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Revolución / Parras: "capital del mundo y sucursal del cielo", por Alejandro Rosas

A tan sólo una hora y veinte minutos de la ciudad de Saltillo, por una inmejorable autopista que permite a la vista recrearse con el desierto de Coahuila, se encuentra Parras de la Fuente, pequeño y agradable poblado, cuyo ambiente apacible y temperatura templada es un escape de las temperaturas extremas de Coahuila y Nuevo León.

La historia de aquel oasis comenzó a escribirse desde 1598 cuando el capitán Antón Martín Zapata, el jesuita Juan Agustín Espinosa, un grupo de indios nativos de la región y otro más de tlaxcaltecas fundaron un pueblo al que llamaron Santa María de las Parras. Sin embargo, tuvieron que transcurrir varios siglos para que el pequeño poblado comenzara a mostrarse en la geografía nacional, y fue el próspero empresario, don Evaristo Madero ―y su descendencia― el responsable de llevarlo a las primeras páginas de la historia patria.

Un anuncio que dice “Bienvenidos a Parras capital del mundo y sucursal del cielo” recibe a los visitantes. El pueblo puede recorrerse con tranquilidad en un solo día. Su visita es obligada porque sus calles, sus construcciones y su entorno guardan celosamente historias que continúan vigentes. El estanque de la Luz es un buen lugar para iniciar el recorrido. Sus aguas provienen de la sierra desde tiempos inmemoriales y durante los últimos años del siglo XIX y primeros del XX eran utilizadas para producir energía eléctrica. Hoy, el estanque es parte de un pequeño balneario donde el visitante puede mojar sus pies, o si lo prefiere, darse un refrescante chapuzón antes de continuar el paseo.

Desde el estanque de la luz, se divisa el símbolo quizá más representativo de Parras: la capilla del Santo Madero, edificada sobre una roca montada en una elevación natural. Su construcción se inició en 1868 y aunque su valor artístico es nulo, la vista que ofrece es incomparable. Desde lo alto puede admirarse el encuentro de la naturaleza, por un lado el desierto a plenitud, por el otro los vergeles que permitieron el desarrollo de Parras desde 1598. La capilla no está dedicada a la memoria de Francisco I. Madero como pudiera llegar a pensarse -pues el iniciador de la revolución de 1910 nació en Parras en 1873-, sino al Santo Madero de la Cruz.

No hay un cielo más azul que el del oasis de Coahuila, como se le conoce a este pueblo. Luego de la visita a la capilla, se antoja un refrigerio en alguno de los estanquillos de la plaza de armas –donde también se pueden probar las gorditas típicas de la región- que desde el siglo XVII fuera ocupada por la huerta del colegio jesuita de San Ignacio, cuyo edificio y templo aún pueden visitarse. La plaza de armas comenzó a construirse durante el imperio de Maximiliano y en el centro hay un quiosco de finales del siglo XIX perfectamente conservado con el águila republicana –de alas extendidas- estampada en su interior.

Dos lugares más esperan la visita antes de la hora de la comida: el Templo de Santa María de las Parras, lugar donde fue bautizado Francisco I. Madero y cuyo archivo recorre definitivamente el velo del significado de la “I”, en su nombre. De acuerdo con la fe de bautismo, sus padres decidieron llamarlo Francisco Ignacio. El otro sitio, la casa grande de la hacienda del Rosario, también refiere parte de la historia maderista y es posible visitarla, pues por el lugar no ha pasado el tiempo.

En 1870, don Evaristo Madero adquirió la hacienda de El Rosario. El lugar era inmejorable para dirigir sus negocios y empresas. Con su adquisición comenzó a construir un vasto emporio comercial a través de la compra o fundación de varias empresas entre las que destacaban la fábrica textil “La Estrella” (actualmente Industrial de Parras) y la vitivinícola de San Lorenzo, entre muchos otros. Pero además fundó una dinastía con historia: la de la familia Madero.

Conocer Parras y no probar el queso enchilado o el cortadillo de res que ofrece el restaurante La Noria del hostal El Farol es como no haber estado en Parras. Además de una carta que ofrece otros platillos norteños, la degustación de los vinos de la región se antoja imprescindible. El Farol también tiene su historia, hasta hace algunos años fue la casa que habitó don Raúl Madero, hermano del presidente asesinado, miembro del estado mayor del general Francisco Villa y gobernador de Coahuila.

La caída de la tarde es buen momento para las compras. Es posible adquirir vino de mesa en las Antiguas Bodegas de Perote cuya especialidad es un “oporto” de muy buen sabor. La venta de prendas de mezclilla a precios económicos y de gran calidad es otro de los atractivos del pueblo. En distintos establecimientos es posible encontrar chamarras, jeans, camisas, jumpers y demás. No pueden faltar los dulces típicos de la región –higos, nogadas, cocadas, rollo relleno o queso de nuez- con la famosa doña Goyita o con la familia Segura Ambriz.

El último sitio de interés es la hacienda de San Lorenzo, fue construida en 1597, un año antes de la fundación de Parras y tiene el honor de que en sus campos fue cultivada la primera vid traída a la Nueva España. La tradición vitivinícola ha permanecido durante siglos y la hacienda ofrece una visita para conocer todo el proceso del vino. Además, sus vinos de uva Cabernet Sauvignon y Merlot son de calidad internacional y la fiesta de la vendimia –realizada en el mes de agosto- goza de fama mundial.

El atardecer en el desierto, cuando se emprende el regreso a Saltillo, es el último encuentro con la naturaleza e historia del oasis de Coahuila, atrás quedan los muros y los espacios que hablan, el sabor de la uva y el dulce de leche, de la bien llamada “capital del mundo y sucursal del cielo”.

 
Sigue la Gira 200 años de ser orgullosamente mexicanos, en México D.F. del 16 al 22 de diciembre en el Parque Bicentenario Azcapotzalco ( 19 y 20:30 hrs. ) * * * 21 de diciembre de 1809. Conspiración de Valladolid