos de propiedad virreinales; más aún, ¿cómo confiar en los mismos “órganos institucionales” porfiristas que habían validado el despojo de sus tierras? A pesar de esta “sutil” diferencia sobre cómo resolver el problema agrario, cuando los campesinos de Villa de Ayala conocieron el Plan de San Luis, se declararon a favor de la revolución democrática de Madero.

Para conocer de primera mano la problemática agraria, Madero aceptó una invitación del general Zapata para visitar Morelos. Entre junio y agosto de 1911, el líder de la Revolución visitó Cuernavaca y Cuautla; su presencia generó tumultos en las estaciones de ferrocarril, se organizaron paradas militares y serenatas nocturnas. Madero tuvo palabras elogiosas para Zapata, a quien calificó como “uno de los soldados más valientes del Ejército Libertador” e “integérrimo general”; por su parte, el líder suriano, a pesar de sus quejas sobre el rumbo que había tomado la Revolución, le reafirmó su adhesión.

Sin embargo, la relación fue deteriorándose debido a la presión de los hacendados morelenses, las intrigas del presidente provisional, Francisco León de la Barra, y las maniobras militares encabezadas por el general Victoriano Huerta. Este último propuso a De la Barra “reducir al último extremo a Zapata, hasta ahorcarlo o echarlo fuera del país”. Para colmo, a propuesta de Madero, el general guerrerense Ambrosio Figueroa —militante antirreeleccionista desde el inicio de la lucha maderista, pero acérrimo opositor del zapatismo— fue designado gobernador de Morelos. La ruptura con el zapatismo parecía inevitable.

Francisco I. Madero asumió la presidencia de la República el 6 de noviembre de 1911 y, unos días más tarde, estalló la crisis en Morelos, cuando desconoció los acuerdos a los que había llegado su representante, Gabriel Robles Domínguez, con Zapata. La situación, tensa de por sí, se agravó por el tono belicoso que asumió el presidente: “Haga saber a Zapata que lo único que puedo aceptar es que inmediatamente se rinda a discreción y que todos sus soldados depongan inmediatamente las armas […] Manifiéstele que su actitud de rebeldía está perjudicando mucho a mi gobierno y que no puedo tolerar que se prolongue por ningún motivo”.

En esos momentos, las reivindicaciones zapatistas se habían convertido —según Madero— en un “amorfo socialismo agrario” que en las “rudas inteligencias” de los campesinos de Morelos solamente podían degenerar en un “vandalismo siniestro”. Después de estas palabras, no había punto de retorno, los antiguos aliados —zapatistas y maderistas— se convertirían en enemigos irreconciliables.

De esta manera, no extraña la postura crítica hacia Madero en el Plan de Ayala. Para Zapata y sus hombres, aquél era inepto, incapaz para gobernar, irrespetuoso de la ley, un tirano, falto de entereza, débil, pero, sobre todo, traidor. Madero había traicionado los principios de la Revolución y, con ello, burlado la voluntad del pueblo; era traidor a la Patria “por estar a sangre y fuego humillando a los mexicanos que desean libertades, a fin de complacer a los científicos, hacendados y caciques que nos esclavizan”; traidor porque violentó el principio de “Sufragio efectivo. No reelección” al imponer a José María Pino Suárez en la vicepresidencia de la República y a Ambrosio Figueroa en el gobierno de Morelos; traidor, ya que dejó en pie a los “poderes gubernativos” y “elementos corrompidos de opresión” porfirista. Por consiguiente, desconocieron a Madero como Jefe de la Revolución y presidente de la República, además de imponerse como tarea su derrocamiento.

El periodista Paulino Martínez se preguntaba: ¿Y qué es el Plan de Ayala?, a lo que él mismo respondía: “Es la condenación de la infidencia de un hombre [refiriéndose a Francisco I. Madero] que faltó a sus promesas y el pacto sagrado, la nueva alianza de la Revolución con el pueblo, para devolver a éste sus tierras y sus libertades que le fueron arrebatadas desde hace cuatro siglos, cuando el conquistador hizo pedazos la soberanía azteca”.

En el ámbito de las reivindicaciones, los zapatistas plasmaron en el artículo sexto del Plan de Ayala todo su sentir agrarista, al establecer que los pueblos o ciudadanos con títulos de propiedad entrarían en posesión de los terrenos, montes y aguas que les hubieran usurpado los hacendados, haciendo la aclaración de que aquellos “usurpadores” que se sintieran con derechos podrían acudir ante los tribunales especiales que se establecerían al triunfo de la Revolución. Asimismo, se propone en su artículo séptimo la expropiación —previa indemnización— de la tercera parte de los monopolios, en virtud de que “la inmensa mayoría de los pueblos y ciudadanos mexicanos no son más dueños que del terreno que pisan sin poder mejorar en nada su condición social”. Para garantizar el cabal cumplimiento de dichas disposiciones, se establecía que a todos aquellos que se opusieran a su instrumentación les serían nacionalizados sus bienes. El movimiento libertario estaba en pie y la lucha era hasta vencer o morir.

El plan libertador de los hijos del Estado de Morelos, afiliados al Ejército Insurgente, terminaba con un llamamiento al pueblo mexicano: “Apoyad con las armas en las manos este Plan, y haréis la prosperidad y bienestar de la Patria”.

Con la promulgación del Plan de Ayala, el 28 de noviembre de 1911, los zapatistas se propusieron rectificar el rumbo de la Revolución que se había extraviado en Ciudad Juárez, en aquel lejano mayo de ese mismo año, cuando, a su juicio, Madero había transado con los porfiristas.

Sin embargo, más allá de las mutuas descalificaciones, tanto en Francisco I. Madero como en Emiliano Zapata se reconoce a dos personajes de buena voluntad, que intentaron hacer una Revolución, a pesar de que sus visiones del mundo eran diametralmente opuestas. La unión del espíritu democrático maderista y del anhelo agrarista de los zapatistas resultaron un espejismo para aquellos primeros momentos de la Revolución, que reclamaría sus vidas antes de ver cristalizados sus ideales.

 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid