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Revolución / El monumento a la Revolución, ¿De la obra cumbre del porfiriato a la apoteosis de la Revolución?, por Emma Paula Ruiz Ham

En este primer mes de 2010, se cumplen 77 años de que se aprobó la construcción del Monumento a la Revolución en lo que sería la cúpula del Palacio Legislativo Federal.

La idea de contar con un monumento a la Revolución surgió del intento del maestro Carlos Obregón Santacilia, por rescatar los cimientos de una estructura de gran valor arquitectónico. En 1932 al pasar cerca de la cúpula del Palacio observó que parte de ella se estaba desarmando. Este hecho le pareció tan lamentable, que se dirigió de inmediato con el Secretario de Hacienda, Alberto J. Pani, para platicar sobre el asunto sugiriéndole que dicha estructura podía servir como “un monumento a la Revolución”.

La primera piedra

El 15 de mayo de 1896, el ministro de Hacienda, Lic. José Yves Limantour envió al Congreso la iniciativa de construir el Palacio Legislativo. Una de las justificaciones de dicha propuesta descansaba precisamente en el aspecto económico, pues, según Limantour, la administración pública registraba un exceso de los ingresos sobre los gastos. Este superávit daba la pauta para aprobar la idea, además, pese a que en la realidad política la legislación estaba ensombrecida por la figura “omnipotente” de Díaz, empero, parecía adecuado reunir en un mismo edificio las cámaras de diputados y senadores, compartiendo con los Estados modernos la majestuosidad de construcciones que de manera paralela reflejaban un desarrollo material sin igual.

Aprobada la propuesta por el presidente de la República, general Porfirio Díaz y por el Congreso, se procedió a la compra de terrenos. El lugar también había sido visualizado por Limantour: esto es, entre avenida Juárez y Bucareli. La Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas emitió la convocatoria, la cual se publicó el 23 de abril de 1897 en el Diario Oficial del Supremo Gobierno. A pesar de los esfuerzos por darse a conocer de manera “internacional”, se publicó en algunas ciudades, tales como Londres, París, Bruselas y Roma.

El general Francisco Z. Mena, Santiago Méndez y los arquitectos Ignacio de la Hidalga, Emilio Dondé, Juan y Ramón Agea, Guillermo Heredia y Antonio M. Anza, fueron las personas que constituyeron el jurado. Su tarea consistió en revisar 56 propuestas. ¡Pero vaya sorpresa que provocó el saber que ninguno de los 56 bocetos recibidos "uno de Viena, uno de Madrid, tres de Estados Unidos, seis nacionales y catorce de Italia", resultó ganador! El jurado declaró desierto el primer lugar, y, cosa curiosa, otorgó el segundo a tres proyectos: el del artista italiano Adamo Boari, el de los estadunidenses P. J. Weber y D. H. Bumham, y el de Pio Piacentili y Filippo Nalatti, de Roma.

La determinación del jurado provocó polémica, pero, a pesar de ello, el asunto siguió en pie. Para fines de 1898, la misma Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas encargó la obra al campechano y prestigiado arquitecto Emilio Dondé. Pero las críticas obligaron al gobierno a buscar al hombre idóneo para llevar a cabo la empresa en cuestión, cuya planeación hacia 1902 seguía sin concretarse.

Fue en ese momento en el que Limantour contactó al embajador de México en Francia, Sebastián de Mier, con el propósito de encontrar a un arquitecto a quien encomendarle la obra del Palacio Legislativo.

Después de ser Charles Girault y Émile Bénard los artistas con los que se podría contar, se eligió finalmente al segundo, ya que, entre otros aspectos, estaba dispuesto a viajar a México para sacar avante su proyecto.

Émile Bénard era originario de un pequeño poblado de Normandía —antigua provincia del noroeste de Francia—. Nació el 23 de junio de 1844. Su participación en la construcción de la Ópera de París y el prestigio que se desprendía por haber ganado el concurso para edificar la Universidad de Berkeley lo situaban entre los arquitectos de talle internacional de aquellos días.

Al arribar a México, en la primavera de 1903, Bénard tenía pleno conocimiento de que debía emprender una obra en un espacio de 12 000 metros de superficie. Después de un estira y afloja con los miembros del Consejo Consultivo de Edificios Públicos —formado por el ingeniero Manuel Fernández Leal y los arquitectos Antonio Rivas Mercado, Guillermo de Heredia, Manuel Gorozpe, Nicolás Mariscal y Francisco de P. Cardona— a quienes se les encomendó examinar los trabajos preliminares, se fueron formando una serie de planos.

Bénard contaba con el apoyo de hombres capaces de hacer la mejor de las planeaciones para una obra tan importante que “coronaría los esfuerzos del régimen porfirista”. Tanto franceses como mexicanos conformaban su taller, el cual estuvo en constante actividad creadora e imaginativa, sorteando a lo largo de un lustro, los inconvenientes de un terreno que carecía de solidez, y que exigía el uso de la tecnología más moderna de aquella época y el esfuerzo de los albañiles que con su diaria labor también permitían que el sueño se encaminara hacia una realidad, que no obstante nunca se concretó.

Del ensueño de un palacio al olvido de una ruina

Con el año de 1910, llegó el momento para conmemorar el primer Centenario del Grito de Dolores. Era la hora de hacer repicar las campanas, para mostrar al resto del mundo que finalmente México marchaba de la mano del futuro y que para muestra de ello, tan sólo era necesario echar un vistazo a su historia.

1910 marca el punto temporal en el que estalló el movimiento armado que devino en una Revolución con distintos rostros y contrastes, pero además, se trató del año del Centenario. Desfiles, juegos, inauguraciones de monumentos y obras de infraestructura, entre muchas otras cosas, fueron las que se registraron en el país, de un extremo a otro, y de manera paralela a la preparación de un movimiento convulso que chocaría con la faz de orden y progreso reflejada en los discursos oficiales.

Bajo esa atmósfera y disfrutando de la tercera de las cuatro semanas de los festejos, la mañana del viernes 23 de septiembre todo estaba listo para la ceremonia de colocación de la primera piedra del Palacio Legislativo. Asistirían “México y el mundo”: el presidente Porfirio Díaz, legisladores, autoridades locales y regionales, en fin, lo más granado de la sociedad, con sus invitados nacionales y extranjeros. Bénard y sus hombres habían preparado todo para tan significativo instante. Cada uno de los ahí presentes escuchó el discurso pronunciado por el diputado José F. Aspe, que dos días después fue publicado en El Imparcial.

Esa primera piedra representaba el cimiento de cierta estructura diseñada y construida por un representante del clasicismo de la Escuela de Bellas Artes de París.

Exactamente ocho meses después, apareció también en El Imparcial, la noticia sobre la renuncia de Porfirio Díaz. Para Bénard y los demás implicados en la construcción del Palacio Legislativo, se tradujo en el principio del fin de las horas dedicadas al trabajo menor o mayor de la obra. Por órdenes de Manuel Bonilla, nuevo Secretario de Comunicaciones, Bénard suspendió las labores. En el otoño de 1912, regresó a Francia, dejando a un México volcado en un movimiento revolucionario que poco tiempo tenía para ocuparse de aspectos “irrelevantes”, de cara a una población que en su mayoría carecía de lo fundamental para subsistir.

Pese a ello, Bénard se reunió con Francisco I. Madero cuando éste se encontraba en campaña, cuyo interés por el que pudo haber sido uno de los más importantes edificios mexicanos de aquel momento no trascendió.

En el verano de 1919, Bénard regresó a México y tuvo la oportunidad de ver que con la estructura de metal que había adelantado con miras a la creación del Palacio Legislativo podría crearse una especie de panteón que rememorara “a los hombres de Estado”. Esta opción fue vista con buenos ojos por el Secretario de Relaciones Exteriores, Alberto J. Pani, y por el presidente Álvaro Obregón, sin embargo, con las muertes de Bénard y de Obregón, acaecidas en 1928, ya nada se pudo hacer. El México posrevolucionario atestiguaría el deterioro de la estructura metálica hasta su inminente destrucción.

La “materialización” de la Revolución mexicana

Del momento en que Émile Bénard recibió la orden del gobierno para suspender los trabajos del Palacio Legislativo, a aquel en que el arquitecto Carlos Obregón Santacilia inició las obras del monumento a la Revolución, pasaron once años.

Al acudir Obregón Santacilia con el Secretario de Hacienda, ingeniero Alberto J. Pani, se abrió la posibilidad de rescatar lo que los arquitectos Federico Mariscal y Manuel Ituarte consideraron como una “obra maestra del arte contemporáneo”.

Pani y el general Plutarco Elías Calles presentaron al presidente Abelardo L. Rodríguez su iniciativa de 15 de enero de 1933 para “construir un Monumento a la Revolución, aprovechando la parte que aún se conserva del proyectado Palacio Legislativo”. Considerándolo pertinente, a los pocos días (25 de enero) el encargado del Ejecutivo emitió un acuerdo presidencial aprobando dicha iniciativa.

En medio de serias dificultades económicas y venciendo obstáculos varios, arquitectónicamente hablando, Carlos Santacilia inició las tareas para convertir la vieja estructura abandonada, en el Monumento a la Revolución.

A lo largo de cinco años —de 1933 a 1938— y gracias a la labor de un equipo de trabajo que llegó a estar integrado por “más de tres mil obreros”, Santacilia aprovechó el vigor de todos estos hombres y con su ingenio y la aportación de Oliverio Martínez, encargado de los grupos escultóricos en los que se representan la Independencia, las Leyes de Reforma, las Leyes Agrarias y las Leyes Obreras, logró concluir lo que él llamó “el símbolo en el corazón del pueblo”.

Cabe destacar que el Monumento no fue inaugurado de forma oficial, empero, a partir del 20 de noviembre de 1938, año en el que el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas organizó una ceremonia para conmemorar el aniversario de la Revolución, el lugar fue testigo de la reunión de grupos numerosos que anualmente se daban cita para celebrar este suceso de la “vida nacional”.

El Monumento a la Revolución cubre, como su sombra, muchos aspectos: cuenta con un Museo Nacional integrado por diversas salas que permiten realizar un recorrido por la historia de México. Sus 65 metros, con su doble cúpula, soportada por cuatro arcos de 26 metros de altura, constituyen un icono de la Ciudad de México. Asimismo, se trata de un mausoleo en donde se encuentran los restos de Francisco I. Madero, Francisco Villa, Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas. Representa —paradójicamente—, el final de una época y la génesis de una “mítica” familia revolucionaria.

La historia de esta construcción refleja un complejo simbólico en el que permanecen resabios de formas diversas de pensamiento y acción, enfrentadas por un movimiento que algunos consideraron una ruptura neta, otros una continuidad, o bien, como una interrupción del régimen porfirista.

Materia, ideologías, sueños, anhelos, problemas y un sin número de elementos se fusionan en esta estructura, en la que hoy día se llevan a cabo obras de restauración, para que así, como hace cien años, el día del Centenario —ahora el 20 de noviembre de 2010—, luzcan su plaza y su centro, coronados por el Monumento a la Revolución.

 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid