Accesibilidad

  • Aumentar fuente
  • Fuente predeterminada
  • Disminuir fuente

Revolución / Justo Sierra, ¿la excepción dentro del régimen?, por Angélica Vázquez del Mercado

“Hércules obeso” le decían sus amigos, sobrenombre que si bien definía su robusta fisonomía, producto también del goce de los placeres gastronómicos, se refería, primero que nada, a su cualidad de clásico: como el héroe de la mitología griega, Justo Sierra era un hombre de gran fortaleza, que en su caso fue intelectual antes que física. Sin duda, no pasaba desapercibido; su corpulencia monumental y bondad hacía pensar a otros escritores, como Jesús Urueta, “en aquellos elefantes a quienes los padres, en la India, confían el cuidado de los niños”.

Campechano de origen, nació el 26 de enero de 1848; su padre fue el famoso jurisconsulto, escritor e historiador Justo Sierra O'Reilly. A saber si le heredó la inteligencia y el espíritu crítico, pues murió siendo el hijo un adolescente. Lo que sí heredó fue la bonhomía de la gente de su tierra, el ímpetu y el disfrute por la conversación que —aunque ya no pudo ser en los portales de la ciudad amurallada o durante un juego de lotería campechana— se enriqueció con su mudanza, primero a la ciudad de Mérida y luego a la capital del país, donde continuó sus estudios. Ingresó en el Liceo Franco-Mexicano y después, a los 15 años, al Colegio de San Ildefonso, cuya influencia jesuítica debió incidir notablemente en el pensamiento de Sierra.

Muy joven, participó en las veladas literarias encabezadas por Ignacio Manuel Altamirano, quien lo “pervirtió” en el camino de la poesía; don Ignacio fue para él como para muchos de su generación, un padrino intelectual que los alentó, sobre todo, en el amor a la patria: Altamirano, como luego lo sería Sierra, contribuyó a la construcción del México moderno.

Don Justo se sintió cómodo en el periodismo, la presencia en el medio más popular de la época, por la difusión de su creación y el interés de provocar con sus ideas. Se movía como pez en el agua entre los géneros literarios, transitaba de la poesía a la prosa con la misma naturalidad. De espíritu universal, dice el escritor Alfonso Reyes, su lugar está entre hombres de la tradición hispanoamericana como Bello, Sarmiento, Hostos, Martí, Rodó: “En ellos, dice Reyes, pensar y escribir fue una forma del bien social, y la belleza una manera de educación para el pueblo. [...] Tales son los clásicos de América, vates y pastores de gentes, apóstoles y educadores a un tiempo, desbravadores de la selva y padres del Alfabeto”. Son hombres de palabra pero también de acción que no se recluyen ni “ensimisman en las irritables fascinaciones de lo individual y lo exclusivo. Antes se fundan en lo general y se confunden con los anhelos de todos”.

Para el filósofo mexicano Samuel Ramos, que no oculta su simpatía por Sierra, éste es comparable a los grandes humanistas del Renacimiento. Lo cierto es que, superlativos más o menos, Sierra fue efectivamente un hombre de altos vuelos que antes que el escaparate buscó la participación activa, que pronto comprendió su papel histórico y actuó en consecuencia, aunque a mí me gusta pensarlo como el ilustrado que creyó en el bien común como el fin del sujeto público.

Su incursión al periodismo fue, desde el principio, trascendente. En 1878 colaboraba en el periódico La Libertad, publicación de corte positivista y (cuasi) liberal, o liberal-conservador como lo denominaban sus directores y como se presentaban la mayoría de sus colaboradores. Desde ahí emprendió una discusión sobre la vida política del país, esto es, sobre el rumbo que debía tomar el gobierno para conducir a la nación al punto culminante de su evolución. La postura de Sierra, desde entonces y hasta su muerte, fue muy similar: reconocía la necesidad de un gobierno fuerte, capaz de imponer el orden para evitar la desintegración de la de por sí débil nación y contener la proclividad a las revoluciones, como parecía ser el sino de la República en esos años.

“Toleró” la dictadura mientras la consideró indispensable (“los gobiernos débiles no son más que síntomas de muerte”, decía) pero en su momento manifestó públicamente, y en corto al propio Porfirio Díaz, su inconformidad por un gobierno que parecía prolongarse demasiado. Con todo, no deja de despertar suspicacias su actitud, por un lado crítica y por otro casi complaciente con el régimen desde cuyas entrañas actuó; desde luego puede argumentarse en su favor que aprovechó su cargo público no para obtener privilegios para sí pues, hasta donde se sabe, nunca se enriqueció como funcionario, vivía modestamente y poco se involucró en la desaforada vida social de ciertos miembros de la burguesía aristocratizante del porfirismo. Aprovechó su puesto, eso sí, para obtener beneficios para la clase magisterial, por ejemplo, y para hacer de la educación una obligación del Estado.

En esos primeros años de vida pública, Sierra participó de ese naciente matrimonio entre los políticos y los intelectuales que culminaría en la formación de la intelligenza del régimen porfirista conocida como los Científicos, grupo del que formó parte fundamental. Desde los años de La Libertad, Sierra y sus compañeros cuestionaban la vigencia de la Constitución de 1857 en el sentido de que coartaba o limitaba en demasía la autoridad de la figura presidencial. Los tiempos reclamaban la unidad en el federalismo, el control sobre los cacicazgos, la pacificación a cualquier costo. El momento exigía fortalecer al Ejecutivo. A la larga, la dictadura se definiría como un “mal necesario” o, como diría Emilio Rabasa, la dictadura benévola.

Sierra puso su granito (según se vea) de arena en este tema. En 1892 participó en la Convención Nacional Liberal que lanzó como su candidato a Porfirio Díaz. De la Convención surgió un manifiesto cuya autoría se adjudica a Sierra, avalado con la firma de otra decena de figuras que en breve incidirían directamente en la vida pública del país, varios de ellos como incondicionales del dictador: José Yves Limantour, secretario de hacienda de 1893 a 1911; Rosendo Pineda, también miembro del gabinete, en gobernación; Pablo Macedo, subsecretario de este último al finalizar el periodo; o intelectuales como el “humorista” (Sierra dixit, y yo con él) Francisco Bulnes, y Vidal Castañeda y Nájera, entre otros.

El manifiesto es prácticamente un proyecto de gobierno que se ocupa de los distintos ramos de la administración, tocando tópicos como el de las alcabalas o la reorganización del ramo de guerra y la disminución de su presupuesto. Para los firmantes —algunos de ellos después serían identificados como los Científicos— se trataba de revertir el orden del momento: que “la paz sea lo cotidiano y la guerra lo extraordinario”. En su parte medular lanzaban sin reservas su propuesta de ejercer la democracia sacrificada: la reelección presidencial no es óptima y sólo es excepcionalmente recomendable; este caso excepcional ha llegado, dicen, y proponen al caudillo, no tanto por ser el hombre indispensable como por la intención de que debe llegar hasta el fin de su cometido. Así pues, no quedaba —y en esto está Sierra— más que reelegir a Díaz, lo que finalmente ocurrió.

Sin embargo, y siendo ya subsecretario de Instrucción Pública que por entonces dependía de la secretaría de Justicia, hacia 1899 Sierra se pronunció contrario a la reelección. Anota Claude Dumas, uno de sus biógrafos, que tanto Sierra como Limantour no estaban de acuerdo con la reelección. Sierra no figura en ninguna de las agrupaciones que postulan a Díaz como candidato presidencial y, en cambio, se conoce la carta que le dirige al presidente y en la que le expone clara y valientemente su opinión: al redactar aquel manifiesto de 1892 lo hizo con la convicción de que sería la última reelección pero, en el momento actual (1899) ésta significa una presidencia vitalicia, una “monarquía electiva con un disfraz republicano”. Le advierte al presidente que tal situación dejaría la puerta abierta a la crisis, que en el exterior se señalará seguramente que la República Mexicana no tiene instituciones sino un hombre del cual depende la paz, el trabajo productivo y el crédito. Pero, recula Sierra, en esos tiempos la reelección, que no cree necesaria, es forzosa, “y eso es lo que siento”. La solución entonces es (¡qué caray!) cuatro años más de administración porfiriana. Don Justo termina afirmando que ha enviado esta carta a Díaz de motu proprio, sin informar de ello a sus amigos, por ejemplo, a Limantour, tan cercano al presidente.

Los siguientes años Sierra los dedica a su misión educativa. ¿Resignado? con la presencia permanente del dictador, en 1901 aceptó el cargo de subsecretario de Instrucción Pública; aprovechó entonces la buena voluntad que le tenía el presidente, así como su amistad con el hombre de las finanzas públicas, Limantour, para presionar hasta lograr separar del ministerio de Justicia el tema de la educación. Así, en 1905 se instituye la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, de la cual será su primer secretario hasta 1911. Durante ese periodo hace de la educación un tema nacional; pero para muchos, es ya un porfirista totalmente alineado a la dictadura: ha dejado de alzar la voz contra la permanencia de un hombre en el poder.

Sierra parecía estar jugando sus propias cartas y para las conmemoraciones del Centenario de la Independencia en 1910, le ofreció al presidente la cereza del pastel al venderle la idea de fundar la Universidad Nacional de México como una institución a la vanguardia académica, acorde con un país que se presumía moderno. A una velocidad inusitada, los trámites legales y burocráticos se solventaron y la Ley Constitutiva de la Universidad se promulgó con fecha 26 de mayo de 1910. La inauguración tuvo lugar en el anfiteatro del Colegio de San Ildefonso, en el marco de las fiestas centenarias: a las 10:30 de la mañana llegó el presidente, acompañado de los secretarios de Relaciones Exteriores, Fomento, Comunicaciones y Guerra y otros funcionarios de alto rango, invitados diplomáticos y demás concurrencia. Después de entonar el himno nacional, Sierra pronunció el discurso inaugural; acto seguido Porfirio Díaz declaró solemnemente inaugurada la Universidad Nacional de México, hoy Autónoma y a punto de cumplir sus primeros 100 años de existencia.

Pocos meses después ocurrió la debacle. Iniciada la revolución maderista, Porfirio Díaz se vio obligado a reconocer que el fin estaba próximo. En desesperados intentos, patadas de ahogado, pretendió renovar al gabinete y pidió la renuncia a todos, menos a Limantour. Y luego, ya totalmente acorralado, Díaz renunció y partió rumbo al exilio. Para Sierra, el fin fue doloroso. Vino una cacería de brujas de la que no se salvó a pesar de que contaba con el respeto de muchos revolucionarios; pasó por un periodo de crisis y preocupaciones materiales hasta que, en 1912 el presidente Francisco I. Madero lo nombró ministro plenipotenciario de México en España, en deferente protección y reconocimiento a su trayectoria.

Sierra fue testigo del derrumbe de la figura que había contribuido a erigir y a sostener por tres décadas de historia nacional. Sin embargo, en cuerpo, Díaz le sobrevivió unos años más, mientras que él murió la madrugada del 13 de septiembre de 1912.

 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid