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Otros / Pasado y posada, por David Guerrero Flores

En México, las posadas se celebran del 16 al 24 de diciembre. Son nueve días que aluden a los meses de gestación y el alumbramiento del niño Jesús, referido en  los evangelios de San Mateo y San Lucas. Es la segunda fiesta más importante después de la Pascua de Resurrección y rememora el peregrinaje del carpintero José y de su mujer María, para cumplir con el edicto que los obligaba a inscribirse en el censo de Belén.

La celebración de la Navidad deriva de la combinación de cultos antiguos. El solsticio de invierno en torno al 21 de diciembre era clave en la adoración de Helios, Apolo y Mitra. Del 17 al 23 de diciembre, los romanos celebraban las Saturnales con abundancia de vino y banquetes, en honor a Saturno, dios de la agricultura. A mediados del siglo IV, San Juan Crisóstomo y San Gregorio de Nacianceno lograron que fuese reconocido el 25 de diciembre como día del nacimiento de Jesús de Nazaret. Con la cristianización de la Europa germana, la Navidad absorbió los ritos de adornar y prender fuego a troncos y leños como tributo para el renacimiento del Sol.

En la cosmogonía del México antiguo, el Panquetzaliztli tenía lugar a mediados de diciembre y se relacionaba con el culto a Huitzilopochtli, dios de la guerra y del Sol. El rito comenzaba con la carrera de un guerrero que transportaba la figura de Huitzilopochtli, hecha de amaranto, de la gran Casa del Sol, rumbo a Tacubaya, Coyoacán y Churubusco. Otra celebración consistía en la colocar banderas de papel amate en los árboles frutales y en plantas comestibles como magueyes, nopales, aguacates, zapotes, capulines y guayabos. Durante la ceremonia, se ahumaban las plantas y se les ofrendaba pulque y tortillas. En el solsticio de invierno el Sol había recorrido completa la bóveda celeste y moría en la víspera. Se decía que tomaba camino al Mictlán, lugar de reposo de los muertos, donde experimentaba su transformación en colibrí, advocación de Huitzilopochtli. Como prueba de renacimiento, el astro refulgía nuevamente en el templo de Malinalco.

Durante la conquista espiritual del siglo XVI, los dioses prehispánicos fenecieron y sus ritos fueron sustituidos o fusionados con los ritos católicos. En 1587 el agustino Diego Soria de la congregación de Acolman obtuvo el permiso para oficiar nueve misas a cielo abierto en los días previos a la Natividad. Con ello alentó la celebración del nacimiento de Jesús. A las misas se agregaron representaciones teatrales sobre la vida de José, María, el episodio de la Anunciación y el nacimiento del niño Dios. El tiempo añadió el atractivo de la verbena, el reparto de los aguinaldos y el solaz pedagógico de las piñatas. Durante su reinado, Carlos III (1759-1788) prohibió la realización de las novenas de aguinaldo en los atrios de las iglesias novohispanas. No obstante, la gente mantuvo la costumbre y comenzó a organizarlas en el interior de las casas. A la liturgia pronto se agregó el ofrecimiento de comida y baile, además de aguinaldos para los niños.

La iglesia católica prescribe cuatro domingos de Adviento que marcan el inicio del año litúrgico. En principio, se dictó como un periodo de ayuno, pero en nuestros días se invita a los feligreses a reflexionar sobre el significado de estas fechas. En la esfera de lo tangible, las familias elaboran y llevan a bendecir una corona compuesta por ramas de pino o encino y cinco velas, cuatro que simbolizan los domingos de adviento (tres moradas y una rosa), más una vela blanca que representa la luz de la Natividad.

Dentro del folclor, en los estados de Veracruz, Tabasco, Campeche y Yucatán se practica la tradición de la Rama. En días previos a las posadas, los niños del vecindario decoran una rama con esferas, juguetes pequeños, hilos brillantes y heno. Con ella van de casa en casa recitando versos a cambio de bendiciones y un poco de dinero. He aquí un fragmento:

Me paro en la puerta
me quito el sombrero
porque en esta casa
vive un caballero.
Vive un caballero,
vive un general
y nos da permiso para comenzar.

Naranjas y limas
limas y limones
aquí está la Virgen
de todas las flores.
En un jacalito
de cal y de arena
nació Jesucristo
para Nochebuena.
A la medianoche
un gallo cantó
y en su canto dijo:
"Ya Cristo nació"
[...]
Cuando el dueño de la casa da algo a la rama, se canta:
Ya se va la rama
muy agradecida
porque en esta casa fue bien recibida.
Pasen buenas noches, así les deseamos,
pasen buenas noches, nosotros nos vamos.

Si no obsequian nada a la rama:
Ya se va la rama
muy desconsolada
porque en esta casa no le dieron nada.
Pasen buenas noches, así les deseamos...

Después de Navidad, en Veracruz ocurre una tradición similar pero con el tema de “El Viejo”, donde los niños se disfrazan de ancianos con bastón, barba y cabello blanco, figurando el año que termina. A su vez, las pastorelas son comedias donde los pastores viven insospechadas aventuras para conocer al niño Jesús. El diablo y sus secuaces planean infinidad de tretas para confundir a los inocentes pastorcillos, pero inexorablemente el diablo es derrotado y los protagonistas consiguen su noble propósito. Son excepcionales las personas de creencias católicas que no han participado cuando menos una vez en las pastorelas.

En muchas poblaciones del país, las posadas se celebran en las calles. Pasa la escoba, se despeja el espacio común y se adorna el paso con luces, esferas, heno y faroles. Con gala e ingenio, los atrios de las iglesias, las capillas, los patios y jardines de las casas, así como las plazas y los patios de las escuelas, son utilizados para el montaje de escenas bucólicas sobre el nacimiento del niño Jesús, así como el alojamiento humilde de la sagrada familia, la adoración de los pastores y de los tres Reyes Magos.

Las posadas se celebran en los atrios de las iglesias, pero también en las calles, en las vecindades, en casas particulares o recorriendo las avenidas principales de los pueblos. Presiden los peregrinos, figuras de barro o de cerámica que representan a José, a María y al arcángel Gabriel. Más sofisticada es la preparación de personas disfrazadas de peregrinos, caminando a pie y en burro o en medio de una coreografía montada sobre la plataforma de una camioneta. Detrás acompañan los fieles que cantan la letanía y llevan velas que se apagan con el menor viento.

En varias casas, los santos peregrinos son rechazados, hasta que al fin se les recibe con devoción y alegría. Después viene el rosario y el arrullo del niño que ha nacido esa noche. El aguinaldo se reparte entre los invitados. Son bolsas y canastas de mimbre o de plástico, con frutas, galletas y dulces, remembranza ritual de la caridad cristiana. Con ello el anfitrión obsequia dones a los que comparten la alegría de la Navidad.

Para niños y adultos, la parte más divertida corresponde a la piñata. La tradición es de origen chino. Conforme a la celebración del Año Nuevo, se elaboraba una figura de papel con forma de animal. Se rellenaba con diferentes semillas en alusión a la agricultura y a las buenas cosechas. Marco Polo llevó la tradición a Europa y en el siglo XIV las ciudades italianas la denominaban pignatta. De Italia pasó a España y de ahí a América, en el siglo XVI. Compuesta por una olla de barro o una bolsa de cartón, su versión simbólica tiene siete picos, que representan los pecados capitales: envidia, ira, gula, pereza, lujuria, soberbia y vanidad. El hecho de romperla implica una lección de moral cristiana, pues con los ojos vendados y guiados por la fe y la fuerza inspiradora de Dios, se abate al demonio y sus tentaciones. Los convidados guían al elegido en turno. Con entusiasmo y un poco de tino la piñata se quiebra, liberando los dones de fruta y golosinas.

Las piñatas son un primor de papel crepé, de china y oropel, verdaderas artesanías de color e ingenio. En principio, el centro era una olla de barro. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, se hizo común la decoración y el refuerzo del barro mediante papel adherido con engrudo. La piñata de siete picos convive ahora con la economía de piñatas de tres o cuatro picos y la exuberancia de piñatas con docenas de picos multicolores. En los albores de la modernidad porfiriana, la crónica urbana alude a las piñatas que simulan novias ventrudas. Hace décadas, la imaginación popular ha generado piñatas de todos los estilos. Se representan frutas y hotalizas (zanahorias, rábanos, cebollas, piñas), animales (perros, gatos, burros, conejos, pericos, ratones, gallos), objetos (barcos, dados, globos), personas y celebridades de la política, los espectáculos, el cine y la televisión (Cantinflas, Superman, Cri-Cri, Bugs Bunny, Spiderman, Dora la exploradora, Boss Lightyear, el Chavo del 8, Carlos Salinas, Shrek, Blancanieves, la Tigresa, la Sirenita). Algunos son dechados de ternura; otros, inspiración de golpe y buen tino.

El relleno de las piñatas es una delicia compuesta por fruta de temporada: mandarinas, jícamas, cañas de azúcar, naranjas, tejocotes, cacahuates. Una vez quebrada, no falta el puré de jícama, la naranja herida, los tejocotes magullados, los cacahuates como pepitas de oro entre el papel y los tejos abandonados. Tres o cuatro décadas hace que el relleno también se compone de dulces envueltos en celofán y juguetes para los niños, mientras que en las fiestas de los adultos, se consuma la puntada de poner confeti, globos, calzones, tangas y globos texturizados.

En una posada ordinaria, los preparativos de la piñata son verdadero lance de logística. Los hombres discurren sobre los apostaderos seguros y las alturas adecuadas para tender el lazo donde se colgará la piñata. Las mujeres se dispersan en busca de la cuerda de tendedero más propicia y del garrote, bat o palo de escoba para el acto sacrificial. La pañoleta por supuesto, ni transparente ni muy pesada, de longitud ideal para vendar los ojos sin que se caiga en medio de las piruetas, las acrobacias, los golpes certeros y los palos de ciego.

La gente forma un círculo y canta la tonadilla: “Dale, dale, dale, no pierdas el tino, porque si lo pierdes, pierdes el camino”. También hace un griterío espantoso para orientar al apaleador en turno: “Arriba. Abajo. A un lado. Al otro. A la izquierda. A la derecha. A la otra derecha. Arriba de ti”. Y los uy-es, ay-es, caracoles, recórcholis, ups y demás interjecciones y sustos no se hacen esperar cuando el palo embiste contra los parroquianos, “¡Hazte a un lado, que viene para acá!”, “¡Juanita agarra al niño que Pedro parece un loco!”, “Doña Meche, ¡jale la mesa y la ponchera de Lupita!”. En su turno, los niños se divierten y se apretujan por ser los siguientes, no sea que la diversión acabe pronto. Ni hablar de los varones adultos que por gala, audacia y gallardía se agitan y pegan como el que más, aunque sólo rasguen el aire. Sé del caso de una muchachita, toda gracia y delicadeza en flor, que surtió sonora golpiza a un cilindro de gas, creyendo que abatía a la piñata, para sobresalto y Jesús en los labios de la mortificada concurrencia. En fin, que nunca faltan los imprevistos, las audacias, los descalabrados y los golpes secos contra la pared, las puertas y los inocentes vidrios de las ventanas.

También hay piñatas de cartón a prueba de misiles. Pasa dos veces la fila de chiquillos pero la silueta de Nemo no se quiebra. Es preciso llamar a Fermín, el herrero, o a Saúl, el chofer, que no fallan en eso de los quebrados de piñata. Cuatro o cinco golpes bien dados, herida fatal y la fruta cae para entusiasmo y movimiento felino de chicos y grandes. Todos corren por el deseo de elevar triunfante la caña, la jícama inmaculada, el montón de cacahuates que no tardan en volverse cáscara. Con decir que hasta el Solovino, que no dejó de ladrarle a la piñata, huyó con una caña que tornó a mordisquear en su rincón acostumbrado. No supo la razón del alboroto… ni se lo preguntó jamás.

La cultura, como el principio de incertidumbre de la mecánica cuántica, tiene un desarrollo y una velocidad de transformación que vuelve indeterminable el cálculo simultáneo de su posición y de su trayectoria. Es paradójico, pero mudan las tradiciones. La Navidad, cúmulo de ritos a lo largo del tiempo, se apropia desde hace décadas los aportes de otras latitudes, como el árbol navideño y la materialidad voluminosa de Santa Claus. Más aún, las fiestas que evocan el nacimiento de Jesús se han vuelto más profanas que religiosas. En la actualidad, se denomina posada a cualquier fiesta celebrada del 16 al 24 de diciembre. De hecho, se ha inventado el término preposada para fiestas que se organizan en días anteriores. Hedonistas, críticos y observadores se refieren a esta época como el Maratón Guadalupe-Reyes, por la abundancia y el disfrute de comidas, bebidas y compras, del 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, al 6 de enero, prodigio y calvario de los Reyes Magos.

Hoy las piñatas se quiebran en los cumpleaños de los niños en cualquier época del año. De los rezos y significados pocos se acuerdan. El mundo cambia rápidamente. Pero no importa, porque la vida avanza con su legado milenario y sus extraños retornos. Por ahora, las escobas barren los escombros de la piñata. Los convidados pasan a dar cuenta de los regalos, de la cena, del ponche, de las bebidas espirituosas, pero, sobre todo, de los brindis, los parabienes y los abrazos sinceros. Es oportunidad de gozar y congraciarse con los amigos y los amados, de hacer pases con la dulce vida, mientras el niño bendito duerme apacible.

 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid